sábado, 1 de septiembre de 2007

URSÚA. William Ospina. Compilación de NTC ... . Oct. 26, 2005

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Portal-blog complementario a NTC ...
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DOCUMENTO RECUPERADO (y Re-publicado el 11 de Junio, 2009 en rázón del premio a William Ospina, ver : William Ospina. "El País de la Canela". XVI Premio Internacional de Novela "Rómulo Gallegos" ,
http://ntc-narrativa.blogspot.com/2009_06_04_archive.html y NTC ... 304 , http://ntcblog.blogspot.com/2009_06_07_archive.html )
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NTC ... 197

Documentos. Edición Especial, impresa y digital . URSÚA

Nos Topamos Con ... Año 5. Cali, Octubre 26, 2.005. ntcgra@gmail.com

CONTENIDO


URSÚA, de William Ospina: Reseñas, comentarios, webs, curiosidades … sobre la novela y el personaje.



“Nadie está escribiendo hoy en el idioma una prosa tan espléndida como la de Ospina en Ursúa”.

Fernando Vallejo, El Tiempo, Septiembre 18, 2.005

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¿Qué es para usted … la conquista?

“En términos históricos es disfrazar la aniquilación con el ropaje de la seducción”.

William Ospina. Revista Jet-Set. Octubre 13, 2.005. pág. 127

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Ursúa, Pedro de

Nacionalidad: España. Baztán 1526 - Río Marañón 1561

http://www.artehistoria.com/frames.htm? http://www.artehistoria.com/historia/personajes/6085.htm

Nacido en Baztán, arriba a Cartagena de Indias en 1545, acompañando a su tío el visitador Armendáriz. Este mismo lo nombrará gobernador de Santa Fe de Bogotá, fundando Pamplona (1549) y Tudela (1553) tras someter a los muzos. Intentó hacer lo mismo con los taironas siendo Justicia Mayor de Santa Marta. Hizo frente en 1556 a una sublevación de los esclavos negros de Panamá, siendo nombrado en 1559 Gobernador y Justicia Mayor de Omagua y El Dorado. Desde Lima emprendió una expedición en busca de El Dorado, en 1560, navegando por el río Marañón. Su mala dirección y el desánimo de los expedicionarios condujo a la sublevación de Lope de Aguirre y a su asesinato.

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Imagenes

“Foto” (busto) de Pedro de Ursúa: http://www.diariodenavarra.es/canales/navarros/fotos/gnpamplona3.jpg

(Matriz: http://www.diariodenavarra.es/canales/navarros/america/index.asp?ct=npamplona )

Castillo donde nació: http://www.geocities.com/Heartland/Plains/1531/ursua.htm

Piedras sepulcrales : http://www.geocities.com/Heartland/Plains/1531/tursua.htm

Pintura de de BRY, cuyo fragmento es usado en la carátula del libro:

“Bella” página original en libro de de Bry:

http://www.bibliogay.com/navigate.php?dest=view_image&id=991342465_862081&v=1130332073_323849

Matriz: http://www.bibliogay.com/navigate.php?dest=item_detail&v=&itemID=991342465_844100&open_node=985294487_431409

En colores: http://www.infoamerica.org/museo/expo_bry/imagenes/peru.jpg

Matriz: http://www.infoamerica.org/museo/expo_bry/bry000.htm


NTC ... 197
Documentos. Edición Especial, impresa y digital . URSÚA
Nos Topamos Con ... Año 5. Cali, Octubre 26, 2.005.
ntc@andinet.com , ntcgra@gmail.com
CONTENIDO
URSÚA, de William Ospina: Reseñas, comentarios, webs, curiosidades …

“Nadie está escribiendo hoy en el idioma una prosa tan espléndida como la de Ospina en Ursúa”.
Fernando Vallejo, El Tiempo, Septiembre 18, 2.005
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¿Qué es para usted … la conquista?
“En términos históricos es disfrazar la aniquilación con el ropaje de la seducción”.
William Ospina. Revista Jet-Set. Octubre 13, 2.005. pág. 127
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Ursúa, Pedro de
Nacionalidad: España. Baztán 1526 - Río Marañón 1561
http://www.artehistoria.com/frames.htm?http://www.artehistoria.com/historia/personajes/6085.htm
Nacido en Baztán, arriba a Cartagena de Indias en 1545, acompañando a su tío el visitador Armendáriz. Este mismo lo nombrará gobernador de Santa Fe de Bogotá, fundando Pamplona (1549) y Tudela (1553) tras someter a los muzos. Intentó hacer lo mismo con los taironas siendo Justicia Mayor de Santa Marta. Hizo frente en 1556 a una sublevación de los esclavos negros de Panamá, siendo nombrado en 1559 Gobernador y Justicia Mayor de Omagua y El Dorado. Desde Lima emprendió una expedición en busca de El Dorado, en 1560, navegando por el río Marañón. Su mala dirección y el desánimo de los expedicionarios condujo a la sublevación de Lope de Aguirre
y a su asesinato.
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Imagenes
“Foto” (busto) de Pedro de Ursúa: http://www.diariodenavarra.es/canales/navarros/fotos/gnpamplona3.jpg
(Matriz: http://www.diariodenavarra.es/canales/navarros/america/index.asp?ct=npamplona )
Castillo donde nació: http://www.geocities.com/Heartland/Plains/1531/ursua.htm
Piedras sepulcrales : http://www.geocities.com/Heartland/Plains/1531/tursua.htm
Pintura de de BRY, cuyo fragmento es usado en la carátula del libro:
“Bella” página original en libro de de Bry:
http://www.bibliogay.com/navigate.php?dest=view_image&id=991342465_862081&v=1130332073_323849
Matriz: http://www.bibliogay.com/navigate.php?dest=item_detail&v=&itemID=991342465_844100&open_node=985294487_431409
En colores: http://www.infoamerica.org/museo/expo_bry/imagenes/peru.jpg
Matriz: http://www.infoamerica.org/museo/expo_bry/bry000.htm
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URSÚA, de William Ospina
NOTA (del Autor al final del libro)
Tomado de : URSÚA, William Ospina, Alfaguara, Septiembre 2.005, Págs.: 473 y 474
Los hechos que se cuentan son reales y casi todos los personajes lo son también. Ursúa, y las dos novelas sucesivas El país de la Canela y La serpiente sin ojos, son recuentos de hechos históricos narrados por un personaje de ficción, que conjuga la experiencia de varios veteranos de la expedición de Orellana, que volvieron después con Ursúa al Amazonas, y la personalidad de Juan de Castellanos. Algunos datos sobre el linaje de Ursúa han sido alterados para efectos de la historia. Miguel Díez de Aux existió, aunque su visita a Arizcún es ficción. La amistad del protagonista con Lorenzo, el hermano de Teresa de Jesús, es imaginaria pero posible. Si los compañeros de Ursúa son fantasmales es porque así quedaron en la historia real. La intervención de Ladrilleros en la bahía de Buenaventura sólo habla del carácter aventurero de aquel cosmógrafo. Hay quien afirma que Armendáriz viajó con Robledo a las Indias. El naufragio de Calatayud y el rayo del Cabo de la Vela constan en varias crónicas. La lista de las fechorías de Alonso Luis de Lugo es incompleta. El encuentro personal entre el emperador y La Gasca no ocurrió como se lo cuenta pero es necesario para la historia. La carta de Armendáriz a La Gasca es apócrifa, pero los hechos que refiere son verdaderos. La primera campaña de Ursúa hacia la región de los panches es conjetural. Oramín existió, aunque seguramente no tuvo ese nombre. Z'bali es una ficción autorizada por el temperamento sensual de Ursúa. La increíble historia de la Mariscala es verdadera. Teresa de Peñalver es el nombre y la identidad imaginaria de la española que convivió con U rsúa en la Sabana, lo protegió, y tuvo una hija que él no pudo conocer. Los encuentros de Ursúa con las efigies de piedra del sur y con el Faro del Catatumbo son imaginarios; su encuentro con las ciudades de la Sierra Nevada es posible, ya que Castellanos, su compañero inseparable de aquellos días, estuvo allí y alcanzó a describirlas. El encierro de Ursúa en Santafé, su fuga hacia Pamplona y su viaje final por el Magdalena son conjeturales. No figura en las crónicas, pero sólo Castellanos puede haber despertado a Ursúa su fiebre final de conquistar el Amazonas. El lector encontrará comprensible que la geografía del narrador sea imprecisa, pues nace más de la experiencia que de los mapas; que a veces no conozca bien el nombre de las regiones, pues entre los nativos éstas solían depender del nombre de los jefes de pueblos, y que de vez en cuando su narración se atenga más a rumores que a certezas.
No habría podido contar esta historia verdadera sin la ayuda de muchos cronistas e historiadores, y sin el diálogo con muchos amigos. Sin los poemas de Juan de Castellanos, compañero entrañable de Ursúa, sin las crónicas de fray Pedro Simón, de Lucas Fernández Piedrahita, de Gonzalo Fernández de Oviedo, de Pedro Cieza de León; sin el aplicado libro Pedro de Ursúa, conquistador español del siglo XVI, de Luis del Campo, el mayor homenaje de sus paisanos a Ursúa; sin algunas novelas históricas sobre la época; sin la Historia de la conquista del Perú de Prescott; sin el libro de Karl Brandi sobre Carlos V, sin los libros de Henri Kamen y de Hugh Thomas sobre la época imperial; sin las conjeturas de Raúl Aguilar sobre la muerte de Robledo; sin las biografías de Soledad Acosta de Samper y sin la Historia de la Nueva Granada de su padre, el general Joaquín Acosta.
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"En Colombia no ha finalizado la conquista": William Ospina
Por Andrés Zambrano D. Editor de Cultura de EL TIEMPO.
Entrevista., EL TIEMPO ESKPE, Septiembre 12 de 2005
http://eskpe.eltiempo.terra.com.co/secc_eskpe/libr_eskpe/ursa/ARTICULO-PRINTER_FRIENDLY-PRINTER_FRIENDLY_ESKPE-2522985.html
El poeta y ensayista colombiano recupera la historia del fundador de Pamplona y organizador de la segunda expedición al Amazonas.
Pedro de Ursúa fue un perdedor y eso, como lo dice el escritor William Ospina, se nota en los libros de historia. Sebastián de Belalcázar, Pedro de Heredia o Jiménez de Quesada tienen sus estatuas, con armaduras y todo, en las ciudades que fundaron, y capítulos importantes en los libros. Ursúa no, de pronto en Pamplona (Norte de Santander) ciudad que fundó, pero hasta ahí llega su celebridad. Era parte del panorama, pero no era dueño de un ejército, ni de un territorio, la lealtad a sus superiores conspiró contra su lugar en la historia.
Es más, el alemán Werner Herzog solo le asignó un papel de reparto en su famosa película Aguirre la ira de Dios, donde el protagonista es Lope de Aguirre, su asesino.
Ospina encontró que este ’perdedor’ era dueño de una historia fascinante, que además le permitía dar cuenta de uno de los periodos más alucinantes y desconocidos de la historia colombiana: la conquista. Recorrió Colombia antes que Colombia fuera siquiera una idea.
Ursúa, como se titula su primera novela, es la historia de este caballero Navarro que terminó sus días en medio del Amazonas. En realidad es su prehistoria, porque es la primera parte de una trilogía que continúa con los títulos de El país de la canela y La serpiente sin ojos. Sobre este proyecto monumental, que en su primera parte tiene 474 páginas, y su debut como novelista, habló Ospina
La trilogía
“La primera tiene que ver con Pedro de Ursúa, el organizador de la segunda expedición al Amazonas y que luego fue asesinado por Lope. Eso se ha contado mucho, desde novelas que han escrito los peruanos, los españoles y los brasileños, hasta la película de Werner Herzog. Pero casi todos se ocupan de Lope. Investigando sobre las primeras expediciones al Amazonas descubrí que Ursúa había sido un personaje fundamental. En esa labor lo que iba a ser una novela se ha convertido en varias. Primero porque me sentía en la necesidad de contar la vida de Ursúa y me di cuenta que coincidía con el comienzo de la existencia de Colombia como nación occidental. El país de la canela contará cómo fue la primera expedición, la de Orellana y La serpiente sin ojos se ocupará de los últimos días de Ursúa y ese viaje demencial, ya no de aventura y descubrimiento como la de Orellana, sino de conquista.
Ursúa, el perdedor
“Los libros de historia casi siempre están enfocados hacia los triunfadores. En el caso de los conquistadores, como (Hernán) Cortés y (Francisco) Pizarro, siempre se destacan los que consiguieron grandes tesoros, fundaron ciudades y dominaron grandes regiones. Ursúa fue un gran derrotado pero me permite hablar de Colombia y del nacimiento del país. Pedro de Heredia solo tuvo que ver con la región de los zenúes y con Cartagena, Sebastián de Belalcázar solo con el sur y un poquito con Santa Fe de Bogotá. Jiménez de Quesada no tuvo nada que ver con el resto del país, sino con el Río Magdalena y la sabana. Ursúa, en cambio, recorrió el país entero.
La investigación
“Llevo seis años trabajando en este libro. Pero ese tiempo se añade a los que utilicé en Auroras de sangre (1999), que fue también una aproximación a los tiempos de la conquista a través de la obra de Juan de Castellanos.
“En este libro he tenido que aproximarme a las otras fuentes que me pudieran mostrar la vida de Ursúa y la de sus contemporáneos. Traté de leer solo crónicas, no literatura narrativa ni narrativa moderna. Quise ver las fuentes primarias porque me interesaba rescatar todo lo que tuviera de verdadero, de seguro, y de cierto esa historia. Utilicé las crónicas de Fray Pedro Simón, Pedro Cieza, Lucas Fernández Piedrahita y Gonzalo Fernández de Oviedo. Con ellas fui componiendo ese mosaico que nosotros conocemos solo fragmentariamente. No tenemos una idea del conjunto y creo que para los colombianos es muy necesario saber cómo fue el siglo XVI y cómo nació este país. Pero también creo que para lo que nosotros es historia, el resto del mundo puede leerlo como un relato fantástico.
El lado humano
“Si no era un aristócrata, por lo menos era una persona que tenía una posición y un linaje en Navarra. Creo que lo que lo caracteriza es la lealtad y la disciplina del guerrero. Él siempre está acatando la voluntad de sus superiores, aunque siempre quisiera estar haciendo otra cosa. Es un personaje que muestra esa doble cara de lo que fue la conquista. No es un periodo que se pueda contar de una manera simple, mostrando a los conquistadores ni como monstruos, ni como ángeles, que es como se suele hacer. Aquí existe una mirada sobre el conquistador que lo convierte en un paladín de la civilización y no hay ciudad colombiana que no tenga su conquistador de bronce en una colina, a diferencia de México, dónde es imposible encontrar la estatua de un conquistador español, solamente hay monumentos a Montezuma y a Cuathemoc. Tenemos que verlos en su complejidad. Apreciar al mismo tiempo el valor, la temeridad, la gallardía y también la barbarie y la locura”.
El narrador
“Algunos me han dicho que tal vez lo que más les gusta es el narrador porque es la historia misma. Es además un ser muy complejo, un mestizo que está lleno de afecto por un conquistador pero que al mismo tiempo está lleno de prevenciones frente a él. Diría que ese es nuestro caso, los latinoamericanos no podemos dejar de sentirnos parte de la civilización europea y parte de este mundo americano que fue tratado tan cruelmente por ella. Y tenemos que hacer un esfuerzo por entender esos dos mundos, por comprender la complejidad de nuestro origen”.
El lenguaje
“Hay un desafío que es importante, es contar una historia de hace cinco siglos en un lenguaje que no sea el de ese tiempo, lo cual haría la novela algo totalmente arcaico e ilegible. Pero al mismo tiempo tengo el deber de que ese lenguaje contemporáneo me dé un mundo que no es el de hoy, de sentir ese doble asombro de una lengua muy moderna y un mundo muy nativo, muy original, es como narrar hoy un infierno en el paraíso.
“Es importante que el lenguaje produzca ese deslumbramiento, que no nombre las cosas como algo habitual si no que haga surgir ante nosotros cosas desconocidas y nos sorprenda con ellas. Creo que esa es la labor de la poesía, esto es un relato y hay un ritmo narrativo, pero los recursos de la poesía son necesarios a cada momento para que el asombro se produzca, el misterio se revele y para que el ritmo del lenguaje sea cautivante”.
La mina de oro
“En el caso de Colombia la historia es una suerte de mina escondida que no ha sido todavía narrada por la literatura y la verdad es que yo creo que solo cuando la literatura narra las cosas estamos en condiciones de imaginar verdaderamente qué ocurrió. La historiografía nos da datos aislados, tiene el deber de ser austera y no puede permitirse hablar con la fluidez de la literatura. La historia dice que un conquistador entró en una ciudad, pero no dice si llovía, si había charcos, si las personas abrieron o cerraron las puertas al verlo pasar, y esa es la vida”.
El pasado en presente
“Para mí fue muy sorprendente descubrir que las cosas que uno cuenta del siglo XVI se parecen a lo que sucede hoy en Colombia. La realidad es que he llegado a la conclusión de que en Colombia no ha finalizado la conquista de América. Y en esa medida seguimos viviendo episodios muy similares a los que sucedieron hace cuatro siglos y medio, donde unos señores de la guerra, poderosos y ricos, están en condiciones desplazar a miles de seres humanos que han ocupado sus territorios y donde la sed de riqueza a toda costa es como la única fuente de legitimidad. El derecho no vale, la propiedad no se respeta, solo el que tiene codicia, ambición y fuerza se impone”.
La humanidad vs la naturaleza
“Colombia y América Latina siguen viviendo la tragedia de un choque ciego entre la voluntad humana y la naturaleza. En realidad el mayor tesoro del planeta, que es la selva amazónica, está más amenazado que nunca y esa amenaza diría que nace de que la civilización occidental no se ordena con base en la naturaleza si no en contra de la naturaleza. Esta guerra contra la naturaleza, que hace que la rentabilidad a toda costa sea más importante que la supervivencia de la especie es lo único que explica que desde tan temprano los conquistadores hayan creído que tenían la capacidad de dominar la selva y el río. La verdad es que esas expediciones de conquista terminaron en locura y muerte porque uno puede dominar un pequeño predio, pero una selva como el Amazonas es una locura. Siento eso porque la mirada que he arrojado sobre el siglo XVI señalaba que la historia iba por ese camino, a construir un gran choque de un modelo de civilización que no respeta la naturaleza y una naturaleza que solo nos garantiza la vida si es respetada.
Gabo
“La está leyendo y todavía no tengo el comentario final, me ha hecho unos cuantos por supuesto, más en el tono de un escritor, él dice que lee con una caja de herramientas para mirar como está articulada y eslabonada la historia. En un momento me dijo que le parecía que la novela tenía un tono joyciano, supongo que aludía al hecho de que suceden muchas cosas simultáneamente, de que no es una novela que va de comienzo a final siguiendo el hilo de unos acontecimientos sino que al tiempo en otras partes están pasando otras cosas”.
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SOBERBIA ***
Le pedí un sublime canto que endulzara
mi rudo, monótono y áspero vivir.
El me dio una alondra de rima encantada...
¡Yo quería mil!
Le pedí un ejemplo del ritmo seguro
con que yo pudiera gobernar mi afán.
Me dio un arroyuelo, murmurio nocturno...
¡Yo quería un mar!
Le pedí una hoguera de ardor nunca extinto,
para que a mis sueños prestase calor.
Me dio una luciérnaga de menguado brillo...
¡Yo quería un sol!
Qué vana es la vida, qué inútil mi impulso,
y el verdor edénico, y el azul Abril...
¡Oh sórdido guía del viaje nocturno:
¡Yo quiero morir!

Porfirio Barba Jacob (1883 - 1942)
Fuente: http://www.banrep.gov.co/blaavirtual/letra-a/apoeta/apoeta125.htm
*** Reprodujo y difunde NTC … (Nos Topamos Con …) con motivo del lanzamiento del libro Ursúa por su autor, William Ospina, en la Casa de ProArtes el 26 de Septiembre de 2.005 a las 7:30 PM durante la celebración de XII Festival Internacional de Arte de Cali (FIAC XII) Este poema fue leído por W. O. al final de su presentación relacionándolo con la infinita sed de oro y la codicia de los conquistadores … .
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URSÚA … de William Ospina (W.O.)
De NTC … 189 de Septiembre 25, 2.005
Seguimos con la intención de adelantar en la lectura y en el acopio y análisis de las reseñas, críticas y textos que sobre la novela se escriban y “oigan”.
Todo lo que ha compilado – y reproducido en NTC …- referido a la novela abunda en consideraciones elogiosas (incluyendo el concepto de Fernando Vallejo). Habrá que valorar el peso que tenga el prestigio y el “magisterio” de W.O. en el unanimismo que hasta ahora se presenta en sus reseñadores y críticos. Vuelve aparecer la consabida pregunta : ¿hay “verdadera” y sustantiva crítica literaria en Colombia …?
Hay que “alborotar el cotarro” y “jalarle al irrespetico” en esto de valorar las obras de “nuestros autores consagrados” e ídolos … Y no hay que olvidar que nos esperan dos libros más de esta trilogía que anuncia W. O. …
OPINIONES
De: German Patiño,
. Enviado el: Miércoles, 21 de Septiembre de 2005 08:56 a.m. Para: ntc@andinet.com Asunto: URSUA.
Una decepción Ursúa. Que hemorragia de adjetivos innecesarios. En vez de narración, largas y reiteradas enumeraciones. Una vuelta al lenguaje del llamado realismo mágico, pero sin la novedad de este estilo, ni l a elegancia y austeridad de la prosa. Es algo ya leído en Asturias, Carpentier, García Márquez. Una imitación trasnochada, que no tendrá mayor importancia. Me aburrí alrededor de la pág. 70 … . Germán
.
( De: German Patiño, Enviado el: Viernes, 23 de Septiembre de 2005 08:49 a.m. Para: ntc@andinet.com Asunto: RE: Ursúa, W. O. ¿Decepción?
Hola NTC: Reproduzcan mi mail anterior si lo estiman pertinente, con la advertencia de que es una primera impresión y que ya habrá tiempo para hacer algo más razonado y, desde luego, equilibrado (nunca todo es malo). De paso recomiendo la novela de Juan Carlos Garay, Nostalgia del melómano, también de Alfaguara y, de nuevo, la excelente de Armando Romero, La Rueda de Chicago.)
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Ursúa o la desmesura
Al margen. Por: Germán Patiño
EL PAIS, Cali, Diciembre 12 de 2005, http://elpais-cali.terra.com.co/historico/dic122005/OPN/edi1.html (A la fecha, Jun. 11/09, este enlace no responde. Ni el 12.12.2005 en “ediciones anteriores” de El Páis)

Reproducido en : NTC ... 209. Diciembre 17, 2.005 http://ntcarchivos.blogspot.com/2006/08/ntc-209-diciembre-17-2005.html

Debo confesar que no he leído la novela de William Ospina. La abandoné casi al final de la página 85 cuando me encontré el cienmilésimo adjetivo, esta vez referido a un placer turbio -prometo que algún día contaré los adjetivos que hay en estas primeras 85 páginas, pues no me creo capaz de seguir adelante-. Otros lo harán por mí. Valientes ellos.

La razón del abandono es sencilla: me aburrí. ¿Por qué? Por varias razones que trataré de enunciar y medio explicar:

Primero por la trampa que le tienden al lector tanto la editorial como el escritor. Ursúa no es una novela, pero se ofrece como tal. Es lícito sentirse engañado. Produce molestia. Y no se trata de un problema cualquiera. Cuando un lector compra una novela, está predispuesto a leer una historia de ficción. A dejarse ilusionar por el autor. A entrar en un mundo inventado, habitado por personajes creados y enredados en tramas imaginarias. Como lo explica bien Darío Henao, existe un pacto tácito entre el autor y el lector de ficciones. Si ese pacto se rompe ofreciéndonos como novela lo que no es tal, el vínculo que permite la lectura desaparece.
Luego por el lenguaje. Ya que no es novela, me dije, leamos esta narración sin prestar atención al género. Como un escrito que puede ser bueno, como literatura. Pero me encontré con un texto desbordado, sin contención, en el que se abusa del uso del adjetivo y se deja poco espacio a la imaginación del lector. En realidad al lector se lo trata como si fuera un tarado, pues siempre se busca aquel adjetivo que sorprenda, que cause estupor, muy a la vieja manera de los primeros ultraístas. Una manía que ya obtuvo severa reprimenda de Borges, quien incurrió, muy joven, en el error. Aquí se repite página tras página -al menos hasta la 85-.

También por lo obvia que resulta la estratagema del escritor. Como no se trata de una novela y sí de una recreación de las Crónicas de Indias, él tiene que inventarse un cronista. Pero el error es fatal porque la crónica sólo resulta creíble cuando el narrador es un personaje que sabemos real, que vivió los acontecimientos que relata. La frescura y el agarre de la crónica proviene de la relación personal entre el escritor y los sucesos que narra. Cuando no es así suena falsa. De hecho, al comparar el libro de Ospina con cualquiera de las Crónicas de las que saca la materia prima, Ursúa queda como un artificio, como algo hechizo que se ha recargado de ornamentos para que sea aceptado en sociedad.

Además no hay novedad. Es cosa sabida. Es como volver otra vez a escribir el Quijote. Las Crónicas de Indias constituyen uno de los capítulos más esplendorosos de la historia de la literatura hispánica. Es irrepetible. Lo más que puede hacerse -y ya se hizo- es adoptar su punto de vista, e incluso su estilo, para contar otras historias. Está en Asturias, en Carpentier, en Lezama Lima, en García Márquez. No está en Ospina -en el Ospina de Ursúa, aclaro-.

Es una pena porque me gusta la prosa, y aun la poesía, de William Ospina. Pero lo prefiero en su espléndido ensayo sobre Aurelio Arturo o inmerso en su nueva democracia de ¿Dónde está la franja amarilla? Los “fusilamientos” sin pudor de América Mestiza y la desmesura de Ursúa, ojalá no indiquen una línea de decadencia. Para bien de él y de sus lectores, que somos muchos.
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URSÚA : LA NOVELA DE LA CONQUISTA
IMAGO, Fabio Martínez. fabiomar@univalle.edu.co
Agradecemos al autor el envío de su columna.
En Colombia la novela de la conquista aún está por escribirse. El libro Ursúa de William Ospina es, quizás, el primer esfuerzo de largo aliento, que intenta llenar este vacío vergonzoso de nuestra literatura.
Ospina, quien inició su educación sentimental en los claustros de Derecho de la Universidad Santiago de Cali, al lado de Estanislao Zuleta, Darío Barberena y Mario Flórez, es un gran conocedor de este periodo que marca el comienzo de lo que hoy podemos llamar como la cultura colombiana.
En 1999 el autor del País del viento, ya había incursado en el siglo XVI, cuando realizó un rastreo histórico sobre aquel poeta maravilloso llamado Juan de Castellanos. De esa investigación, nació su libro Auroras de sangre.
Hoy, en su incesante búsqueda por indagar en nuestros orígenes, se dedicó a seguirle los pasos a Pedro de Ursúa, un joven español de origen vasco, que ávido de oro, decidió ‘hacer las Indias’, devastando amplios territorios indígenas e imponiendo la ley de la espada.
Ursúa es uno de los primeros conquistadores que en su epopeya sangrienta y demencial va a recorrer de sur a norte y de occidente a oriente, ese nuevo territorio que dos siglos más tarde llevará el nombre de Colón.
Con Ursúa, a Ospina le interesa mostrar cómo surge ese nuevo espacio que hoy llamamos Colombia. Cómo se produce aquel choque cultural, donde una cultura va a someter a la otra, dando pie al surgimiento del mestizaje.
La novela, rica en datos e informaciones históricas, contiene el embrujo de las crónicas de Indias, que dejaron Gonzalo Fernández de Oviedo y el soldado letrado Pedro Cieza de León, entre otros.
Por esto, para contar su historia, Ospina inventa a un narrador mestizo, que viviendo en la ambivalencia cultural, aprende a amar estas tierras por las palabras de un hombre que, como Ursúa, jamás las amó.
William Ospina sabe que las crónicas e Historias de Indias escritas por los conquistadores y misioneros, son la gran cantera de nuestra cultura. Constituyen la memoria fundacional de nuestra historia. Así ésta haya sido cruel y sangrienta.
Allí comienza nuestra tragedia. En Ursúa están sentadas las bases narrativas de una conquista, que hecha a sangre y fuego, desgraciadamente aún no termina.
Los colombianos, que desde Colón siempre nos hemos dejado seducir por espejismos y baratijas exóticas, nunca hemos querido ver nuestros orígenes, nuestro pasado.
La primera novela de William Ospina es una manera de comenzar a vernos en el espejo negro de nuestra historia.
* LANZAMIENTO DE LIBRO, URSUA de Escritor William Ospina, Casa Proartes 7:30 P.M.
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VALLEJO GENEROSO DIJO DE URSÚA …
EL TIEMPO, 2005, 09, 18 , http://eltiempo.terra.com.co/hist_imp/Domingo_hist/pano_hist/2005-09-18/ARTICULO-WEB-NOTA_INTERIOR_HIST-2535681.html
El escritor antioqueño Fernando Vallejo, autor de La Virgen de los Sicarios, dueño de una escritura demoledora y quien no se ha caracterizado por la generosidad en los elogios –por lo menos cuando se refiere al género humano– sorprendió por las palabras que dijo a propósito de Ursúa, la primera novela del ensayista y poeta William Ospina: “Nadie está escribiendo hoy en el idioma una prosa tan espléndida como la de Ospina en Ursúa”***. La novela fue presentada el jueves pasado en una concurrida ceremonia en el Museo Nacional, en Bogotá. Los asistentes arrasaron con todos los ejemplares que llevó la editorial al lanzamiento. ¡Buen Comienzo!
*** NoTiCa … de NTC …(Oct. 22, 2.005) : La segunda edición de la novela trae una cintilla con esta frase de Vallejo.
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NOTICIAS DE UN NARRADOR. RESEÑA sobre URSÚA
Por ALBERTO QUIROGA
Revista NUMERO # 46, Septiembre – Noviembre 2.005. (escaneó NTC …)
( http://www.revistanumero.com/ )
«Cincuenta años de vida en estas tierras llenaron mi cabeza de historias, Yo podría contar cada noche una historia distinta, y no habré terminado cuando suene la hora de mi muerte. Muchos saben relatos fingidos y aventuras soñadas, pero las que yo sé son historias reales. Mi vida es como el hilo que va enlazando perlas, como el indio que veo animando el metal en ranas y libélulas, en collares de pájaros, en grillos y murciélagos dorados. Tengo historias de perlas y de esmeraldas. Se cómo perdió su ojo Diego de Almagro en la desembocadura del San Juan y cómo perdió el suyo fray Gaspar de Carvajal junto a las playas del gran río.».
Así empieza la primera novela del poeta y ensayista William Ospina, titulada Ursúa, que es a la vez el primer libro de una trilogía sin nombre, cuyos otros dos títulos son El país de la canela y La serpiente sin ojos.
Ursúa, a secas, es Pedro de Ursúa, navarro, hijo del País Vasco, quien partió hacia el nuevo mundo en 1534, siendo aún muy joven, «soñando con los tesoros fabulosos del Perú», y desde allí se embarcó hacia Cartagena de Indias, en 1545, y fue gobernador de Santafé de Bogotá, y fundador de Pamplona, y pacificador de los panches y de los muzos y de los chitareros y de los tayronas y de los esclavos negros de Panam, y tiempo después, en 1561, murió asesinado por sus propios hombres, en una conspiración liderada por Lope de Aguirre y Fernando de Guzmán, mientras comandaba una expedición por el río Marañón, en busca de Amagua y El Dorado.
Ésta es, pues, la historia de Pedro de Ursúa, desde los tiempos en que «no había cumplido diecisiete años, y era fuerte y hermoso» y no había partido aún de la casa paterna, hasta el momento en que se encuentra, en Panamá, con el narrador de este libro, al que no conoce pero de quien ha oído hablar por haber sido uno de los sobrevivientes de la primera expedición que viajó por el río de las Amazonas al mando de Orellana, y de quien poco o casi nada sabemos nosotros los lectores.
La clara voz que se oye desde la primera línea del libro, el yo que habla sin cesar durante toda la novela, el ser que narra las muchas historias que entreteje la historia de Ursúa, el cronista que quiere contar sólo una: «La historia de aquel hombre que libró cinco guerras antes de cumplir los treinta años, y de la hermosa mestiza que hizo palidecer de amor a un ejército», es, para decirlo de manera franca y elogiosa, una de las más bellas creaciones de William Ospina en esta novela, porque él, el narrador, es el lenguaje mismo de la obra, y su verbo, su pródiga manera de contar, es la única materia que lo constituye en ser para nosotros, y es a la vez el aliento que da vida a la vida de Ursúa.
Nada sabemos del narrador al empezar el libro, y al final ni siquiera nos habremos enterado de su nombre, pero confiamos de inmediato en lo que dice por la propiedad con que nos va contando la historia. El dominio que tiene el narrador sobre cada uno de los pormenores de la tumultuosa y sangrienta vida de Ursúa proviene, es curioso, del propio Ursúa, quien le ha abierto el libro de su vida, y por eso hay una suerte de doble magia en lo que vamos oyendo, puesto que hay un narrador anterior al narrador y es el propio Ursúa.
«Al final no triunfamos los humanos, al final sólo triunfa el relato, que nos recoge a todos y a todos nos levanta en su vuelo, para después brindamos un pasto tan amargo, que recibimos como una limosna final la declinación y la muerte. Veo mi isla perdida como una ostra abierta en el mar; veo el Perú de juesos incas y de piel cristiana que visité en mi adolescencia; veo los bosques de caneleros que al tocarlos eran de viento; veo el río que nos llevó en su lomo como a una hoja seca arrancada del árbol; veo los muelles de Sevilla llenos de lágrimas y los palacios de Roma llenos de favoritos; veo los cuerpos podridos goteando en las ruedas de Flandes y veo las mezquitas blancas detrás de las aguas azules de Argel; veo los galeones altísimos, los frágiles palacios flotantes con pendones de Cristo y mascarones en forma de . arcángeles; y en los barrizales de Panamá veo a Ursúa como lo vi por primera vez, los cabellos dorados y la barba rizada, el rostro ya feroz iluminado por una sonrisa desafiante, a la luz de las velas en la casa de un cirujano, en una noche de hace más de quince años, la noche en que recibí al mismo tiempo un doble don de tiniebla y de luz, una herida en el vientre que pudo ser mortal, y una amistad que desde entonces llenó mis años»: así, de manera oblicua y sabia, con finas y esporádicas pinceladas, el narrador nos da vislumbres de su propia vida, como lo hace al nombrar lo que vio en tan variados lugares, y rememora a vuelo de pájaro a Santo Domingo, la isla que añora y de la cual proviene, y deja entrever que fue testigo del poder en la lejana Europa, y que fue arrastrado por la aventura desde muy joven, y conoció las guerras de aquí y allá, y el horror y las atrocidades y la belleza y la gracia y la amistad, pero lo que nos cuenta se deslíe como la arena y preserva en el misterio su personalidad.
Más en la medida en que el narrador nos relata las peripecias de la vida de Ursúa, y hace crecer ante nosotros la desmesura de su valor y de su crueldad probadas a sangre y fuego en alucinantes gestas de guerra, y nos cuenta de las tareas que le fueron encomendadas por su tío y protector, el juez de Indias Miguel Díaz de Armendáriz, tareas todas suicidas, pues consistían en ir con un puñado de hombres a darse con el alma contra miles de indios feroces en tierras desconocidas, para pacificarlos, lo que la mayor parte de las veces traducía arrasarlos (panches en el Tolima y en el Huila, motilones,en las selvas del Carare y en el Catatumbo, muzos en las estribaciones del altiplano boyacense, tayronas en la Sierra Nevada de Santa Marta), y nos habla de los sueños que alimentaba de armar su propia expedición en busca del tesoro de Tisquesusa, del que estaba prendido, y de sus amores con una belleza nativa y luego con una dama española, sobrina de María de Carvajal, va contando en paralelo las atrocidades que iban sembrando sus otros pares en otras regiones del Nuevo Reino de Granada y del país de los incas, los hermanos Pizarra en el Perú, Belalcázar en tierras del Cauca y del Valle, el mariscal Robledo por el cañón del Cauca, Heredia por los valles del Sinú, y así asistimos, seducidos por esa voz, a los muchos horrores que cometieron estos conquistadores, convertidos en bestias sangrientas enfebrecidas y ciegas por el oro que hallaban por doquier, hasta tintineando y pendiendo de los árboles, y del que nunca se hartaban y del que querían más y por el cual estaban dispuestos a ir hasta el infierno e, incluso, a devorarse a sus amigos.
Ursúa, parece, en la novela, condenado a realizar las hazañas de un Hércules vestido de hierro sobre un caballo de hierro luchando contra el calor, el frío, el hambre, el cansancio, la selva, las fieras, las plagas, los mosquitos, «borracho de peligro», blandiendo la espada a diestra y siniestra, hundiéndola con saña en los cuerpos de los indios que se le atravesaban, ya fuera de frente en la batalla o a traición, azuzando a los perros para que desgarraran en lo más tierno de los nativos y contribuyeran al exterminio, antes de que se le permitiera lanzarse a abrazar el destino de riqueza y gloria que él consideraba le pertenecía por derecho propio, y mientras las realiza victorioso va descubriendo su condición de nada, la desmesura de su fracaso: «En un vaivén de abatimiento y de entusiasmo pasó ante el golfo donde cuarenta años atrás otros viajeros fundaron a Santa Marta la Antigua, y pensó que esa ciudad, tan joven y ya invadida por la selva, estrangulada de serpientes y sepultada bajo gritos de guacamayas era como su espíritu, donde todo parecía terminado cuando apenas acababa de comenzar».
Y si nos aterra la crónica de la vida de Ursúa y de los hechos espantosos que cometían estos hombres en el nuevo mundo contada de manera tan vivaz, nos conmueve al mismo tiempo la manera como la insólita geografía y la desmesurada naturaleza van adquiriendo relieve y esplendor en el relato, pues están vistos y narrados con ojos nuevos: «y así se fue alejando de la tierra donde había sido gobernador en su adolescencia, viendo la confusión en las nubes de su futuro, y dejando atrás para siempre los alcaravanes del Cauca sobre el cráneo de Jorge Robledo, los cormoranes de la Hoya del Gato, los lagartos de la Barranca de Malambo, las iguanas de Tenerife que ven pasar canoas silenciosas, los tigres de Tamalameque, que vuelven feroces a las selvas, los monos diminutos del Carare, las ranas cantoras del Catatumbo, resplandecientes bajo un sol perenne, los azulejos del Guarinó, que no están nunca solos, los sinsontes del Gualí, que a esta hora cantan por las colinas, las garzas grises de Mompox que lo vieron caminar con Teresa junto al río dichoso de aguas pardas, los periquitos de Cantagallo, que vuelven verde el cielo, las urracas del Opón, que ensordecen los hondos cañones, los armadillos de Buriticá que se ovillan ante el peligro, y las águilas tijeretas del Cocuy, de las que salieron los pueblos de la Sierra Nevada, y las iguanas de Magangué, en las que se demora la tarde, y los gatos salvajes de Porce, y los bagres grandes del Yarí, que suben en legión por los ríos, y las comadrejas de Gaurumo, y más allá, decreciendo en el fondo de su memoria, las ranas bermejas de Nóvita, los zancudos sonoros de Zapayán, las salamandras de Yondó, que corren sobre el agua, y los venados ariscos de Bogotá, que no volverían nunca, y las babillas fieras del Nare, quietas en el légamo oscuro, y los guatinajos moteados de Guayacanal, y los caimanes dormidos de Ambalema, en cuyas fauces abiertas vuelan alegremente las mariposas».
William Ospina logra en su novela que el siglo XVI, el primero de nuestra historia americana, se yerga ante nosotros con todo su horrible esplendor, y nos lleva de la mano a sumergimos en un gran fresco donde sentimos de manera palpable el espíritu de la época, gracias a la soberbia del lenguaje que nombra y pinta con amplitud y minucia los innumerables detalles y singularidades que conforman a estos hombres -conquistadores, guerreros, nativos, príncipes, indígenas de las muchas etnias que poblaban los numerosos reinos que había en la Nueva Granada, cronistas, aventureros, criminales – y a estos paisajes, así como a una naturaleza mágica y hechiza (“yo he podido advertir que cuando un indio acaricia los musgos en la base de los grandes árboles, es frecuente que en lo alto comiencen a sonar las chicharras, como si hubiera una continuidad sensitiva entre el tronco y sus huéspedes. Del mismo modo los pájaros en nido sienten lo que ocurre en el árbol”), y lo hace con tal desenvoltura y elegancia que sólo puede ser fruto de lo mucho que sabe por haber investigado con paciencia de relojero y gran sensibilidad innumerables libros y documentos a lo largo de más de ocho años.
La novela, “esta historia verdadera” como él mismo lo dice en la nota que cierra este primer libro de su trilogía, no habría podido contarla «sin la ayuda de muchos cronistas e historiadores y sin el diálogo con muchos amigos. Sin los poemas de Juan de Castellanos, compañero entrañable de Ursúa; sin las crónicas de fray Pedro Simón, de Lucas Fernández de Piedrahíta, de Gonzalo Fernández de Oviedo, de Pedro Cieza de León; sin el aplicado libro Pedro de Ursúa, conquistador español del siglo XVI, de Luis del Campo, el mayor homenaje de sus paisanos a Ursúa; sin algunas novelas históricas sobre la época; sin la Historia de la conquista del Perú, de Prescott; sin el libro de Karl Brandi sobre Carlos V, sin los libros de Henri Kamen y de Hugh Thomas sobre la época, imperial; sin las conjeturas de Raúl Aguilar sobre la muerte de Robledo; sin las biografías de Soledad Acosta de Samper y sin la Historia de la Nueva Granada, de su padre, el general Joaquín Acosta.
Tendría que agregar a esta lista que Ursúa, la novela, no habría sido posible si tantos textos y crónicas y documentos no hubieran sido trasmutados por el aliento de un poeta como lo es el narrador de este libro, William Ospina.
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EL MOSAICO DE URSÚA
Por Armando Montenegro
EL ESPECTADOR, Octubre 1, 2.005. Opinión
http://www.elespectador.com/html/i_portals/index.php?change_country=es&p_origin=internal&p_name=content&p_id=MI-35 Matriz: http://www.elespectador.com/html/i_portals/index.php
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La publicación de Ursúa, la primera novela del conocido ensayista y poeta William Ospina, es un afortunado evento editorial. Con ella, la industria del país entra de lleno en la dinámica corriente de la producción de las novelas históricas, la misma que en otras latitudes, año tras año, cautiva a millones de lectores por medio de célebres best sellers. Hay que anotar, sin embargo, que el caso de Ursúa es algo diferente; se trata de un libro de historia novelada, o, más bien, uno de unas historias noveladas, eso sí, conscientemente adornado con una elaborada poética del paisaje.
Estas historias recogen una serie de acontecimientos de la segunda etapa de la Conquista española de Colombia, la que tuvo lugar después de las conocidas acciones de Balboa, Pedrarias, Ojeda y Jiménez de Quesada. Abarcan hechos tan diversos como el matrimonio y la muerte de Jorge Robledo, algunos mitos indígenas, los saqueos de tumbas por parte de Heredia, la muerte de Belalcázar y la rebelión de Gonzalo Pizarro; todas tienen como ocasional referente, casi como un pretexto, la trayectoria de Pedro de Ursúa, el fundador de Pamplona, famoso por su campaña contra los muzos y por su gobierno de la naciente Santa Fe.
Digo pretexto, porque Ursúa no es una novela como otras, con una trama tejida alrededor de un personaje central. Se trata, más bien, de un vasto tapiz, un abigarrado mosaico, lleno de diversas estampas superpuestas –retratos de conquistadores y de indios combativos; de caciques y emperadores españoles; de ríos desbordados, aguaceros interminables y animales exóticos–, todo pintado con resplandor, iluminado con brillantes y deliberados adjetivos y, de cuando en cuando, conectado con la trayectoria de Pedro de Ursúa (en realidad, sin tanta estampa y sin el decorado, los relatos que se refieren a Ursúa cabrían en treinta o cuarenta páginas).
¿Quién fue, en verdad, Pedro de Ursúa? El hecho es que, a diferencia de personajes extraordinarios como Hernán Cortés –quien escribió cientos de páginas, y sobre quien se han escrito, y se siguen escribiendo, docenas de libros–, salvo por los hechos más sobresalientes, es muy poco lo que se sabe de la mayoría de los conquistadores, sobre todo acerca de su fuero interno, de sus conflictos personales, de lo que pensaban del mundo. El caso de Ursúa no es muy diferente. Aparte de algunas acciones principales y de algunos golpes de audacia, se conoce que lo salvaban, de cuando en cuando, sus privilegiadas conexiones familiares y políticas (por lo cual, tal vez, merece un lugar destacado como precursor de la dirigencia nacional).
El vasto tapiz de Ursúa resume una variedad de textos básicos sobre la Conquista, obligatorios para todo el que quiera aproximarse al tema (Prescott, Thomas, algunos cronistas de Indias, Castellanos). Aunque es ciertamente más enriquecedor acudir a estas obras directamente, el lector que apenas se inicia encuentra en Ursúa una síntesis de algunos de los hechos principales, y algunos aficionados reciben, además (como una ñapa), un texto cuidadosamente repujado y ornamentado.
Al lado de los aciertos estilísticos de Ospina, los historiadores formales encontrarán en su libro algunas omisiones, entre ellas, el hecho de que no se haya insistido con suficiente fuerza en la importancia de las enfermedades –las que trajeron los españoles– como la principal causa del declinamiento de la población indígena; que se hayan presentado algunas imprecisiones en algunas cifras (¿pagó Carlos V un millón de florines por su corona europea?), en fin, que se hagan ciertos juicios que algunos considerarán discutibles. Estas cosas, por supuesto, poco disminuyen el atractivo de uno de los principales libros del cierre de este año, en buena hora editado por Alfaguara, y generosamente acogido por sus lectores.
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El ‘Ursúa’ de William Ospina
CONTRAVÍA. POR EDUARDO ESCOBAR eleonescobar@hotmail.com
EL TIEMPO, Octubre 11, 2.005
http://eltiempo.terra.com.co/hist_imp/HISTORICO_IMPRESO/OPINION_HISTORICO/2005-10-11/ARTICULO-WEB-NOTA_INTERIOR_HIST-2564529.html
Admira y entristece cómo nos parecemos a nuestro pasado.
Entré en el libro de William Ospina con temor por él, y por mí, que quizás botaba mi plata. Es un reto, me decía, novelar otra historia de la Conquista, una historia de historias contadas tantas veces; por voces escuetas como la de Fray Pedro Simón, en un estilo helado y eficaz que hace más increíble la hazaña y el genocidio; por heraldos enjundiosos, intrincados y llenos de color y vida, como en Bernal Díaz; por las corales plásticas de ciertos escritores anglosajones que las narraron en ladrillos ideales para la temporada de vacaciones de los países ricos; y en fin, por tantos cronistas de la provincia hispanoamericana en todas partes, entregados unas veces a ensalzar el heroísmo del conquistador europeo que trasplantaba aquí una forma superior del mundo, y otras a llorar, entreverando lágrimas con cándidas apologías de una supuesta inocencia, las desgracias del indio, las miserias de la llegada de Cristo al Nuevo Mundo.
Ospina en sus ensayos, y en conversaciones con sus amigos, nos había acostumbrado a una opinión menos comprensiva con el invasor acorazado. En la novela, se reconoce en una verdad menos definitiva. Esto le permite presentarnos a sus terribles protagonistas como los animales magníficos que debieron ser, con sus inmoralidades y sus crueldades. Sometido tal vez, al cabo de la admirable tarea de investigación revelada en Ursúa. Sin embargo, a veces incurre en las socorridas opiniones románticas de los discípulos de Rousseau, y en las bucólicas de los epígonos de Virgilio, cuando se refiere, como en la página 178, a esos pueblos del Darién acostumbrados, dice, a la paz de las largas sabanas, o cuando hace, 344, más piadosas sus liturgias sangrientas frente al Crucificado de los misioneros.
Las comunidades precolombinas fueron tan crueles y aguerridas como nosotros cuando nos da la gana. Más inofensivas tan solo porque ignoraron el uso del hierro. Los explosivos. La motosierra. Y el cilindro de gas.
Hace días, leyendo a fray Pedro Simón, me ocurrió pensar que los aborígenes americanos fueron derrotados menos por el caballo, el arcabuz y la armadura, como suele decirse, que por la divina chicha. Los hombres de Tisquesusa y Nutibara quizás habrían vencido la tecnología de la pólvora, y las sofisticaciones de las milicias del renacimiento, de no haber sido por la costumbre letal de salir a los combates en medio de una borrachera multitudinaria.
Lo que más admira y entristece en el Ursúa de Ospina es descubrir cómo nos parecemos a nuestro pasado, como si jamás nos hubiera transcurrido el tiempo. América sigue enfrascada en el mismo alboroto secular de borrachos, en la misma rapiña fatídica, en la misma codicia frenética. Los paramilitares son cosa antigua entre nosotros. Los sublevados y los burócratas venales. Las triquiñuelas y las intrigas de poder. Antes, las esmeraldas fueron la verde causa de la corrupción generalizada. Como ahora debemos al verde dólar del narcotráfico el desorden infame que representamos lo mejor que podemos con arrogante desvergüenza. A la espera de un narrador responsable.
Al final, por fortuna para el comprador, William Ospina sale triunfante. La obra se lee de un solo aliento. Es hermosa. Sin embargo, al cerrar el libro, el lector siente que para contar las historias de la historia de América necesitamos una prosa más descabellada. Que no bastan la elegancia de Borges ni el manierismo del último García Márquez, lo cual encierra un elogio del relato. Aunque la narración resulte debilitada al final por la desgracia de estar tan bien escrita, con el encanto y la corrección propios de William Ospina. Le faltan más llagas, maldiciones, asperezas, malos olores. Más infierno. Le sobran mariposas y árboles florecidos en copas de oro. A propósito: el autor olvidó con injusticia las niguas. Ese monstruo diminuto, que fue un urticante, penetrante y pedestre protagonista en las historias que cuentan la historia fabulosa de la ocupación española de la América ecuatorial.
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Narración histórica, épica, novela y ensayo filosófico. URSÚA , William Ospina
eltiempo.com / lecturas/ Libros recomendados, LECTURAS FIN DE SEMANA, EL TIEMPO, Octubre 13 de 2005 . http://eltiempo.terra.com.co/REVISTAS/lecturas/2005-10-15/ARTICULO-WEB-_NOTA_INTERIOR-2567687.html
Casi todo lo que uno espera de un buen libro está contenido en esta épica narración: héroes y travesías delirantes, episodios de la historia de nuestra conquista que más parecen fantasía que realidad; personajes capaces de los pensamientos más sublimes y de los crímenes más atroces; paisajes bucólicos pero también agrestes... una naturaleza salvaje que así como inspira a los hombres, también los enloquece, los destruye. Todos los imaginarios del valiente mundo nuevo (como lo llama Carlos Fuentes), acicate de la codicia y el desafuero de los españoles que ni mandados a hacer para una novela: el desnarigado Heredia, Belalcázar, Robledo, Jiménez de Quesada, los Pizarro, Galarza, Téllez, Orellana, Velasco, Alfínger, Federmán, Luis de Lugo y La Gasca, entre otros, que paulatinamente fueron pasando, como Macbeth, de la ambición al crimen, del crimen al apogeo, de éste a la locura y finalmente a la muerte.
Unos murieron ejecutados por sus mismos amigos; otros, ahogados; algunos fueron fulminados por un rayo o por las flechas de los indígenas, y no faltó el que se dejó morir solito. En el centro de la narración (de lo que se podría catalogar como Historia novelada, o mejor aún, poetizada) un personaje del otro mundo, el navarro de ascendencia noble y guerrera, fundador de Pamplona, gobernador adolescente y sobreviviente de cuatro guerras, a quién Juan de Castellanos le dijo: "sería una lástima que un día nadie supiera de tu vida, de tus fundaciones y tus guerras": Pedro de Ursúa.
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La región más olvidada... . Ursúa, novela de William Ospina
Por JOHN J. JUNIELES ***
Librusa.com, 11 de octubre de 2005 http://www.librusa.com/perspectiva_john_jairo_20051011.htm
"Viajero, has llegado a la región más transparente del aire."—Alfonso Reyes
Si Alfonso Reyes nos habla en Ifigenia de la región más transparente del aire, que viene a ser América, el alma, o sencillamente un recuerdo, William Ospina nos invita a la región más olvidada de nuestra historia.
Esta es una de esas novelas para las que un escritor se prepara a sí mismo durante toda una vida. Es tal el amor que se tiene al sueño de verla realizada, que el escritor ha cuidado a su obra de todo, del tiempo y sus tentaciones (por supuesto) pero sobre todo, de él mismo. En ese sentido pensamos, a título personal, en obras comunes a ese espíritu total, como Celia se pudre, de Héctor Rojas Herazo.
Uno imagina a William Ospina cuidando a su novela de su propio asombro primario, de su desconocimiento inicial, de su perplejidad ante el tamaño del material, sus dudas sobre las posibilidades reales de ejecución frente a los recursos con los que se cuenta: ¿ qué descartar, qué dejar y en qué proporción ?. La ubicación de las voces, su razón de ser en el paisaje narrativo. Y la salvación de Ospina es, evidentemente: la pasión; ese ángel místico que acompaña toda gran empresa.
Las novelas de la primera mitad del siglo XX, que empezaron a servirse de las enseñanzas del lenguaje cinematográfico, fueron escritas con el pulso de quienes sabían que es peligroso que un recurso se salga de las manos. Escritores conscientes de que estaban haciendo una novela, y no un guión. Veamos este pasaje premonitorio: "Era apenas un muchacho de quince años que volvía con su criado de los mesones de San Sebastián, cuando vio a la distancia la polvareda que se alzaba por el camino de Elizondo, y no podía saber que esa polvareda indiferente iba a desviar su vida." (P. 22). Casi podemos ver en la pantalla de la hoja de papel el incendio del polvo en la distancia.
La elección de la voz narradora cantante, es primordial en toda novela. No en vano Vargas Llosa dice que se pueden esperar años para saber cuál es la voz que debe primar al contarse una historia. En Ursúa asistimos a la asimilación de la lección de Cervantes. Por qué nos enternece tanto la valentía de Sancho al acompañar al loco; y pesa más que las travesuras febriles del loco mismo. Sancho asume la locura desde sus atavismos campechanos, y gracias a ellos se salva. ¿Por qué Cervantes no retomó a Sancho, ya viejo, y escribió una novela con sus memorias finales dictadas, que bien pudo llamar: Una temporada en la locura.?
Lo anterior lo decimos por la relación entre Pedro de Ursúa y su fiel amigo narrador, salvaguarda de memorias. El hijo del converso cuya identidad y biografía se dispersa por toda la novela. Una vida no es una vida, realmente son tres, cuatro, cinco momentos que sobreviven –no sabemos por qué— al tiempo, a la marea de sus horas inútiles. La identidad del narrador la dejamos a la voluntad curiosa del lector; una voz que al final resulta entrañable, como si fuera nuestra voz la que se apagara al final de esa línea final. Y que en algún momento de la novela confiesa su credo: "Aprendí a querer a esta tierra por las palabras de un hombre que no la quería." (P. 90) Un narrador en primera persona, testimonial, que logra un estado de arrobamiento tal, que hay momentos en que olvidamos esa voz y se trastoca en un narrador omnisciente.
El tono bíblico de Faulkner, García Márquez y Vargas Llosa: "Era el año de escombros de 1544... los frailes afirmaron que hubo santos angustiados en los balcones del cielo... hubo quien vio cruzar ángeles con alas de colores mientras Lutero repartía panfletos góticos en defensa del emperador..." (P. 82). Ráfagas plenas de honda poesía: "...naciones que en el metal de unas lenguas desconocidas recuerdan otro origen y celebran otra alianza, y cuyas tierras no se reflejan entre sí..." (P. 88)
La poesía está presente en el torrente narrativo, con el equilibrio que exige no desviarse del propósito prevalente de contar la historia. Esta presencia poética es más notable cuando asume pasaje épicos que condensan el alma de la novela, que nos hacen recordar al Borges nostálgico de las avanzadas sajonas, pero esta vez la epopeya tiene ombligo europeo y destino americano: "Pedro sintió latir su sangre guerrera. Debieron despertarse en sus venas los abuelos dormidos, las espadas sangrantes, bosques avanzando contra fortalezas, ráfagas de jinetes con turbantes sobre caballos agilísimos cortando el viento con sus sables torcidos, y algo que imaginaba sin saber por qué desde niño, el rostro de un hombre soplando un cuerno de marfil con tanta fuerza que se le agrietaban las sienes, y más allá sudorosos legionarios atrincherados en fila tras los escudos, y últimas oleadas de una tinta roja con cráneos humanos en lo alto de las lanzas, bajo cielos de incendio empavesados de buitres." (P. 25)
En este caso están presentes, imprescindibles, los cronistas de Indias y su lección de mirada recién nacida en vida. Pero también, posiblemente, Ramón J. Sender y La aventura equinoccial de Lope de Aguirre (1968), ese soldado español que se rebeló contra el rey Felipe II adentrándose en la selva amazónica en busca de El Dorado. La desmesura de la empresa de Ospina, nos hace recordar a Brian Fitzcarraldo, ese hombre excéntrico y visionario del siglo XIX, que amaba la ópera con obsesión, y decide construir un teatro de ópera en plena selva amazónica. Werner Herzog, ese gran director alemán, ha hecho su mejor trabajo fílmico con este personaje. Hay fantasmas reales, y a veces fantasmas que sólo uno ve detrás de las obras.
Al principio creíamos que condensar en un solo párrafo el viaje marítimo del protagonista era inexcusable, pero luego supimos, al final, que el sacrificio narrativo había valido la pena, pues la razón de ser de la obra estaba en cada una de las 471 páginas de ella. Su preceptiva de montañas lluviosas, atravesadas por farallones llenos de bestias, donde se vadean ríos de fango y se lidia como se puede el hambre y las plagas. La niebla, una presencia que se mantiene como un sudario de metáforas a través de toda la novela.
Navarros y castellanos, francos, bretones, normandos, alanos, godos y aquitanos, moros y judíos. Europa entera perdida de sí misma por los invisibles venenos de la codicia. Personajes reales y conmovedores como Jorge Robledo, su elocuencia: "Aunque no fuera mi rey, no podría dejar de respetar a un hombre que se deleita con la música de Giorgione, que tiene a Tiziano Vecellio como su pintor de cabecera, y a quien Ariosto le dedicó en Ferrara el Orlando furioso." (P. 70). El infame Alonso Luis de Lugo, los incontables eslabones de sus fechorías, y su inmerecido final: pero el destino muchas veces no es serio en sus cuentas.
Tengo la impresión personal de que a la Historia de la literatura colombiana le faltaba esta novela, como esas cosas ideales que sabemos que hacen falta, que deberían llegar, y sólo las reconocemos cuando han encarnado. La región más roja de la sangre, la región más olvidada de la memoria, donde conviven el origen del amor y la muerte, los sueños y las derrotas de una nación, que está demarcada por la frontera que dibuja la línea de vida de Pedro de Ursúa. A fuerza de haber acompañado y convivido durante tantas páginas, a tantos personajes, uno cree que en realidad los recuerdos ajenos ya son íntimos.
Cerramos la tapa del libro, y regresamos del origen hacia el mapa del presente, donde los perros de la guerra siguen en los caminos saltando sobre los colombianos, para arrancarles hasta el alma si pueden. Un país que sigue naciendo y muriendo todos los días, a pesar de esos señores de la guerra, que siguen haciendo su conquista, amparados en una indiferencia tribal muy parecida a la culpa. En las calles del país del viento, gentes desplazadas e indefensas, a quienes sólo le queda la tierra de las uñas y un pasado de pesadilla. William Ospina ha hecho con su novela un trabajo significativo, trascendente y necesario para todos nosotros en muchos sentidos.
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Librusa.com, 11 de octubre de 2005
*** JOHN J. JUNIELES. Escritor, periodista, investigador de temas literarios, culturales y sociales. Estudió Derecho y Ciencias Políticas en Colombia y Estados Unidos. También ha participado en cursos de periodismo en la Fundación para un Nuevo Periodismo Iberoamericano, de Gabriel García Márquez.
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URSÚA, O LOS EXTRAVÍOS DE UN PAÍS y DE UNA PROSA ENCANTADA
Por Hernán Daría Correa
Revista ARCADIA, No. 1, Octubre 2.005. Pág. 28. Un proyecto de SEMANA y Philip Morris, que será revista de información cultural. Sobre ARCADIA ver Semana, Octubre 9, 2.005 http://semana2.terra.com.co/opencms/opencms/Semana/articulo.html?id=90253
En este libro, más crónica que novela, cabalgan varias cosas a la vez, menos caballeros por las tierras firmes de Indias, pues sus personajes nunca cobran vida entre frases aprendidas y repetidas de un narrador omnipresente para el cual las selvas son encantadas; los ríos, luminosos; las flechas, envenenadas, y el país, de niebla. Por sus páginas trotan ideas vagas sobre lo que serían nuestros perfiles nacionales desde la conquista, cuando ya éramos, según aquel, un país, y además reconocido en su diversidad: "Sé del modo como llegaron los hijos de las águilas y como los Embera se cubren el cuerpo de nogal y de achiote" (14).
Este cronista es un verdadero mestizo, no sólo como hijo de español e india, sino también por su manera de narrar propia de los alemanes, cuyo cientifismo etnográfico era diferente al catolicismo de los hispánicos, según la distinción que debemos al maestro Juan Friede, al parecer ignorado por el autor; y por su cercanía simultánea a la retórica latinoamericanista de un Galeano. Al galope, se apoya en “haber estado ahí", pero sobre las ancas de los verdaderos cronistas de antaño; y sustituye los perfiles de la mayoría de sus personajes, que nunca montan por sí solos, por extensas enumeraciones de sus hazañas, copiadas desde las fórmulas de presentación de méritos ante el rey sobre servicios prestados, en ocasiones con errores de transcripción paleográfica, como Daitona por Duitama (141).
Y echa sobre su grupa evidentes anacronismos: en el siglo XVI habla de "los pueblos indígenas", como si conociera el Convenio 169 de la OIT; de la costa de perlas y de los ostiales "de Manaure" (88), cuando por entonces éste apenas era el nombre de un cacique Caquetío que enfrentó a Federmán en Venezuela; o narra el tráfico de multitud de negros esclavos, dos siglos antes de su traída masiva...
Mas ¿la literatura no es precisamente eso, el reino de la libertad dentro del lenguaje? Por supuesto, pero bajo la regla de lo verosímil y de la consistencia narrativa. Y tampoco: "Mis historias son tantas que ni el más hondo cántaro podría contenerlas. Ahora sólo quiero contar una: la de aquel hombre que libró cinco guerras antes de cumplir los treinta años y de la hermosa mestiza que hizo palidecer de amor a un ejército" (15); sin embargo, sólo les dedica dos capítulos, sin duda los mejores de los 33 del libro, el cual se extravía una y otra vez por sendas perdidas que malogran la indudable estirpe poética de su autor.
¿Y todo para qué? ¿Se trata otra vez de refundar la república desde sus orígenes, a la manera de los viejos liberales del siglo XIX que buscaron la esencia americana en un indigenismo de sangre mestiza, o del Rivera de La Vorágine? ¿O de fundir en un solo personaje a Juan de Castellanos, al Inca Garcilaso de la Vega y al escritor de hoy? ¿O todo junto, esta vez desde una Bogotá panóptica? Nos tememos que tanta pretensión sólo ha quedado en una apresurada novedad editorial que resucita aquel cisne cuyo cuello torció García Márquez hace años, en esta confundida sociedad "tan cerca de las estrellas"...
Al bajamos del caballo de esta crónica, no se sabe si el extraviado es el héroe, el país que éste habría fundado y definido con destino errático, el narrador, el escritor, el editor, nosotros mismos, o todos a la vez: "Quién creerá que los sitios que nombro son casi extraños para mí, que sólo supe de ellos a través de los ojos de Pedro de Ursúa, [a quien] veo en las cosas que esquivaba y odiaba, porque unas alas de sangre lo llevaron sobre los reinos sin permitirle reposar ni un instante, pájaro rojo atravesando milagrosas florestas pero incapaz de comprenderlas, negro viento fatídico entre ramas que prometen en vano la dicha" (90).
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Ursúa (en Credencial)
William Ospina, Alfaguara. 478 páginas. 2005.
Revista Credencial, Octubre 2.005 No.227. Pág. 18
http://eltiempo.terra.com.co/REVISTAS/cred/octubrede2005/ARTICULO-WEB-_NOTA_INTERIOR-2556037.html
Promocionada como “la primera novela de William Ospina”, esta obra se veía venir, se intuía desde la publicación de Auroras de sangre, aquella excelente versión novelada de Elegía de varones ilustres de Indias (Norma, 1999) de Juan de Castellanos, que recuperó para nosotros, los lectores del común, los casi ciento veinticinco mil versos de una obra del siglo XVI que de otro modo jamás hubiésemos abordado. Para hacerlo, Ospina emprendió una rigurosa investigación histórica que lo convirtió en uno de los mayores expertos en el tema de la Conquista. Con tal antecedente, publica ahora la novela sobre Pedro de Ursúa, ni más ni menos valiente, ni más ni menos sanguinario que sus compañeros de destino, y el resultado es fascinante para el lector, no sólo por el argumento en sí mismo, sino porque, sin duda, ha sido escrito por un poeta, por un artista capaz de hacer resaltar lo hermoso que es el idioma castellano.
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LA GUERRA DEL ORO - Por: William Ospina
http://ar.geocities.com/mundomatero/informe69.htm
En el siglo XVI, el territorio de lo que hoy es Colombia vivió, como el resto del continente, pero de modo especialmente severo, las guerras del oro. Poderosos ejércitos europeos de ocupación arrebataron a los pueblos nativos todo el oro de sus santuarios, de sus casas y de sus ornamentos personales, y después sondearon en las venas de la tierra y explotaron mediante el trabajo de los indios y de los esclavos traídos de África, el oro de las minas. Por los mismos tiempos, en Cumaná y en el Cabo de la Vela, se vivió la guerra de las perlas, en la cual fueron sacrificados decenas de miles de seres humanos. Estaba esa guerra en su plenitud cuando una región remota del territorio vivió la guerra de la canela: la expedición de Gonzalo Pizarro había remontado violentamente son sus tropas y con miles de siervos indígenas las cumbres nevadas de Quito, buscando unos legendarios bosques de caneleros que no aparecieron jamás. En esos mismos tiempos, el valiente y cruel Pedro de Ursúa libró cuatro guerras feroces: una contra los panches, en el país de montañas azules de Neyva, otra contra los muzos, en el país de las esmeraldas, otra contra los chitareros, en los páramos de Pamplona hasta el cañón del Chicamocha y otras contra los Tayronas, en el país de las ciudades de piedra de la Sierra Nevada de Santa Marta. En aquel tiempo estas tierras fueron escenario de algunos episodios centrales de la historia occidental, y epicentro de los grandes mitos de la época: el país del Oro, el país de las Perlas, el país de la Canela, el país de las Amazonas.
La Colonia fue una época de crueldades y de injusticias, pero no hubo en ella grandes conflictos armados, sino una sola sombra larga, la extenuación de siervos en las encomiendas y de esclavos en las minas, campos de algodón y planicies de caña de azúcar. Los choques armados reaparecieron cuando se libró la guerra de independencia, que enfrentó a los criollos con los españoles. Esa guerra supuso también un reordenamiento de los mercados, una redistribución de las influencias de las grandes metrópolis, y contó con la colaboración eficaz de los franceses e ingleses, interesados en abrir nuevos horizontes para sus mercaderías. Así, con el discurso de la Revolución Francesa, de la división de los poderes públicos, las nuevas Repúblicas inspiradas en el pensamiento de la ilustración abrieron camino al libre cambio, al comercio de maderas, de quina y de tabaco, a las promesas de la modernidad. Y de allí nacieron otros conflictos: conflictos mercantiles entre artesanos proteccionistas y comerciantes librecambistas; políticos, entre federalistas y centralistas, económicos, entre defensores de la esclavitud y abolicionistas. Entre estos últimos se libraron varias guerras, hasta el triunfo precario, pero significativo, de la abolición.
La primera riqueza nacional que no parece haber producido inmediatamente una guerra, fue el café. Pero ello se debió a que el territorio necesario para esa economía había sido previamente despoblado por la Conquista y abandonado después, hasta comienzos de la República, a las inercias de la naturaleza, hasta que oleadas de colonizadores antioqueños y caucanos del siglo XIX prepararon con hachas y con incendios el terreno donde habría de ordenarse los cafetales. Con el final del siglo XIX, la guerra de los mil días, cuyas causas fueron a la vez la disputa por la tierra y las nuevas pautas de modernización, terminó precipitando el zarpazo imperialista sobre el territorio donde se construiría el más importante canal interoceánico del hemisferio occidental. No había cicatrizado el país de la secesión del istmo de Panamá , cuando comenzaron las crueles guerras del caucho, consecuencia de la invención del automóvil y de la desaforada demanda de materia prima para neumáticos por parte de la industria naciente. Vino después la guerra de la industrialización, que se manifestó sobre todo como persecución contra las organizaciones de trabajadores fluviales, contra los sindicatos, y contra los trabajadores bananeros, uno de cuyos episodios fue la nunca olvidada masacre de 1928.
A partir de 1940 comenzó una nueva guerra, a la que se ha llamado a secas la Violencia, pero que bien podría llamarse la guerra del Café, ya que se centró en los departamentos cafeteros de Colombia, es decir, los que sostenían al país, pues desde hacía casi un siglo el café se había convertido en la principal fuente de ingresos de nuestra sociedad. Esa guerra permitió que una región de minifundios democráticos se convirtiera, al cabo de 20 años, en una región de numerosos latifundios cafeteros, y que las ciudades colombianas crecieran de un modo desmesurado con la población desplazada de los campos. Esa guerra también podría llamarse la guerra contra la pequeña agricultura, sobre la que reposaba la riqueza nacional, o la guerra urbanizadora, por la guerra paralela al proceso de industrialización del país.
Apenas terminaba la violencia que dio origen a nuestras ciudades modernas cuando recomenzó la violencia guerrillera, que ahora unía a las guerras agrarias por la tierra, los conflictos engendrados por la pobreza, la exclusión y el resentimiento, y que tuvo como acicate la guerra estatal contra toda oposición democrática. No hay que olvidar que el Frente Nacional funcionó siempre sobre la base de una periódica suspensión de las garantías constitucionales para la población a través de la coartada despótica del Estado de Sitio; así, la violencia fue utilizada para reprimir el descontento y las demandas democráticas de la población; la violencia era el sustituto de las reformas liberales. También se dio entonces el avance violento de la colonización y de los desplazados sobre los territorios menos explorados del país, sobre la Orinoquia y la Amazonía, y el descubrimiento de nuevas riquezas, con el inevitable presagio de nuevas guerras derivadas de ellas. Así nació la guerra de la marihuana, y gradualmente después la guerra de la coca, que acabaría enfrentando a los grandes traficantes de cocaína con el Estado, al Estado con los pequeños productores de hoja de coca, y a una comunidad pobre, forzada a vender lo que le compran, con un imperio opulento y hastiado que nunca pagó tan bien los frutos del trabajo honesto y abnegado de nuestros campesinos. A esas guerras se han sumado recientemente los conflictos por la biodiversidad, la disputa por territorios que se adivinan ricos en petróleo, y una reviviscencia de las guerras del oro, porque al parecer mucho oro queda todavía en lo que fue por siglos la región más aurífera del continente. Las minas que produjeron el metal en otro tiempo explotadas con recursos artesanales, de modo que todavía sus filones pueden ser desentrañados por la gran tecnología contemporánea.
¿Quiero decir con este largo catalogo que la nuestra ha sido una historia de guerras? En parte sí, pero también quiero señalar que en nuestra historia cada guerra parece haber correspondido a una riqueza particular.
Al oro, a las perlas, a las esmeraldas, al café, al caucho, a la marihuana, a la coca. Incluso a veces a riquezas fantásticas como la canela, a riquezas potenciales como el canal interoceánico, a riquezas infames como la esclavitud ello parece también presagiar tristemente que toda nueva riqueza o toda riqueza que responda a nuevas necesidades, podría dar pie entre nosotros a nuevas violencias, a nuevas guerras. Ello nos hace pensar y temer que la biodiversidad, la gran riqueza del futuro, y el santuario de los páramos colombianos, puedan suspender sobre nuestro porvenir la amenaza de las guerras de la biología, de las guerras del agua, cada vez más escasa en el planeta.
Algún funcionario internacional afirmó recientemente que nosotros padecíamos la maldición de la riqueza, es decir, que nuestro mal no es la precariedad sino la abundancia, que nuestra desdicha está en ser ricos.
Sin embargo, creo que es necesario mirar el problema más en detalle, para advertir que ese análisis esconde un error de perspectiva. No es posible negar que a cada riqueza nuestra ha correspondido una guerra particular, pero hay que añadir inmediatamente que muchos países poseen riquezas semejantes, y que no todos presentan una sucesión de guerras derivadas de esas riquezas. Para empezar, es bueno advertir que en toda la historia, Estados Unidos, un país rico en oro, en petróleo, en otros metales y minerales, en fauna y flora, en tierras agrícolas y en recursos diversos de la tierra y del mar, sólo ha padecido en su territorio tres grandes guerras: la guerra de exterminio de la población aborigen, la de Independencia, concluida en 1886, y la guerra de Secesión, en la segunda mitad del siglo XIX, aunque también una serie de conflictos importantes.
Entre los cuales podemos enumerar la conquista del Oeste, que culminó con la fiebre del oro de California a fines del siglo XIX, la guerra de intolerancia contra los hijos de los esclavos, y la guerra de las mafias de Chicago y de Nueva York en las primeras décadas del siglo XX. La mayor parte de las grandes guerras de los Estados Unido se han librado lejos de su territorio, en aguas de Cuba, dos veces en las trincheras de Europa, en el Pacífico Sur, en Corea, en Vietnam, en Bagdad y en Kosovo, y en ellas, por supuesto, no estaban en juego sus riquezas sino las de los otros.
¿Qué es lo que permite que las riquezas se conviertan en fuete de guerras para un país? Yo diría que fundamentalmente la incapacidad de defenderlas o la incapacidad de compartirlas. La incapacidad de defenderlas hace débiles a los países frente a las rapacidades colonialistas e imperialistas. La incapacidad de compartirlas los trenza en crueles y cíclicas guerras civiles. Y esto modifica entonces el planteamiento: no es que nuestras riquezas tengan que producir fatalmente guerras, es que esa abundancia de riqueza, unida a una crónica debilidad del Estado y a las discordias de la sociedad, no le permite a un país tener la fortaleza para defenderlas ni el acuerdo para compartirlas y aprovecharlas. Así, de la sospecha de que lo que produce las guerras es la riqueza, pasamos a sospechar de que lo que produce las guerras es la imposibilidad de unos acuerdos nacionales duraderos que permitan la convivencia interna y que permitan la resistencia y la firmeza ante los poderes externos.
Cada vez creo con mayor intensidad que sólo hay dos posibilidades de resistir a los poderes imperialistas: la fuerza y el carácter. Hoy la China es el único país con poderío económico, cohesión política y fuerza militar para confrontar al gran Estado norteamericano, en el clímax de su poder sobre el mundo. Erick Hobsbawm, y otros historiadores, han afirmado que nunca un imperio en la historia tuvo tanto poder y tanta influencia sobre el planeta como los Estados Unidos. Si hace poco el periódico Le Monde Diplomatique, último vocero de la altivez europea frente al nuevo orden mundial, señalaba con consternación que el otrora orgulloso ejército inglés se convirtió en dócil subalterno de los Estados Unidos en su campaña contra Irak y contra Kosovo, qué no podrían decir de la actitud de nuestro país frente al gran imperio. Evidentemente hoy también se han hecho menos altivos los franceses, los italianos y los españoles: los aeropuertos de España, como los del norte de Italia, son incondicionales centros de provisión de los aviones militares norteamericanos. Hoy el imperio se sirve de casi todo el planeta para sus fines particulares, pero por supuesto ejerce un poder más irrestricto donde encuentra menos resistencia. Y es allí donde entra en juego el segundo elemento que he mencionado: el carácter. México es un país menos poderosos que los Estados Unidos, pero siempre ha sabido relacionarse con el imperio desde la perspectiva de una profunda dignidad. Tal vez porque sus gobernantes no ignoran que, como decía Alfonso Reyes, México representa el frente de una raza, o al menos de un ámbito cultural muy distinto del estadounidense y mucho más definido: el de la América Mestiza. Recientemente el Presidente Chávez, en Venezuela, ha sabido jugar con inteligencia en el escenario de la economía mundial y prácticamente ha duplicado los ingresos de su país por concepto de exportaciones del petróleo.
Muchos en Colombia sientes recelo ante él y lo tratan como un dictador golpista, olvidando que fue elegido por una amplia mayoría, y que han realizado sus reformas políticas de un modo ejemplarmente pacífico, sobre todo si lo comparamos con el baño de sangre que padece hoy por hoy nuestro territorio. Pero a pesar de que nuestras élites lo miren con recelo, pienso yo que sobre todo por ser mulato, nuestros empresarios no ignoran que en Venezuela se han incrementado de un modo notable las ventas de productos importados de Colombia, que hoy Colombia, gobernada por elegantes señores blancos, se está beneficiando de la bonanza petrolera propiciada por Chávez y está derivando importantes ingresos de sus vecinos venezolanos y ecuatorianos. Cuba es un país pobre: no tiene economía, ni tiene poder militar, tal vez lo único que tiene es un señor furioso gritando desde una tribuna, pero eso le basta para mantener a raya al mayor imperio del mundo. Como me decía hace poco un amigo en Bolivia, los Estados Unidos no muestran mucho respeto por el señor Castro, lo atacan sin cesar por todos los medios, pero no hay duda de que respetan a Cuba.
En general Cuba es un país al que pocos envidian pero al que muchos respetan, incluido el gobierno español, incluido el papa, incluidos muchos empresarios norteamericanos que no ven la hora de que se acabe el bloqueo para poder invertir sus capitales en un país que será el mayor destino turístico del futuro próximo y que está para ellos al alcance de la mano, e incluidos muchos cubanos que están sosteniendo al país con sus aportes en dólares desde todo el planeta.
Si nuestros dirigentes tuvieran al menos la fuerza de carácter, el espíritu nacionalista que tuvo siempre el Partido Revolucionario Institucional mexicano, otra sería nuestra suerte. Pero desafortunadamente si algo ha caracterizado a esa dirigencia ha sido un espíritu sumiso y obsecuente frente a los socios imperiales. Les duele más las criticas que se hacen a los Estados Unidos que las criticas a su propia torpeza, y siempre les interesó más quedar bien con las metrópolis que quedar bien con el país. Su capacidad de regateo a la hora de firmar los tratados y los convenios internacionales es nula, y siempre creyeron que esa era la mejor manera de asegurarse el respeto de los norteamericanos. Pero yo tengo para mí que los imperialistas no son meros filibusteros que saquean e invaden a cualquier precio, como piensan algunos, sino que son negociantes inteligentes y astutos que se aprovechan de las debilidades y las servilidades de los socios, y que en cambio son capaces de respetar las expresiones de resistencia, de dignidad y de firmeza.
Pero decía que la crónica debilidad del Estado, unida a la discordia de la sociedad, son los elementos que permiten que las riquezas del país sean causa a la vez de dependencia y guerras civiles. Es necesario preguntarse por qué, y de qué manera, nuestra historia fue produciendo esa debilidad frente a los poderes planetarios. Hace cuatro siglos nuestra sociedad giraba en torno a la poderosa corona española, hace dos giraba en torno a la revolución francesa y al mercantilismo inglés, hace uno giraba como una luna febril en torno a los mandatos del Vaticano, pronto hará un siglo perdió una parte esencial de su territorio a manos de su gran socio norteamericano, hace siete décadas abandonó el sueño inglés de tejer una gran red de ferrocarriles porque ya se había abierto camino el gran mandato norteamericano de tender carreteras y de llenarlas de automóviles.
Hace poco más de diez años el querido socio norteamericano rompió el convenio cafetero sobre el que había girado la estabilidad de nuestra economía, precipitando la ruina gradual de los cultivadores de café, y en ese mismo momento firmamos con ese mismo país una apertura económica calamitosa que nos invadió de mercancías de todo tipo y arrasó con la agricultura nacional y con la pequeña industria.
Hoy, en el pleno viento de trompetas de la globalización, cada país europeo discute su intercambio con los demás renglón por renglón y tonelaje por tonelaje. España accede a producir menos aceite de oliva para que Italia pueda producir un poco más, si a cambio de eso se le permite exportar un poco más de vino de Rioja o de Ribera del Duero, o algún otro producto. Francia es un país totalmente inscrito en los lenguajes mediáticos y en el horizonte cibernético, pero no ha abandonado ni un solo instante su vocación agrícola, y la tierra que hace miles sembraron los galos y los romanos sigue produciendo sin cesar sus uvas y sus hortalizas, sus cereales y sus manzanas. Aquí cada día nos llegan con una moda nueva que justifique el acabar con una tradición. Y todo se define de acuerdo con un increíble orden de prioridades dentro del cual la última preocupación de los economistas es qué consumen los propios colombianos.
¿De qué manera enlazar esto con la meditación inicial de que aquí cada riqueza produjo una guerra? Tal vez podamos decir que nunca la prioridad de los beneficios de esa riqueza fue la gente colombiana. Se sacó oro porque Europa estaba ávida de ese metal, se buscó canela porque Europa aromaba su vida con ella, se reventaron los pulmones de los indios Manaure extrayendo perlas porque esos collares les fascinaban a las señoritas de Toledo y de Hasburgo, se sembró café porque esa oscura bebida era el aroma del apres-midí en unos salones remotos, se crearon los campos de concentración del Putumayo para extraer la leche de los cauchos porque los automóviles se habían apoderado del sueño americano, se sembró banano porque mister N. Lo había encontrado exquisito, se produjo azúcar porque las guerras de Europa habían devastado los campos de remolacha, se saturaron de fertilizantes y pesticidas los campos de flores para que adornaran las salas de los Estados Unidos y los entierros de las princesas de Europa, se carcomió la selva para cultivar la hoja de coca y se arrasaron los páramos sembrando amapola porque así lo exigían los desvelados adictos de Wall Street y los desdichados heroinómanos de Ámsterdam. Pero en las casas de la gran mayoría de colombianos no hubo nunca oro, ni perlas, ni se supo nunca cómo preparar café expresso, ni hubo automóviles, ni se consumieron esos bananos sin mancha que cargan los mulatos corteros hacía los barcos presurosos, ni hubo rosas ni nardos ni astromelias salvo algún velorio, ni se conocía coca ni morfina, como dice la canción, ni había con qué comprarlas aunque se conocieran.
Es una desdicha ser mentalmente desde siempre un habitante de las periferias del mundo, pertenecer a países que primero se llamaron así mismo colonias, después se llamaron países subdesarrollados, y después se resignaron a formar parte de una entelequia llamada Tercer Mundo.Porque lo que hace que los países piensen primero en sí mismo a la hora de producir y a la hora de consumir es que se permita la ilusión poética de sentirse en el centro del mundo y en el corazón de la historia; lo que hace que sus gentes sean la primera prioridad de los gobiernos es que no imperen en ellos castas privilegiadas y excluyentes que se avergüencen de sus conciudadanos y utilicen la fuerza para impedirles ser parte de la nación y acceder a la dignidad; lo que hace que se desarrollen de acuerdo a sus propias necesidades y a sus propias posibilidades es que no se plieguen de un modo sumiso o servil a las pautas de desarrollo que les dictan otras sociedades, y que no sean víctimas de la ideología perversa de la marginalidad y de la inferioridad; lo que les permite construir grandes civilizaciones es la capacidad de ser ellos quienes crean pensamiento, quienes establecen los criterios, quienes hacen la valoración de los avances sociales, y quienes dignifican y hacen habitable su espacio llenándolo con los lenguajes estéticos originales de una comunidad, creando desde ellos la inédita poesía de un mundo.
¿Qué son las guerras actuales de Colombia sino la mezcla de todas esas carencias? Colombia sigue siendo una sociedad llena de riquezas pero llena de exclusiones y de privilegios, que posterga siempre a sus ciudadanos, donde se gobierna siempre en función de unos cuanto caballeros de industria pero se espera que sólo el pueblo de la vida por las instituciones, donde falta un orden de prioridades en lo cual .lo primero sea la educación y la dignificación de la comunidad, donde falta un esfuerzo de cohesión y de equilibrio social que permita aprovechar esas riquezas en función de su propia gente, donde se siente cada vez más dramáticamente la falta de una nueva dirigencia orgullosa y generosa que sepa inscribir a su país en el mundo sin servilismo y sin simulación, sin las postergaciones de la mentalidad colonial, conociendo el país y valorando sus singularidades y su indudable originalidad.
Aquí siempre se ha gobernado, por acción o por omisión, contra la gente.
En Colombia en los años cincuenta se arrasó la base democrática de la producción de café y se permitió que los campesinos fueran expulsados a las ciudades mientras las zonas cafeteras se llenaban de latifundios. En Colombia en los años sesenta se intentó una industrialización pero se prohibió en la práctica todo reclamo democrático, se hostilizó y se manipuló la organización de los trabajadores industriales y se persiguió hasta el exterminio las luchas de los campesinos por la tierra. En Colombia en los años setenta se ahogaron los reclamos de los estudiantes por una educación moderna, adecuada a la realidad de su país y que dialogara orgullosamente con el mundo. Así se postergó siempre la gran revolución de la educación que permitiera a las nuevas generaciones formarse una idea más compleja del país al que pertenecían y ser el nuevo puente con la realidad planetaria. En Colombia se pasó en los años ochenta de producir café y petróleo, a producir marihuana y cocaína para esos mercados lejanos que siempre fueron prioritarios. En Colombia se desdeñó, por imposición de las metrópolis y por falta de decisión de la dirigencia, crear un mercado interno y orientar las pautas de la producción por la satisfacción de esas mayorías. En Colombia se llegó a creer que era posible importarlo todo sin producir aquí riqueza alguna, como si uno pudiera adquirir cosas sin entregar nada a cambio, se creyó que se puede tener un país de comerciantes sin tener un país de productores, pero eso sólo permitió que grandes industrias clandestinas y violentas sustituyeran todo el andamiaje de la economía tradicional. En Colombia vastas regiones no existieron nunca para el Estado, hasta que no se inventaron sus propias fuerzas paraestatales y sus propias economías anormales. En Colombia una crisis de dirigencia y un profundo colapso de convivencia nos son hoy presentados como una inexplicable interrupción del mal, que sólo puede corregirse mediante una tardía y ya imposible guerra de exterminio.
Pero lo que más me interesa señalar hoy es que este tipo de guerras no son nuevas aquí, aunque ciertamente nunca había alcanzado el grado de complejidad y la magnitud de la presente; que este tipo de dependencia no es nuevo; que este tipo de presencia de la política norteamericana entre nosotros no es menos interesado que hace cien años, cuando otra guerra intestina desbarató el país, debilitó sus instituciones y abrió las puertas a la pérdida de una parte del territorio. Que, sin embargo, la única manera eficaz de luchar contra la dependencia y de protegerse de un posible zarpazo imperialista consiste en refundar la República y en religitimar y fortalecer a un Estado que en este momento ha colapsado en todos los órdenes. Y que la única manera de fortalecer ese Estado nacional es poniendo fin a la guerra mediante una negociación patriótica en la que todos los bandos pongan la supervivencia y la transformación de la República por encima de cualquier otra consideración e interés.
Nuestras guerras son complejas y son antiguas. Hay viajeros como el filósofo mediático francés Bernard Henry-Levy, que vienen aquí, visitan el sitio de una masacre, hablan con un guerrillero y con un paramilitar, y simplifican irresponsablemente este dramático y complejo conflicto declarando que es una guerra entre un psicópata y un mafioso, porque esas teorías tienen compradores en alguna parte, pero sinceramente no nos ayudan en nada a remediar estos viejos males. Hay profesores de Oxford que vienen a sosegar la conciencia de nuestros dirigentes diciéndoles que también en Inglaterra hay pobres y hay terratenientes, como si fuera útil postergar este urgente proceso de dignificación ciudadana contra largas discriminaciones en un país que no ha conquistado todavía su autonomía mental, que no les han impuesto unos mínimos contratos sociales a sus Guillermo de Orange,, ni ha conquistado el orgullo nacional del que en cambio vive Inglaterra, ni ha podido modelar para cada hijo de su patria, a partir de una bárbara cosmogonía, una poética de la historia como tan admirablemente lo hizo Shakespeare hace cinco siglos. Aquí hay profesores que vinieron al país en una tregua de civilidad hace treinta años y han decidido negar esta larga cadena de guerras no resueltas y de conflictos que comprometen las más hondas dificultades de convivencia, pensando que nuestros problemas son los de una democracia europea.
Pero hay algunas cosas nuevas en la guerra actual. Desde la conquista no se sentía que nuestra historia, es decir, nuestra guerra, estuviera tan conectada con los grandes asuntos contemporáneos. La conquista de América fue un gran hecho histórico universal, como lo fue la época de la independencia, que puso estatuas de Bolívar en el parque Central de Maniatan, junto al puente Alejandro III de París y en las plazas de El Cairo. Pero desde entonces nuestra historia estuvo marcada por un sentimiento de marginalidad y de ausencia . Y como ni siquiera nos acordábamos de nosotros mismos, no podíamos censurar el que el mundo no se acordara de nosotros. Todas esas cosas que otros tomaban de nuestro suelo ni siquiera tenían denominación de origen, sello de procedencia. Pero Colombia ha vuelto a estar en el ojo del huracán del mundo contemporáneo.
En más de un sentido hemos dejado de ser periferia, aunque no sepamos responder con claridad qué tipo de centro somos. El de la droga es un gran problema mundial y responde a hondas inquietudes de la civilización, aunque todavía se lo esté tratando como un trivial asunto de policía. Pero muy pronto se abrirá camino en el mundo un debate serio sobre el sentido profundo de esta crisis de la cultura, y nosostros tendremos que ser protagonistas de ese debate. Otro gran tema de nuestra realidad presente es el tráfico de armas y el terrorismo. En todo el mundo el terrorismo nace de la falta de diálogos culturales, de choques entre fanatismos e intolerancias, de las centrífugas de la exclusión. No menos importante es el tema de la biodiversidad, de la conservación de los recursos naturales, de un replanteamiento del sentido de la naturaleza para la especie humana, de las demandas de agua y de oxígeno que nos plantea el futuro y no ignoramos que también en ese aspecto tendremos cosas que decir. Hoy el mundo sigue viviendo un choque entre la sociedad industrial y el universo natural y una de sus consecuencias es la amenaza de un colapso ecológico.
En el centro de nuestros conflictos está también el tema del mestizaje, el tema de la valoración de las culturas nativas, y la vigencia de sus mitologías frente a la defensa de la naturaleza. Tal vez no hay un solo tema crucial de la sociedad contemporánea que no tenga vigencia y expresión en Colombia, y podemos añadir que no los estamos viviendo sólo como temas de reflexión y de debate sino como urgentes conflictos de nuestra vida práctica, lo cual nos impone la búsqueda de soluciones y de respuestas: el tema de la diversidad étnica y geográfica, el tema del desarrollo desigual del campo y la ciudad, el tema de la urbanización acelerada con todos los conflictos sociales que genera, el tema de la pérdida de tradiciones y de su improvisada sustitución por modas, el tema del debate religioso entre formalidad y ética, el auge tardío entre nosotros de la reforma protestante, la actitud de los jóvenes sin horizonte enfrentados a encrucijadas de peligro y de violencia, el tema de la construcción de estados nacionales en sociedades de gran diversidad, en estas sociedades postcoloniales, deformadas por la exclusión y violentadas por la injusticia, el tema del choque entre el individualismo de la sociedad de consumo y la necesidad de sociedades coherentes, solidarias y con valores comunitarios: podemos decir que lo que está en juego en Colombia es ya lo mismo que está en juego en todo el mundo contemporáneo.
Colombia no es simplemente una sociedad en crisis, es un vasto laboratorio de los conflictos de la época y de sus soluciones. Y todo ello pone como una prioridad el deber de un país de asumir su modernidad, de comprender que es ya uno de los nuevos centros de la esfera, porque ahora el centro está en todas partes, como quería Giordano Bruno y Pascal. Comprender que sin un cambio radical de actitud, que le permita a cada ciudadano darse cuenta de cuántas cosas esenciales, apasionantes y nuevas se están jugando en su tierra, cuántas respuestas urgentes para el futuro se están formulando en las encrucijadas del conflicto, no será posible superar una larga historia de discordia social y de debilidad nacional resuelta siempre en guerras alrededor de cada mina de oro, de cada árbol de caucho y de cada planta de coca. Así, el país de las guerras antiguas, de las guerras coloniales, de las guerras de aldea, de los conflictos tribales y medievales, se ve de pronto asediado por la más moderna de las guerras, y está en la obligación de interrogar profundamente la realidad en que esa guerra está inscrita. Decidir si seguirá subordinando su destino a la satisfacción de las necesidades, de los deseos y de los vicios de los habitantes de las viejas metrópolis, decidir si seguirá sacrificando su orgullo y su respeto por sí mismo a la interpretación y la valoración que otros hagan de su destino, decidir si va a sacrificar su naturaleza a unas pautas desarrollo que ya han mostrado en las regiones del mundo su fracaso, decidir si va a sumir sus saberes y sus conocimientos con firmeza y son dignidad.
Hasta finales del siglo XV, los habitantes de esta tierra llevaban el oro en sus cascos de guerra y como un ornamente sagrado sobre sus cuerpos, y el oro era la condensación mágica de la luz del sol. Mascaban con cal las hojas de coca que llevaban en poporos, y gozaban de una suerte de alimento místico lleno de propiedades. Cubrían sus cuerpos de perlas y así los vió por primera vez Colón con su catalejo, hombres con sartas de perlas en los cuellos, los brazos y las piernas, que remaban en largas canoas sobre el mar espumoso. Hacían pelotas de caucho para jugar a un juego en el que no podían utilizarse los brazos. Todo lo que amaban y lo que producían era para ellos, y era para todos ellos. Y se sabían en el centro del mundo, y crearon un universo de mitos y de símbolos nacido de una relación profunda con su propia realidad. Yo diría que nuestros antepasados eran universales y que nosotros somos aldeanos, mejor aún, que nuestros antepasados eran aldeanos que asumían una responsabilidad universal y que nosotros somos universales pero ni siquiera asumimos la responsabilidad de la aldea. Los aztecas demolían sus templos sí advertían que no se ajustaban a las pautas astronómicas correctas. Estaban en el universo y nosotros escasamente estamos en el barrio. Los bárbaros de la conquista y los civilizadores de la independencia recorrían a caballo todo el continente; hoy no podemos ir de una ciudad a otra, estamos más encerrados que nunca y sólo se van los que no pueden regresar. Nuestro mundo parece más amplio, pero no somos capaces de entender nuestros vecinos. Tal vez las guerras también se deban a eso, y en la transformación de nuestro destino no toda dependa de las negociaciones políticas y de las constituciones, tal vez llegue a tener algún peso la mirada que arrojamos sobre nosotros mismos, el pequeño pero hondamente significativo giro de dejar de sentirnos en la periferia y en un tiempo rezagado, de empezar a sentirnos en el misterioso y apasionante centro del mundo, en el urgente y decisivo corazón de la historia.
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VARIOS Y BUSQUEDAS PRELIMINARES EN INTERNET
A Octubre 26, 2.005, Aproximadamente 42.600 páginas en español de Ursúa. (0,03 segundos)

PEDRO DE URSUA. ( FUNDADOR DE PAMPLONA).
Biografías de hombres ilustres o notables, Pedro de Ursúa
Autores: Soledad Acosta de Samper
http://www.lablaa.org/blaavirtual/letra-i/ilustre/ilus18.htm
Pedro de Ursúa
http://www.biografiasyvidas.com/biografia/u/ursua.htm
(El Baztán, 1526-Machifaro, junto al río Marañón, 1561) Conquistador español. Llegó a Nueva Granada en 1545, donde gobernó las tierras de Santa Fe de Bogotá y ejerció de justicia mayor en Santa Marta (1551-1553). En 1556 fue a Panamá para intentar organizar una expedición al mítico El Dorado y en 1558 a Perú, de donde partió en 1560. A los tres meses de marcha fue asesinado por sus tropas descontentas, dirigidas por Lope de Aguirre.
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http://editorialbitacora.com/armagedon/lope/lope.htm buena no se deja copiar
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El Dorado . Descripción:
http://www.leabooks.com/LEA-Multimedia-English/Videos/Alga-Editorial/Cine/Videos-Alga-Cine-El-Dorado.htm
http://www.edualter.org/material/cinemad/dorado.htm
En el siglo XVI, un grupo de hombres, movidos por la codicia, el ansia de poder y de riquezas, se lanza a la conquista del mítico país de El Dorado, donde creen que las ciudades son de oro.
En la aventura participan el Gobernador de la expedición, Pedro de Ursúa y su amante Inés de Atienza, la más hermosa mujer del Perú. Y también Lope de Aguirre, vasco, castigado por al fortuna, con sueños de gloria, al que acompaña su hija Elvira.
La expedición va recorriendo el Amazonas mientras que las propia naturaleza se convierte en una amenaza, la comida escasea y las enfermedades hacen su aparición.
Entre los expedicionarios se conspira por el poder. Zalduendo, La Bandera, Montoya y Aguirre, conjurados, traicionan y asesinan al Gobernador Pedro de Ursúa. El nuevo Gobernador es Guzmán, pero los conspiradores prosiguen hasta que Aguirre se convierte en el personaje clave de la historia. Su objetivo mas tangible: la conquista del Perú.
Convertido en un hombre fuerte, Lope de Aguirre propone su desvinculación de España y sus planes de conquista. También augura un reino sin esclavitud. Tiene ya el poder y la gloria, pero esta solo.
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2. La expedición de Pedro de Ursúa y Lope de Aguirre
http://www.agseso.com/conciencia/conciencia6/eldorado.htm
Pedro de Ursúa, quien había recibido del marqués de Cañete, virrey del Perú, el nombramiento de gobernador, nació en el valle navarro del Baztán en 1525. Llegó en 1544 a Cartagena de Indias, donde fue designado por su tío, Miguel Díaz de Armendáriz, teniente de gobernador en el Nuevo Reino de Granada. En 1549, junto con Juan Rodríguez Suárez y Ortún, fundó la ciudad de Pamplona. Obsesionado por El Dorado, pasó al Perú y aceptó la misión de explorar las riquezas de Omagua y El Dorado en 1559.
Ursúa instaló un astillero en la provincia de Motilones, reuniendo los carpinteros, aserradores, calafates, y peones para la tala de árboles, dio comienzo la fabricación de varios bergantines y de las chatas. Construyó totalmente once navíos grandes y pequeños, pero tal vez por la humedad tropical, o por la mala construcción naviera o calidad de madera, al echarlos al río se quebraron una gran parte de ellos, quedando solamente dos bergantines y tres chatas. Y éstos tan mal acondicionados, que al tiempo que los comenzaban a cargar se abrían y quebraban todos dentro del agua, de manera que no les osaron echar casi carga, se quedaron la mayoría de las provisiones en la orilla.
La expedición de Ursúa salió una vez reunidos los hombres necesarios. Eran unos trescientos, entre los que se encontraban desde capitanes hidalgos hasta delincuentes que Ursúa les había ofrecido una amnistía. A ésta se sumaron 28 negros y un gran número de indios de servicio. Cabe destacar que Ursúa, a pesar de la opinión de los amigos y en contra a la voluntad de todos, llevaba a su amante Doña Inés de Atienza, viuda de gran belleza mestiza, a la jornada. Según algunos historiadores, por cierto, éste fue causa principal de la muerte de Ursúa y la destrucción total de la expedición7 .
Navegaba siguiendo la corriente del Río de los Motilones, hasta la confluencia del mismo con el Bracamoros. Debido a la cantidad reducida de carga que se llevó a bordo, pronto empezó a escasear la comida y los expedicionarios se vieron obligados a abastecerse con los escasos alimentos que la naturaleza ponía a su disposición: huevos de tortuga, algunas aves y lagartos de agua. El sofocado calor y la humedad creaban una pesadilla atmosférica, a veces irresistible. Los peligros de la selva comenzaban a amenazar a los expedicionarios, tales como mosquitos, zancudos, zarzales tóxicos, serpientes venenosas, yacarés, etc. La expedición no se detenía más de lo indispensable para el descanso o la búsqueda de alimentos, puesto que Ursúa no tenía intención de descubrir ni poblar, sino de llegar lo antes posible al país de los omaguas, donde, según las informaciones de los indios, se hallaba el mítico El Dorado.
Tras recorrer tantas leguas de río sin encontrar ninguna evidencia de hallarse próximos al territorio omagua, algunos hombres comenzaron a desconfiar de las informaciones de los guías indios, y manifestaron su deseo de regresar a Perú. Ursúa se negó a permitir la vuelta de los descontentos. Las murmuraciones seguían acumulando; criticaban a Ursúa mismo que pasaba largas horas en compañía de Inés de Atienza, quien, en opinión de la tropa, lo había embrujado con sus amores hasta el punto de hacerle olvidar las cosas de guerra y descubrimiento. Con esta condición, comenzaron entonces los primeros intentos de amotinamiento, a los que Ursúa respondió inadecuadamente poniendo grilletes a los implicados y castigándolos a remar. Con esta actitud, crecían los rumores y el descontento de muchos expedicionarios, quienes planearon un nuevo motín y eligieron como jefe al alférez Hernando de Guzmán. Estuvieron de acuerdo con él: alzarse con las embarcaciones para salir hasta el mar y desde allí regresar a Perú.
En estos momentos entra en escena un personaje que había sido el principal instigador de las murmuraciones contra Ursúa y había alentado el descontento de la gente, se trata de Lope de Aguirre. Con la fuerte sugerencia de Lope de Aguirre, al aceptar Hernando de Guzmán asumir el mando de la rebelión, quedó decidido, a la espera del momento oportuno, matar a Ursúa. Y así fue en la madrugada del día del Año Nuevo de 1561 en Machifaro. Los doce de los conjurados se dirigieron al bohío donde dormía Ursúa y lo atravesaron con sus espadas.
Este asesinato no hizo calmar las divergencias de opiniones entre los partidarios de regresar a Perú y los de seguir la expedición. Ante la sorpresa de los congregados, Aguirre expuso por primera vez sus verdaderos planes, que no eran otros sino los de regresar a Perú para alzarse por la fuerza de las armas contra las autoridades y apoderarse del virreinato para independizarlo. Ésta fue posiblemente la primera idea de independencia en el Nuevo Mundo. Al principio, Hernando de Guzmán y el resto de los capitanes apoyaron la intención de Aguirre. Pero al recibir embajadores de buena voluntad de algunas tribus indias, el asunto se quedó indeciso. Estos indios afirmaban conocer con exactitud el camino que conducía a El Dorado. Hernando de Guzmán comenzó a cambiar ideas, queriendo seguir con la búsqueda mítica. A fin de cumplir con su proyecto, Aguirre apelaban a la violencia y crueldad, matando todos los que estaban en contra de él, incluso asesinó a Hernando de Guzmán. Se autonombró general, continuó la expedición su marcha por el Amazonas. Un día decían los guías que se encontraba Omagua y el famoso Dorado, pero Aguirre prohibió a la gente hablar con los guías y ordenó que los barcos se desviasen hacia el otro brazo del río, todos para cumplir con su plan de independencia. Transcurridos casi diez meses desde su partida, la expedición salía al océano Atlántico por la desembocadura del Amazonas, costeando hacia el norte, hacia Venezuela, en cuya costa se encontraba la isla Margarita. Tras un pequeño enfrentamiento, Aguirre se había hecho dueño de la isla. Y luego, fue apresado en la batalla de Barquisimeto y matado por sus mismos soldados. Así termina absolutamente la Jornada de Omagua y Dorado.
Con la trágica expedición de Ursúa no terminaron la búsqueda de El Dorado. Las exploraciones siguieron por los territorios montañosos y selváticos de la Guayana y el mito sufrió unas remodificaciones, ahora se trataba de una ciudad de oro, llamada Manoa, situada sobre un cerro a orillas de la laguna Parime. En este lugar se habían refugiado los últimos incas huyendo de los españoles cuando éstos conquistaron su imperio.
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Lector Ileso
Diario de entusiasmos literarios subjetivos sin rigor: críticas sin criterio de novelas, poemas, artículos, eventos,... Parole, parole, parole. http://www.lacoctelera.com/lectorileso/post/2005/09/27/-ursua-william-ospina . Buen blog
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LA MUERTE DE PEDRO DE URSÚA
http://www.editorialbitacora.com/bitacora/mas_alla/aguirre/aguirre.htm
Esta web no permite copiar el texto. Se documenta allí la posibilidad de que Aguirre no fuera el asesino de Ursúa. Francisco Vasquez cronista real de la expedición de Ursúa y Aguirre.
La muerte de Pedro de Ursua
Expedición de Pedro de Ursua en busca de Amagua y El Dorado. ... Francisco Vázquez,
fue el cronista real de la Expedición de Ursua y Aguirre. ...
www.editorialbitacora.com/bitacora/mas_alla/aguirre/aguirre.htm -
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PALACIO "URSUA" DE ARIZKUN
El escudo de armas del palacio de "Ursúa" trae, de acuerdo a ciertos autores ... Este escudo se puede ver en una de las dos sepulturas que tiene Ursúa en la ... www.geocities.com/Heartland/Plains/1531/ursua.htm +++
Ursúa y Aguirre en busca de El Dorado
Formando una expedición de criminales y asesinos, se embarcaron en busca de un
paraíso legendario cubierto de oro. Una hermosa mestiza y un jefe melancólico ...
www.lector.net/phydic98/eldorado.htm - 14k - 23 Oct 2005 -
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Navarra: Pirineos Atlanticos: Hotel Senorio de Ursua
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www.turismo.navarra.com/patlantico/info/ursua.html - 9k
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AGUIRRE, LA CÓLERA DE DIOS (AGUIRRE, DES ZORN GOTTES)
Formato: DVD
http://www.pasadizo.com/peliculas2.jhtml?cod=429&sec=6
http://www.monteuve.com/archivo/fa33.html
Gonzalo de Pizarro lidera un grupo de conquistadores españoles que cruza las intransitables selvas peruanas. Debido a la imposibilidad de continuar adelante en función de la escasez de provisiones y fuerzas, decide enviar una reducida expedición comandada por el incompetente Pedro de Urzúa y secundada por el lunático Lope de Aguirre, obsesionado con el poder, con el objetivo de conquistar El Dorado, la tierra prometida del oro según las creencias indias. A lo largo del camino, la expedición se adentrará lentamente en una pesadilla infernal como consecuencia de la demencia de Lope de Aguirre, los ataques indios y las brutales condiciones del hábitat.
Ficha Técnica
Director/guión/producción: Werner Herzog / Fotografía: Thomas Mauch / Música: Popol Vuh / Montaje: Beate Mainka-Jellinghaus / Intérpretes: Klaus Kinski (Lope de Aguirre), Alejandro Repullés (Gonzalo de Pizarro), Daniel Ades (Perucho), Peter Berling (Don Fernando de Guzmán), Justo González (González), Ruy Guerra (Don Pedro de Ursúa), Del Negro (hermano Gaspar de Carvajal), Armando Polanah (Armando), Cecilia Rivera (Flores), Helena Rojo (Inés)… / Nacionalidad y año: Alemania / Perú / México 1972 / Duración y datos técnicos: 100 min. color 1.37:1.
Comentario
La unión entre el megalómano director de cine Werner Herzog y el inimitable actor de carácter Klaus Kinski dio como resultado un destacado lote de películas entre las que destaca la que nos ocupa en esta ocasión, Aguirre, la cólera de Dios (Aguirre, der zorn Gottes, 1972), probablemente la mejor obra fruto de su conflictiva colaboración basada en una relación amor-odio realmente productiva (al efecto, ver el ilustrativo documental Mi enemigo íntimo, que refleja la peculiar relación entre los excéntricos Herzog y Kinski).
Fundamentalmente, se trata de una obra de contrastes desmesurada y fascinante. Haciendo uso de un estilo casi de documental, con cámara inquieta y dinámica, ofrece unas impactantes imágenes que consiguen transmitir credibilidad, realismo, como si el espectador estuviera muy próximo a lo que ocurre hasta llegar a verse involucrado en una historia dramática y épica de tintes dementes. Conjuntamente, la música que acompaña puntualmente a las imágenes causa un efecto extraño, convirtiendo lo visto en algo casi onírico, surreal. En este sentido, es curioso, atractivo y sensacional el hecho de intercalar tales imágenes cruentas, realistas y cercanas con una música altamente sugestiva e hipnótica.
El ambicioso Herzog cuenta la búsqueda de El Dorado por parte de una expedición de conquistadores españoles a lo largo de las salvajes junglas del Perú de 1560. Las duras condiciones de la hostil e inhabitable jungla, los fantasmagóricos indios enemigos y los propios conflictos por alcanzar el poder en la expedición son los grandes impedimentos que tendrán que soportar. Ya desde el inicio observamos a los personajes descendiendo Los Andes con caballos, carros, cañones, armas y demás parafernalia, a los esclavos cargando con las damas, e inmediatamente comprendemos que se trata de una empresa imposible, inhumana, derrotada de antemano en su enfrentamiento ante la impenetrable e indómita Naturaleza. La infernal odisea se convertirá en un camino lleno de tormento y calvario, prácticamente de pesadilla. Ese tono desasosegante y desgarrador es consecuencia de un estilo visual sobrecogedor repleto de imágenes de gran poder, de gran belleza e, incluso, de un toque considerablemente bizarro.
Kinski realiza una enérgica e histriónica interpretación de Lope de Aguirre, un hombre completamente desequilibrado, loco, ciego por la avaricia, por el mando y por alcanzar un objetivo imposible e inexistente ubicado en la imaginación colectiva, en el puro mito. Para ello, sacrificará lo que sea necesario, incluyendo a su inocente hija (Nastassja Kinski) con la que incluso planea casarse para asegurar la pureza de su raza. Caracterizado por presentar un rostro completamente ido e imprevisible, manteniendo una postura extrañamente inclinada y repitiendo gestos retorcidos, compone un personaje estremecedor, excesivo y obseso hasta el límite en la enfermiza búsqueda de su objetivo. Sus últimas imágenes a bordo de la balsa solo, desesperado, perdido e inmerso en una absoluta locura tras conducir a sus compañeros a la muerte trágica constituyen uno de los pasajes más antológicos que sea posible recordar. Se trata de un final acorde con el aliento fatalista de una historia destinada a la catástrofe.
El hecho de que la amenaza india sea casi invisible refuerza sobremanera la sensación de inquietud, dotándoles de un misterio temible al no identificar al enemigo, al no saber exactamente a qué se enfrentan. Sin embargo, el mayor enemigo de la expedición hispana es más bien su propia condición de hombres movidos por una riqueza imposible de alcanzar que les empujará a adentrarse en inhóspitos territorios de los que nunca saldrán.
La Iglesia y su hipócrita labor evangelizadora se encuentra presente en el personaje del clérigo, cuyo fin es comunicar la Palabra de Dios como vehículo o excusa para obtener el ansiado El Dorado, la tierra prometida, el Cielo en la Tierra. Así mismo, no se escatima un ápice el mostrar con estremecedora crueldad la esclavización del pueblo peruano, totalmente a merced de unos inmisericordes invasores, tan despiadados como parapetados tras su infinito abuso de poder en pro de la colonización a cualquier precio.
Filmada en el lugar natural donde se desarrolla la propia historia, la selva amazónica, el rodaje se vio sacudido por las dificultades climáticas y geográficas que castigaban diariamente al equipo de rodaje, así como por el inaguantable carácter de Kinski, auténtico azote de los participantes en esta monumental obra de arte.
Ver Aguirre, la cólera de Dios es una de esas experiencias cinematográficas que no se olvidan con facilidad. Imprescindible a todas luces.
Manel Lledó Bertomeu (Alicante. España).
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BUEN PROVECHO …
CONTINUARÁ …
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9 comentarios:

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