jueves, 26 de abril de 2007

LUNA NUEVA, 20 AÑOS. Once miradas a la poesía colombiana.

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Portal-blog complementario a NTC ... Nos Topamos Con ...
http://ntcblog.blogspot.com/ , ntcgra@gmail.com Cali, Colombia.
Y a los relacionados en:
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ACTUALIZACIÓN AL 28 de Enero 2010
EDICIÓN VIRTUAL NTC ... DEL LIBRO COMPLETO:
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LUNA NUEVA
once miradas a la poesía colombiana
ANTOLOGIA MULTIPLE
Compilador
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"Se les ofrece entonces a los amantes y estudiosos de la poesía un invaluable texto, múltiple y cambiante, como una especie de calidoscopio poético que dialoga entre sí en una maravillosa galería de espejos que nos atrapa y sorprende." Omar Ortiz Forero.

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Presentación en Tuluá, Junio 28, 2007, Fotografías
http://picasaweb.google.com/ntcgra/LUNANUEVAOnceMiradasALaPoesiaColombianaTuluaJunio282007Presentacion#

Presentación en Cali (Ago. 2007): http://www.slideshare.net/NTC/luna-nueva-presentacin-gra-gral-def-ag-14-07-6-am-presentation

Presentación en Bogotá (Ago. 2007) : http://ntc-documentos.blogspot.com/2007/08/blog-post.html

Carátula
con obra de Antonio Samudio *
(Clic sobre las imágenes para ampliarlas. Clic en "atras" en la barra para volver aquí)
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Contra-carátula
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Solapas
(Clic sobre la imagen para ampliarla y leer el texto)
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Separador
con obra de Antonio Samudio .
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Detalles editoriales:
Luna nueva: once miradas a la poesía colombiana / Compilador: Omar Ortiz Forero; ilustrador: Antonio Zamudio. -- Cali: Omar Francisco Ortiz Forero. / Impresora Feriva, 2007. 190 páginas ; 16.8 x 23.6 cms. ISBN 978-958-44-0884-6 /// l. Poesía colombiana - Colecciones. I. Ortiz Forero, Omar Francisco, comp. II. Antonio Samudio, il. Co86l.08 cd 21 ed. A1118507 CEP-Banco de la República-Biblioteca Luis Ángel Arango.
@ Omar Ortiz Forero 2007 . Luna Nueva .Cra. 26 No. 27-60 .Teléfono: (2) 224 4876 Tuluá (Valle) . ISBN: 978-958-44-0884-6 Obras de carátula y separador: Antonio Samudio . Diagramación: Departamento Arte y Diseño de Feriva S.A. Impreso en los talleres gráficos de Impresora Feriva S.A. Calle 18 No. 3.33 PBX: 524 9009 www.feriva.com Cali, Colombia
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Luna Nueva, veinte años de complicidades
Por Omar Ortiz Forero ( ortizforero@hotmail.com )
Hace veinte años Ángela Lucía Chaguala, una muchacha de Tuluá, me hizo una propuesta insólita: "Hagamos una revista de poesía", dijo. Creo que la miré como si estuviera loca, porque inmediatamente agregó: "Yo me encargo de conseguir la publicidad y tú te responsabilizas del contenido". Y así, en un arrebato femenino, que ya se sabe son los que mueven el mundo, se gestó esta quijotesca tarea que parecía a todas luces imposible.
Porque aun hoy, algunos incrédulos de oficio todavía fruncen el ceño al enterarse de que la revista tulueña ha resistido cuatro presidentes de la República y uno que repite, como afirma el poeta Juan Manuel Roca exaltando la heroica periodicidad' de la publicación en una geografía tan cercana a la violencia, a la sangre, y tan arisca a los asuntos del espíritu y la belleza.
Pero es que los escépticos nunca cuentan con el valor de la amistad, ya que son precisamente los amigos y las amigas quienes hacen posibles los sueños, las fecundas labores de la imaginación. Sin ellos, sin los que desde un comienzo se solidarizaron con este empeño y sin los que se han ido sumando en la travesía, seguramente no hubiéramos podido avanzar más allá de los primeros balbuceos.
Cómo no recordar la dedicación que María Isabel Barrero le entregó a la revista (luego de que Ángela Lucía abandonó la faena para dedicarse a tener hijas), cuando se le ocurrió pedirles a conocidos artistas que facilitaran sus trabajos para ilustrar las páginas de Luna Nueva
y ella diagramó con paciencia de relojero los primeros veinte números, cuando ese trabajo era cuestión de bisturí y pegante, elementos con los que se iba armando lo que se llamaba el arte final.
Cómo no mencionar la complicidad de Grace Price, quien se desempeñaba como funcionaria de la Imprenta Departamental del Valle y donde levantábamos gratuitamente los textos que María Isabel convertía en páginas de poesía.
Fue además fundamental para que llegáramos a esta celebración el acompañamiento de poetas como Antonio Correa, Juan Manuel Ponce, Juan Manuel Roca, María Mercedes Carranza (q.e.p.d.), Guillermo Bernal, Gabriel Arturo Castro, Celedonio Orjuela Duarte, Víctor López Rache, Samuel Vásquez, Fernando Rendón, Ángela García, Gabriel Jaime Franco, Norman Mulioz, Edgar Hernán Ramírez, Paulina Vinderman, Jaime Quezada, Luis la Hoz, Alberto Rodríguez Tosca, Rómulo Bustos, Felipe García Quintero, Horacio Benavides, Julián Malatesta, Eva Durán, Hernán Vargascarreño, Andrea Cote, Horacio Salas, José Ángel Leyva, Leticia Luna, Orlando López Valencia, Rafael del Castillo, Guillermo Linero, Ana Milena Puerta, Rodolfo Alonso, entre otros. De artistas plásticos que ilustraron algunos de nuestros números, entre ellos Fabián Rendón (q.e.p.d.), Omar Rayo, Antonio Samudio, Leonel Góngora (q.e.p.d.), Kike Lalinde, Darío Villegas.
Quiero aprovechar la efemérides para resaltar la generosa persistencia de J.J. Guzmán en estas ocupaciones, el arribo de Pionono González a esta comunidad de fantasiosos, y, cómo no, la siempre jodona fraternidad de Gustavo Álvarez Gardeazábal; y agradecer a los lectores de poesía y a los que apoyan económicamente con sus pautas este deber con la palabra, el que nos permitan tener tan queridos amigos, tan hermosas amigas y la alegría de constatar que a pesar de tanta barbarie, este mundo y este país valen la pena.
Finalmente, debo referirme a esta particular antología que me sugirió el poeta Víctor López Rache, cuando en el lobby de un hptel bogotano apurábamos uno que otro whisky en el marco del encuentro "Alzados en Almas", hace más o menos tres años y que acogí con entusiasmo.
Ya que no se había hecho en Colombia una selección antológica de poemas, se les solicitó a doce poetas y narradores colombianos los diez poemas que en su personal gusto consideraran los mejores de la poética nacional a partir del siglo xx. Fruto de tal pedimento es el presente trabajo, donde los poetas y narradores convocados cumplieron a cabalidad con el encargo, salvo Meira del Mar, aquejada por inconvenientes maluquerías. A ella, nuestro cariño y respeto.
En el material allegado se encuentran inevitables coincidencias que anotamos así:
La estación perenne, de Eduardo Cote Lamus, enviado conjuntamente por Víctor López Rache y Gustavo Álvarez Gardeazábal; Canción de la vida profunda, de Porfirio Barba Jacob, seleccionado en común por Víctor López Rache y Orietta Lozano; Amantes, de Jorge Gaitán Durán, coincidió en los envíos de Juan Manuel Roca, Jaime Echeverri y Álvaro Marín; Responso por la muerte de un burócrata, de Héctor Rojas Herazo, escogido a la vez por Juan Manuel Roca y Samuel Vásquez; Llanura de Tuluá, de Fernando Charry Lara, coincide en los poetas Juan Manuel Roca, Lucía Estrada y Samuel Vásquez; El deseo, del mismo Rojas Herazo, también fue coincidente en las poetas Orietta Lozano y Lucía Estrada; Si mañana despierto, de Jorge Gaitán Durán, fue del gusto común de Santiago Mutis, Lucía Estrada y Samuel Vásquez; Cinematografía nacional, de Luis Vidales, fue señalado por Rómulo Bustos y Álvaro Marín, que coinciden también con Morada al Sur, de Aurelio Arturo, junto a Lucía Estrada; Mester de ceguería, de Juan Manuel Roca, fue concurrente en Rómulo Bustos y Samuel Vásquez.
Es necesario precisar que en las coincidencias registradas se publica el primer poema recibido y que el orden de aparición de los convocados en el libro tiene que ver con el orden de llegada de los textos solicitados.
Se les ofrece entonces a los amantes y estudiosos de la poesía un invaluable texto, múltiple y cambiante, como una especie de calidoscopio poético que dialoga entre sí en una maravillosa galería de espejos que nos atrapa y sorprende.
Omar Ortiz Forero ( ortizforero@hotmail.com )
Tuluá, Marzo 6 de 2.007
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TEXTOS DE DOS DE LOS SELECCIONADORES
TRAS UNA NUEVA LECTURA DE LA POESÍA COLOMBIANA
Julián Malatesta

La poesía colombiana en el siglo XX, para nuestro más íntimo regocijo, tuvo una expresión luminosa y dio lugar a acontecimientos que trasformaron de un modo radical el devenir de nuestras letras. Este ejercicio, guiado quizá por la arbitrariedad del gusto, me ha permitido tener un acercamiento a la poesía más allá de la obstinada mirada académica, en pos de aquellos poemas que en su apreciación más inmediata pudieran conmover, asombrar y tal vez activar el recuerdo de mis lecturas iniciales. Por esa razón, esta extraordinaria idea de hacer un libro con lo que algunos poetas consideramos lo mejor de nuestra poesía contemporánea, no es un ejercicio de exclusión, sino que se constituye en el duro y generoso oficio de incluir, quizá con desaciertos, pero en todo caso, con la honestidad de nuestro entusiasmo.
Todos los que participamos de este oficio de leer escribiendo nos vamos llenando de supersticiones y prejuicios que determinan en gran parte nuestro gusto. De esa manera los poemas que propongo a los lectores de autores como Guillermo Valencia, Porfirio Barba Jacob, León de Greiff, Meira del Mar, Aurelio Arturo, Helcías Martán Góngora, Juan Manuel Roca, William Ospina Buitrago, Jota Mario Arbeláez y Omar Ortiz, tienen desde mi punto de vista algo en común: el privilegio de la imagen como elemento constitutivo del poema, que conduce a que los excesos retóricos se restrinjan -aun en la consideración de los movimientos literarios en que algunos poetas militan o en los diálogos que establecen con la tradición- y eso da lugar a una poesía precisa, sin
afeites de seducción y ajena al artificio de los efectos, con un lenguaje que no teme a la rudeza y al encuentro con esa palabra singular y única que el poema reclama. Se halla también la presencia de una poesía donde la ironía es el dispositivo para interrogar las oscuridades de: nuestro tiempo y cuyos alcances políticos no envilecen su condición estética. Incluyo del mismo modo una poesía amorosa desalojada de los habituales escarceos de la pasión, es decir, sutilmente evasiva de los lugares comunes que la bisutería de la tradición ofrece.

Anhelo que estos poemas instalen un nuevo diálogo con la obra de sus autores en la perspectiva de promover una renovada recepción de sus trabajos poéticos. Sería de esperarse que poetas que han caído en la deshonra de los inanes análisis académicos o en el adocenamiento de las cómodas lecturas oficiales puedan ser rescatados de esa ignominia. Un ejemplo típico es Aurelio Arturo, al que se le endilga un azucaramiento desmedido y una fragilidad de amanerado, cuando su obra expresa con mucho vigor el coraje y la faena del hombre poblando su tierra. Tengo la impresión de que hay poetas que están anhelando una lectura hecha con sangre tal como lo pensó Nietzsche: escribe con sangre que la sangre es espíritu. Las lecturas que campean en los cenáculos oficiales y que desconocen u ocultan el ímpetu de ruptura que activa a toda obra de arte, han producido un daño en las letras colombianas del cual no es posible reponerse si no emprendemos la recuperación de nuestros poetas desde un campo intelectual autónomo. Los herederos de ese modo de entender nuestra propia literatura invaden la industria editorial de versos cuya fragilidad y desaliento apenas perciben la sociedad y la época en que habitan.
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SELECCIÓN de Julian Malatesta
Las dos cabezas
Guillermo Valencia 111 La hora cobarde Porfirio Barba Jacob 114 Sonetín León de Greiff 117 Elegía a Leyla Kháled Meira del Mar 118 Cantos de hombres (final) Aurelio Arturo 120 Declaración de amor Helcías Martán Góngora 122 Estancias del tiempo Juan Manuel Roca 123 En el cañón del Patía William Ospina Buitrago 124 La lectura en tinieblas Jotamario Arbeláez 126 Una muchacha de San Petersburgo Omar Ortiz Forero 127
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POESÍA Y ALQUIMIA
Orietta Lozano
"Toma mi corazón, que sea lavado". Estas palabras las enuncia el poeta para ofrecerse; los poetas escriben deviniendo ciclones, ballenas, agua, niebla, infierno, cielo. Hay que olvidar el rostro, inventar el rostro de todo un pueblo: "Yo soy otro". El poeta se abre a una suerte de transmutación, su propio ser es habitado por todas las cosas, por todos los misterios del universo.
No siempre la palabra justa es verdad en la poesía; es necesario un ritornello, una vibración extraña, misteriosa, la alquimia de todas las voces que rondan otros territorios, otras sombras. Decir, por ejemplo, la brisa con olor a azufre del sendero infernal asciende hacia la luz del bosque prohibido; crear un mundo subterráneo, silencioso, como el tiempo en que la piedra meteórica anunció la telúrica noticia del porvenir.
Como no hay explicación para satisfacer un deseo de selección, he elegido no desde el ángulo del que escribe, sino desde la perspectiva de quien lee; a esta selección solitaria en su tiempo, extranjera en su lengua, a ese don de voces; balbuceo que devela la zona subterránea, el territorio recóndito, las regiones próximas al centro del alma manchadas por la maldición de la poesía: "Soy de raza inferior por toda la eternidad". Esta es la sensación que quiero generar al lector, con estos amigos iluminados, perdidos, solitarios, los que dejan el aullido en el bosque intemporal, que acuden al llamado del corazón de las tinieblas; a la alquimia y a la gracia de la hermandad, a esa suerte de cofradía que persiste imperturbable, ensimismada en su propia contemplación.
(Página 43)
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SELECCIÓN de Orietta Lozano
¡Oh piedra! Luis Vidales 44 Regreso Laura Victoria 45 Qué noche de hojas suaves Aurelio Arturo 46 El deseo Héctor Rojas Herazo 47 Me pierde la canción que me desvela Giovanni Quessep 48 Desnudo Luis Aguilera 49 Li-Po Raúl Gómez Jattín 50 La línea Luz Helena Cordero 51 Lamento* Antonio Zibara 52
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*Lamento

Si se tratara de una simple música
para adormecer a la serpiente;
pero el flautista llora
la desdicha de un mundo
desnudo, fatal,
una vez perdida la inocencia.

ANTONIO ZIBARA
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CONTENIDO (Cada antología personal trae un texto del seleccionador. Los números corresponden a la página del libro . Al final de cada antologista se agrega (+) los poemas en los cuales coincidió con sus pares. Registros, complementaciones y notas de GRA / NTC . Junio-Julio 2.007)
PROLOGO . Luna Nueva, veinte años de complicidades. Por Omar Ortiz 9

EL PARAÍSO EN BLANCO, Víctor López Rache
XII Carlos Obregón 14
(En la cárcel) C. Obregón 15
Canción del que fabrica los espejos Juan Manuel Roca 16
Carta en el buzón del viento J.M. Roca 17
Cercanía de la muerte Giovanni Quessep 18
La estación perenne Eduardo Cate Lamus 19
Viajero Fernando Charry Lara 20
Sequía Aurelio Arturo 21
Canción de la vida profunda Porfirio Barba Jacob 22

MIS DIEZ POEMAS, Juan Manuel Roca
Epístola mortal Eduardo Carranza 25
Los desposados de 1a muerte Porfirio Barba Jacob 29
Canción del ayer Aurelio Arturo 31
Presencia del ritmo Luis Vidales 32
Picardía angelical Ciro Mendía 34
Amantes Jorge Gaitán Durán 35
Nocturno Álvaro Mutis 36
Responso por la muerte de un burócrata Héctor Rojas Herazo 37
Llanura de Tuluá Fernando Charry Lara 40
Conversación con W W Jaime Jaramillo Escobar 41

POESÍA y ALQUIMIA, Orietta Lozano
¡Oh piedra! Luis Vidales 44
Regreso Laura Victoria 45
Qué noche de hojas suaves Aurelio Arturo 46
El deseo Héctor Rojas Herazo 47
Me pierde la canción que me desvela Giovanni Quessep 48
Desnudo Luis Aguilera 49
Li-Po Raúl Gómez Jattín 50
La línea Luz Helena Cordero 51
Lamento Antonio Zibara 52 .
+ Canción de la vida profunda Porfirio Barba Jacob

POEMAS QUE SE HAN QUEDADO GRABADOS EN LA MENTE , Jaime Echeverry
Balada del mar no visto, ritmada en versos diversos León de Greiff 55
Tarde de verano Luis Carlos López 57
Canto del extranjero Giovanni Quessep 58
Una carta rumbo a Gales Juan Manuel Roca 61
El hueco Luis Vidales 62
Apólogo del Paraíso Jaime Jaramillo Escobar 63
A Cali ha llegado la muerte Emilia Ayarza 64
Lluvias Aurelio Arturo 67
Si los muertos entierran a los muertos (fragmento) Fernando Mejía Mejía .
+ Amantes Jorge Gaitán Durán

ANTOLOGÍA PERSONAL, Santiago Mutis
El recluta José Asunción Silva 73
El cantor (fragmento) Aurelio Arturo 75
Imprecación del hombre de Kenya Jorge Zalamea 77
La casa entre los robles Héctor Rojas Herazo 79
Testimonio Fernando Charry Lara 81
Caravansary - Invocación Álvaro Mutis 82
Si mañana despierto Jorge Gaitán Durán 87
Silva Eduardo Cote Lamus 88
Salón Colonia Juan Manuel Roca 91
Tierra dura Luis Aguilera 93

DISCULPAS PARA ESCOGER UNOS POEMAS, Gustavo Álvarez Gardeazábal
La espera Antonio Llanos 96
Nodriza Aurelio Arturo 97
Mujeres de otro día Arturo Camacho Ramírez 98
Soneto a Teresa Eduardo Carranza 100
Aviso a los moribundos Jaime Jaramillo Escobar 101
Los inadaptados no te olvidamos, Marilyn Jotamario Arbeláez 104
Te hubiera amado Fernando Charry Lara 106
Verde mar Meira del Mar - 107
Albatros Omar Ortiz Forero 108.
+ La estación perenne Eduardo Cote Lamus

TRAS UNA NUEVA LECTURA DE LA POESÍA COLOMBIANA, Julián Malatesta
Las dos cabezas Guillermo Valencia 111
La hora cobarde Porfirio Barba Jacob 114
Sonetín León de Greiff 117
Elegía a Leyla Kháled Meira del Mar 118
Cantos de hombres (final) Aurelio Arturo 120
Declaración de amor Helcías Martán Góngora 122
Estancias del tiempo Juan Manuel Roca 123
En el cañón del Patía William Ospina Buitrago 124
La lectura en tinieblas Jotamario Arbeláez 126
Una muchacha de San Petersburgo Omar Ortiz Forero 127

LISTADO PLURAL, Rómulo Bustos Aguirre
En tono menor Luis Carlos López 131
Cinematografía nacional: Luis Vidales 132
Morada al Sur Aurelio Arturo 133
La noche de Jacob Héctor Rojas Herazo 137
Mohirología Álvaro Mutis 143
En la Luna que he contado. Giovanni Quessep 146
Momentos José Manuel Arango 147
Mester de ceguería Juan Manuel Roca 148
Problemas de la estética contemporánea Jaime Jaramillo Escobar 149
El disparo final en la Vía Láctea Raúl Gómez Jattín 151

POESÍA DEL SIGLO XX EN COLOMBIA, UN SIGLO SEPULTADOS, Álvaro Marín
Nocturno III José Asunción Silva 156
(Formentera) Carlos Obregón 158
Alguien habla en el silencio Eduardo Cote Lamus 159
El suburbio del ídolo Héctor Rojas Herazo 161
Poema sin rima pero con metro Juan Manuel Roca 167
Pájaro Giovanni Quessep 168
Nocturno de los marineros Emilia Ayarza 170 .
+ Amantes Jorge Gaitán Durán.
+ Cinematografía nacional: Luis Vidales
+ Morada al Sur Aurelio Arturo. +

LECTURA PERSONAL, Lucía Estrada
Amén Álvaro Mutis 174
XXXVI José Manuel Arango 175
Biblioteca de ciegos Juan Manuel Roca 176
Jacob y el ángel Giovanni Quessep 177
Mi casa Felipe García Quintero 178
Casa de piedra Andrea Cate 179.
+ Llanura de Tuluá Fernando Charry Lara .
+ El deseo Héctor Rojas Herazo.
+ Si mañana despierto Jorge Gaitán Durán.
+ Morada al Sur Aurelio Arturo

CONSIDERACIONES SUPLEMENTARIAS, Samuel Vásquez
Una palabra Álvaro Mutis 182
Hombres se echan a las calles José Manuel Arango183
Parábola Giovanni Quessep 164
Razones del ausente Darío Jaramillo Agudelo 186.
+ Responso por la muerte de un burócrata Héctor Rojas Herazo .
+ Llanura de Tuluá Fernando Charry Lara .
+ Si mañana despierto Jorge Gaitán Durán.
+ Mester de ceguería Juan Manuel Roca
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Nuestros seleccionadores (págs 189 y 190 del libro)

VíCTOR LÓPEZ RACHE
Nació en 1959. Abandonó la carrera de Economía para dedicarse al estudio y la creación literaria. Obras: Sin espejos, Premio Nacional de Poesía Imaginación para un nuevo milenio, 2000. La casa, Premio Nacional de Poesía Ciudad de Bogotá, 1992. Otra orilla de luz, 1985. Obtuvo en 1990 el Premio de Poesía Universidad Externado de Colombia. Poemas suyos han sido incluidos en distintas antologías. Ha sido comentarista de libros, escribe ensayo y su trabajo habitual es en prosa.

JUAN MANUEL ROCA
Nació en Medellín, en 1946. Entre sus libros destacamos Luna de Ciegos, Ciudadano de la noche, La farmacia del ángel, Las hipótesis de Nadie, en poesía; en novela Esa maldita costumbre de morir y el libro de cuentos Las plagas secretas.
Libros de ensayos, Museo de encuentros y Cartógrafa memoria; Entre otros premios ha obtenido el Premio Nacional de Poesía Ministerio de Cultura, en 2004 y el Premio José Lezama Lima, Cuba, 2007. Es doctor Honoris Causa en Literatura por la Universidad del Valle.

ORIETTA LOZANO (Cali-Colombia)
Ha publicado los siguientes libros de poesía: Fuego secreto, Memoria de los espejos, El vampiro esperado, El solar de la esfera, Antología amorosa, La máscara del agua, Luz circular de la palabra y la novela: Iluminar.
Ha sido galardonada con los Premios Nacionales de Poesía Eduardo Cote Lamus y Aurelio Arturo.

JAIME ECHEVERRI (Manizales, 1943)
Escritor y psicoanalista. Es autor de los libros de cuentos Historias reales de la vida falsa, Las vueltas del baile y Versiones y perversiones, re editado por esta misma editorial en 2007; y de las novelas Reina de picas y Corte final.

SANTIAGO MUTIS (Bogotá, 1951)
Libros publicados, en poesía: Afuera pasa el siglo y Dicen de ti, entre otros. Director de la revista Conversaciones desde la soledad. Libro de cuentos, Relámpagos de la ciudad, catorce conjuros. Libros sobre pintura: El visitante, Eduardo Ramírez Villamizar, Saturnino Ramírez y Guillermo Wiedemann.

GUSTAVO ÁLVAREZ GARDEAZÁBAL (Tuluá, 1945)
Autor de novelas como Cóndores no entierran todos los días, El bazar de los idiotas, El divino, llevadas al cine y la televisión. Fue el primer alcalde por elección popular de su pueblo natal, diputado y gobernador del departamento del Valle. Comentarista diario de la opinión nacional.

JULIÁN MALATESTA (Miranda, Cauca, 1955)
Ha publicado los libros de poemas Hojas de trébol (Hai Kues), Alguien habita la memoria, La cárcel de Babel, Cenizas en el cielo. Obtuvo el premio de ensayo Jorge Isaacs en 1996, con Presencia de la poesía china y japonesa en algunos poetas latinoamericanos. También es suyo el libro Poéticas del desastre: aproximación crítica a la poesía del Valle del Cauca ftn el siglo xx. Profesor Titular de la Escuela de Estudios Literarios de la Universidad del Valle.

RÓMULO BUSTOS AGUIRRE
Si alguna fantasía me resulta especialmente sugestiva es la de poseer una catedral gótica para uso personal (la de Colonia, si fuera posible). De niño tuve algo parecido: la alta bóveda del ramaje del árbol camajorú. En realidad solo vi su fantasma. las ramas ya no estaban allí. Pero siguen soñándome.La vida me ha regalado algunos buenos amigos que (para no incurrir en la vieja retórica de la modestia) no creo desmerecer, y un par de libros que reunen mi labor poética: Palabra que golpea un color imaginario (1996) y Oración del impuro (2004); el resto de mis asuntos se lo reparten Bach y el éxtasis de la música africana.

ÁLVARO MARÍN
Hechizado por la poesía de César Vallejo y Miguel Hernández publiqué mi primer libro de poemas con el título de Jinete de Sombras en 1992. La publicación fue un reconocimiento que me hizo la Casa de Poesía Fernando Mejía de Manizales, luego fui invitado al diario El Espectador de Bogotá para colaborar con notas sobre cultura y literatura en el Magazín Dominical dirigido por Marisol Cano y coordinado por el poeta Juan Manuel Roca, medio que jugó un papel crítico importante en la vida cultural del país en los años noventa. El hechizamiento con la literatura y la poesía fue mayor cuando leí a los poetas Cardoza y Aragón y José Lezama Lima y a los narradores Macedonio Fernández y Alejo Carpentier. Tenía en este tiempo una lectura de escritores europeos, pero el acercamiento interesado a la expresión latinoamericana fue para mí una revelación de sentido histórico y poético a la vez

LUCÍA ESTRADA (Medellín, 1980).
Ha publicado los libros de poesía Fuegos nocturnos, Noche líquida, Maiastra, Las hijas del espino (Premio de Poesía Ciudad de Medellín, 2005) y El ojo de Circe (Antología Colección Universidad Externado). Hace parte de la Organización del Festival Internacional de Poesía de Medellín y del Comité editorial de la revista literaria Alhucema, de Granada, España.

SAMUEL VÁSQUEZ (MEDELLÍN, 1949)
Se quedó en Medellín organizando bienales, exposiciones, talleres de artes plásticas y música, y dedicado a la imposible tarea de agregar poesía al prosaico teatro colombiano. Ha dirigido diecisiete obras de teatro y publicado libros como El sol negro, Raquel, historia de un grito silencioso y Erratas de fe. Hace dos años su gran editor, el fuego, imprimió doce libros suyos.
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Eventos de lanzamiento en la 20 Feria del Libro de Bogotá (Abril 2007) . En Cali EL 12 DE JULIO DE 2.007, Biblioteca Departamental, 6:30 PM .
Información, reservas y adquisición del libro : Luna Nueva ortizforero@hotmail.com y NTC … , ntcgra@gmail.com
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Actualización al 18 de Agosto, 2007
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La Luna Nueva de Omar Ortiz y NTC … de Gabriel Ruiz
La plana. Por: Julio César Londoño
EL PAIS de Cali, Agosto 18 de 2007

Las antologías son vanas porque sólo contienen dos clases de poemas: los clásicos, que ya nos lo han dicho todo, y los arbitrarios, que sólo le hablan al antologista. Por esto las antologías son tan previsibles. Es como ir a una fiesta donde sólo hay ex novias tuyas, como en un álbum vivo: unas están injuriadas por los años, otras siguen lúcidas y bellas pero ya están leídas y releídas, y sólo una, aquella, está mejor que antes porque el tiempo, ese escultor, afinó ciertos tonos, pulió aristas toscas... pero ya ella no quiere saber nada de ti, te considera leído, releído, un exangüe periódico de ayer.

Desafiando esta maldición, Omar Ortiz acaba de compilar una antología armada a varias manos. Para ello le pidió a Gardeazábal, Jaime Echeverry, Santiago Mutis, Julián Malatesta, Lucía Estrada y Juan Manuel Roca, entre otros, que escogieran diez poemas cada uno. El resultado fue Luna Nueva, Once Miradas a la Poesía Colombiana, un libro lleno de sorpresas y revelaciones. Es como si en la fiesta encontraras esa mujer a la que siempre deseaste en secreto, una que nunca se dignó mirarte. Pero esta noche (Alá es grande) ella sonríe y te sostiene la mirada un segundo más allá de lo que aconseja la discreción.

Revisando esta selección encuentro que el poeta más evocado es Aurelio Arturo / ¿Y sólo en secreto saben hablar los bosques? /. De los once antologistas, ocho eligieron poemas suyos. Lo siguen, con siete votos cada uno, Giovanni Quessep / De dónde vienes, madrigal, que todo lo has convertido en encantada pena / y Juan Manuel Roca / Nadie es mortal mientras baila un danzón /. Hay cinco poemas de Héctor Rojas / Responso por la muerte de un burócrata / y cuatro de Álvaro Mutis / Que la muerte te acoja con tus sueños intactos /. De Barba Jacob apenas hay tres, dos de Silva (el único sobreviviente del Siglo XIX), de Guillermo Valencia uno mero y de Piedad Bonnett cero (?)

Yo supe de la aparición de Luna Nueva por NTC … (Nos Topamos Con … http://ntcblog.blogspot.com/ ), uno de los mejores bloggs de Occidente. Allí están los sucesos de la agenda cultural del país y del Valle, reseñas de los libros más destacados de las góndolas de novedades, un archivo de 275 ediciones, las diatribas del bífido Harold Alvarado Tenorio, los berrinches patrióticos del licenciado Fabio Martínez, el último ensayo de Chomsky y el próximo poema de Saramago (sí, NTC también tiene primicias, como cualquier supermedio que se respete). Lo admirable es que NTC lo hace un hombre solo, Gabriel Ruiz . Debe ser adinerado, porque puede agenciarse cuanta revista, libro, folleto, opúsculo o pasquín llama su omnívora atención, pero no me explico cómo hace para leerlo todo, literatura, ciencia y humanidades, y seleccionar sólo lo mejor. ¡Cuánta pupila y cuánto billete he ahorrado gracias a su severo filtro!

Para acceder gratis a NTC … , el aleph de la red, el nodo que contiene todos los nodos, basta suscribirse en ntcgra@gmail.com y ya.

P.D. Nadie es perfecto, ni siquiera Gabriel. Lo he estado vigilando y llegué a la conclusión de que su mujer lo tiraniza. Pero no importa, la belleza de María Isabel Casas bien vale el yugo. Si nos han de apuñalar, caro amigo, ¡que sea de oro el puñal!

miércoles, 18 de abril de 2007

"EL LIBRO DE LAS CELEBRACIONES"


“LIBRO DE LAS CELEBRACIONES”
LANZAMIENTO
COMUNICADO DE PRENSA #001
LA FUNDACIÓN DOMINGO ATRASADO LANZA SU NUEVA PUBLICACIÓN

¨EL LIBRO DE LAS CELEBRACIONES¨
No somos el país del nunca jamás
Bogotá, 3 de abril de 2007 (Oficina de Prensa Fundación Domingo Atrasado). La Fundación Domingo Atrasado lanzará “El Libro de las Celebraciones” en el marco de la 20ª Feria Internacional del Libro de Bogotá, el próximo sábado 21 de abril a las 4:00 p.m. en el Auditorio León de Greiff.

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Contracarátula



“LIBRO DE LAS CELEBRACIONES”, LANZAMIENTO

COMUNICADO DE PRENSA #001
LA FUNDACIÓN DOMINGO ATRASADO LANZA SU NUEVA PUBLICACIÓN ¨EL LIBRO DE LAS CELEBRACIONES¨
No somos el país del nunca jamás
Bogotá, 3 de abril de 2007 (Oficina de Prensa Fundación Domingo Atrasado). La Fundación Domingo Atrasado lanzará “El Libro de las Celebraciones” en el marco de la 20ª Feria Internacional del Libro de Bogotá, el próximo sábado 21 de abril a las 4:00 p.m. en el Auditorio León de Greiff.
“El Libro de las Celebraciones” es un proyecto que nace de la necesidad de celebrar a artistas de diferentes disciplinas, que con su obra han influenciado la cultura de nuestro país. Personajes que han sentado precedentes, que han hecho y están haciendo historia y memoria cultural, que nos han regalado a nosotros los espectadores y lectores; una razón para recordarlos, para imitarlos, para traerlos a colación del pasado, para citarlos, para darles el lugar que no han tenido por olvido o injusticia, para contarle a otros eso que ellos hacen o que ya han hecho en este país. El lector podrá asistir a una fiesta en la que encontrará alrededor de cincuenta personajes con sus respectivos celebrantes: “…quienes traen consigo, las más de las veces desde el más allá, las voces reificadas o injustamente asordinadas de los celebrados”.
Como dice Jineth Ardila en su prólogo (1) , “El Libro de las Celebraciones” busca de forma tal vez utópica que muchos dejen de pensar que somos el país del nunca jamás: “aquí nunca jamás ha habido cultura, nunca jamás tradición, nunca jamás obra o idea importante que merezcamos rescatar, valorar, jerarquizar, conservar, continuar o, para comenzar apenas, celebrar”.
Leer el “El Libro de la las Celebraciones” es como si se volviera de una larga ausencia. Es la pluma de los celebrantes que hacen que revisemos de nuevo el aporte que hicieron en el arte y el pensamiento colombiano: filósofos, historiadores, poetas, narradores, escultores, pintores, fotógrafos, antropólogos, arquitectos, etc. Con algunos de ellos hemos sido testigos presenciales de su paciente y fructífera obra.
Celedonio Orjuela Duarte

EVENTO: Lanzamiento de "El Libro de las Celebraciones"
FECHA: Sábado, 21 de abril de 2007, HORA: 4:00 p.m.
LUGAR: Auditorio León de Greiff . 20ª Feria Internacional del Libro de Bogotá
Varios autores/ Editorial: Domingo Atrasado 2007/ 150 Págs.
Contactos:
Olga Naranjo, Prensa y Divulgación. Tel.: 310 210 01 27 onaranjo70@yahoo.com
Andrea Roca, Prensa y Divulgación. Tel.: 310 210 01 27 andreotti73@yahoo.com
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PRÓLOGO
Por JINETH ARDILA


Como si fuera la cabeza de Jano, de muchas formas podríamos celebrar a la persona o la obra, o las dos juntas, en alguien que existe o existió y nos tocó en suerte conocer: algunas veces tal empresa tiene más de un matiz épico: con intrepidez, y a veces con bravura o verdadero heroísmo, hacemos un ajuste de cuentas acerca del lugar histórico que nuestro celebrado debería tener en la vida cultural del país, reclamamos para él una silla ante la mesa de quienes representan las virtudes que creemos bien vale la pena defender; aun si aceptamos que no nos sentimos capaces de seguirlo con la misma vehemencia con la que aquél marchó. Otras, hablamos con descaro, como ante un confesor, pero sin arrepentimiento: yo confieso ante ustedes que tengo una deuda enorme con quien ha sido o fue fundamental en la formación o la vocación o la persistencia en eso que define mi quehacer; y es importante hacerlo así, decirlo a viva voz, hacerlo público, sea evidente o no la influencia que aquél haya tenido sobre nosotros, pues todo inconfesable nos silencia o nos disfraza. Otras, con el corazón palpitante, como san Francisco, agradecemos la existencia del hermano lobo, su paso por la Tierra, las huellas de su paso por la Tierra, sin esforzarnos en pedir para aquella criatura el sitial que ocupa o la cueva que con seguridad ya habita. Otras nos ganamos, sin que ese sea nuestro propósito, un lugar dentro de su biografía, salvando del olvido un momento de su vida y de la nuestra (“el día en que lo conocí...”, “el último día en que lo vi...”) que no podríamos contar sino en el relato de ese encuentro. A veces nos impulsa una oscura superstición en los revenant, en volver a darle vida con nuestras palabras a aquellos que ya la han perdido, en ser partícipes y, más que partícipes, forjadores de su inmortalidad; no de esa Inmortalidad que de tan infinita escapa al deseo humano, sino de esa paradójica efímera inmortalidad que consiste en que alguien los recuerde alguna vez, relea sus palabras, continúe su obra, abra sus libros o baile al son de su música, o dirija, en fin, alguno de sus sentidos o su inteligencia hacia aquello a lo que le dieron vida. Otras veces expresamos un sentimiento puramente hedonista ante nuestro celebrado: es la gozosa admiración, el arrobo, el placer que hemos sentido ante su obra o su carácter lo que nos impulsa.

Otras, somos más solemnes, nos acercamos a nuestro ícono con un sentimiento casi religioso; se nos antoja perteneciente a otra esfera de lo humano; lo humano somos nosotros, lo inhumano le concierne sólo a aquél; celebramos ante todo su bronca genialidad. Como sea, y hagamos lo que hagamos, es curioso ver con qué nitidez pintamos siempre nuestro propio retrato hablado con las palabras con las que logramos que otro hable. Quizá esto ocurra por una necesidad interior, profunda, atávica de defendernos de aquellos a quienes admiramos. Es tan grande a veces el riesgo de dejar de ser en esos otros, que hacemos más pronunciado nuestro propio ser cuando nos les acercamos. Y no podría suceder de otro modo. Lo contrario nos malograría, como al amigo de Glenn Gould en la novela de Bernhard. De ahí que un libro como éste tenga un primer doble interés para quien lo lea: no sólo verá aparecer ante sus ojos el personaje a quien se rinde tributo, con mayor o menor realidad, con mayor o menor detalle o precisión, según el carácter de quien lo presenta, sino al presentador mismo; basta para ello leer cada texto en doble vía: por una avanza el celebrado, por la otra se devuelve el celebrante; o como ante un espejo: quizá el segundo creador, el celebrante, aparezca del revés, patas arriba; sin embargo su estilo será más afilado que nunca; el tenor de su propia palabra mostrará todos sus registros posibles, o por lo menos más de los que conocemos. Tan vívido será ese segundo perfil que se pondrá a la altura del celebrado, aun sin el consentimiento del celebrante. Pero para el lector tanto mejor: uno y otro le darán el placer de ver una relación de dos, pues, de un modo no sentimental, considero que es una experiencia amorosa la que inspira estas celebraciones.

¿Me canto y me celebro a mí mismo? No. No es ésa la conclusión a la que quería llegar. Parece tan gozoso un proyecto como éste. Imaginémoslo: ¡hagamos un libro de celebraciones! ¡Que sean más de cincuenta celebrados y otro tanto el número de celebrantes en esta primera entrega! Y hagámoslo con nuestro propio arrojo y con la generosidad de quienes participen de esta fiesta. Y, sin embargo, qué utópico esfuerzo el de los celebrantes si buscaran convencer a muchos de que, por una vez, vale la pena dejar de pensar que somos el país del nunca jamás: aquí nunca jamás ha habido cultura, nunca jamás tradición, nunca jamás obra o idea importante que merezcamos rescatar, valorar, conservar, continuar o, para comenzar apenas, celebrar. No será aquí donde se diga por primera vez que nuestro “subdesarrollo cultural” ha sido y es aún hoy una autosugestión; somos incapaces de sumar; preferimos restarle monedas a nuestro patrimonio. ¿Podemos imaginar que en ésta mi matemática de ideas de tercero elemental seamos alguna vez capaces de multiplicar? ¿Cuál es la labor fundamental que estamos propiciando para que ese patrimonio se dirija de unos pocos a otros muchos, o se transmita en el paso de una generación a otra? Ni siquiera, en la versión más bélica del intercambio generacional, se nos ofrece algo qué arrebatar, si no hablamos, por supuesto, de los cargos burocráticos que algunos llevan sobre sí, a veces como el compungido Atlas, otras como el astuto Heracles. Es ese otro legado el que nos debemos apropiar, vitalizar, para convertir en metas altas las que ahora se nos muestran transformadas, de un modo maquiavélico, en tan pequeñas empresas. Me duele el cinismo de buena parte de la que considero como mi generación, no su apatía o su escepticismo. Pero es mucho lo que podemos aprender de los mayores, de su carga de frustración y soledad, a veces, o de su generosidad intelectual, en esos “encuentros cercanos”: en el encuentro con sus obras, sus ideas, sus sueños de país; y en el encuentro con ellos mismos y su palabra más viva. De algún modo es esa palabra más viva la que aquí rezuma. Como en una conversación fluida, inteligente, se hacen presentes las voces de los celebrantes, quienes traen consigo, las más de las veces desde el más allá, las voces reificadas o injustamente asordinadas de los celebrados. No siempre se dejan oír de manera tan directa. Sin embargo, en el intento de “narrar” o “poetizar” o “discurrir” sobre esos otros ya un poco distantes encuentros cercanos, también encontraremos su vitalidad. A veces algunas desafinan, son muy agudas, o muy graves; otras hablan muy bajo y casi se vuelven inaudibles, otras dicen su verdad a voz en cuello. Pero en conjunto componen un coro que inquieta y estimula, y se propone desafiar la falsa moneda de la medianía. Aquí están, son todas suyas.
Bogotá, febrero de 2007

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ENRIQUE BUENAVENTURA
Por JULIÁN MALATESTA

Tomado del "El Libro de las Celebraciones"*. Varios autores/ Editorial: Domingo Atrasado 2007. Pags. 115 a 117.

Hay hombres que nos definen la ciudad, que marcan con su huella nuestra calle, esa forma pagana de nombrar el destino. Cuando uno es muchacho la calle es una decisión, es el lugar de la sorpresa, del asombro y del peligro, mas cuando nos invaden los años lentamente la evadimos y regresamos capitulantes al viejo orden de casa. Afuera, en la calle, se halla la equivocación, el desacierto o la fortuna. En ese sendero brumoso que siempre se está haciendo en nuestra memoria arrojamos la vida y fabricamos profesiones, oficios, nos hacemos a destrezas y forjamos el lenguaje de la conversación, y con él avisamos la celada, advertimos la picaresca de estar en tierra y participamos de las cabriolas de la inteligencia guiando a sus tropas en el bien y en el mal, en la oscuridad y en la luz.

Yo tuve la fortuna de encontrarme en la calle a Enrique Buenaventura, un hombre que forjaba una ciudad, que la estaba construyendo por fuera de los planos y de las ambiciones de los arquitectos, que la moldeaba con sueños e ideales acompañado de su tropa de teatreros y que sembraba en ellos la convicción de que el teatro era un instrumento de cambio y de transformación del mundo. Así me vi envuelto de improviso, entre hombres barbados y bellas y desarregladas mujeres que exhibían una gracia estrafalaria, que querían saberlo todo y todo lo interrogaban. Un ámbito extraño, invadido por el juicio de los razonamientos y por los desequilibrios de la imaginación.

En esa ciudad, mi ciudad, Enrique tenía la palabra, hablaba lengua extranjera y lengua nativa, discutía entre intelectuales con un inmenso afecto por las ideas y con un fino humor destruía a sus contrarios en la contienda. Era la época de los desgarramientos ideológicos y de los encendidos debates de una izquierda adolescente, sectaria, dogmática, inmadura y empobrecida por sus ambiciones de grupo, enfermedad de la que aún no logramos desprendemos. Enrique también la padecía, hay que decido, pero poseía las artes del comediante. Siempre había risa y un dejo de ironía ensayaba nuevos caminos en la disputa.

Cuando hablaba nada era definitivo, todo estaba en movimiento, todo resultaba una divertida improvisación. En su palabra Lévi-Strauss era un ensayo de comprensión del origen; Freud, la interrogación secreta de una escena; Marx, la explicación que unía a la ficción con el mundo real; Shakespeare, el maestro de la celada y el epíteto; Sófocles y Esquilo, la puesta en escena que hay que repetir de modo oculto en toda obra; Cervantes, la fuerza de voluntad, la entereza de mantenerse vivo para que el ingenioso hidalgo no perezca; Lope de Vega, quien lo educó en la trampa de la tramoya y de los efectos, quizá quien le dijo al oído que había que hacer un teatro nacional y por ello emprendió la tarea con Santiago García de poner en marcha el Nuevo Teatro; Bertolt Brecht, la síntesis de este esfuerzo, de este cruce de caminos y de saberes, de ese tortuoso tránsito de la compañía de teatro trashumante y autodidacta al teatro de sala cognitivo y profesional; dicho en sus jocosas palabras, el tránsito de Tablosky a Stanislavsky, y entonces Brecht enseñando al actor a ver su personaje en escena.

El teatro del TEC era la poesía de la ciudad urdida colectivamente; en su sala había fiesta; en ese escenario se leía poesía y se hacía música. Era el lugar de encuentro para la discusión política y las reflexiones del arte. El público de las obras del TEC, como ocurre en el teatro, era potencialmente un actor, y la puesta en escena se repetía porque ahí estaba ese público ayudando a construida. Todos esperábamos ver a Enrique, sabíamos que algo inventaba para hacemos reír. Recuerdo una simpática anécdota:

Enrique fue invitado por el M19 como testigo de los acuerdos de paz en Corinto; contaba que las gentes de esta población se abalanzaban a pedir autógrafos en un orden jerárquico muy singular: primero a Iván Marino Ospina, después a Willinton Ortiz y por último a Enrique Buenaventura; un orden que explicaba por qué estaba escaseando el público en la sala. Nosotros ya no tenemos público, pero tenemos guerrilla -agregaba. Contaba que había oído a un acalorado comandante desafiar al imperio: ¡Reagan le teme a Corinto! ¡ Reagan le teme a Florida! y un joven que lo escuchaba le gritó: ¡y Miranda qué. .. ! ¡ Reagan le teme a Miranda! -completó el orador. Quizá con esta fina ironía Buenaventura ilustró la ceguera de un proyecto que se moría en la pequeña euforia de un olvidado municipio, una ruda señal del declive, el patético espectáculo de la falta de ideas, de la ausencia de pensamiento, de la comprensión del país que tenemos.

Cuando cruzamos el umbral de los sueños y nos invadió la decepción y el escepticismo, y nuestros ideales cayeron por el suelo envilecidos por el autoritarismo y el crimen de nuestra propia orilla, Enrique siguió al frente, conduciendo una nave que ya no respetábamos, una barcaza al pairo, todavía con sobrevivientes de viejos naufragios, tercos en la tarea de orientada de nuevo hacia alta mar en medio de un horizonte gris. Los capitanes -dicen- se mueren en cubierta, con vientos adversos navegan, dan órdenes hasta la hora última y ríen de cara a la fatalidad. La vida es dura -dijo- y dura, así se despidió Enrique mi querido my dear.

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FERNANDO GONZÁLEZ. El mago de Atraparte
Celebración y semblanza GUILLERMO ANGULO

Yo estudiaba bachillerato en la Universidad de Antioquia y un día decidí osadamente ir a conocer al Maestro Fernando González. Me vestí muy a la moda de entonces: saco deportivo, corbatín, pantalones color gris oscuro, zapatos negros y medias blancas, que hacían furor entre los estudiantes. Cuando caminaba hacia la oficina del Maestro, en un segundo piso de la calle Maracaibo, no me di cuenta de que mi hermano, Eduardo, me estaba observando desde un café de enfrente a donde iban mineros y ganaderos. Después supe por él del diálogo que sostuvo con un colega. Señalándome, le dijo al otro minero:
—Mirá, ese que va ahí. Mirale las medias. Debe ser marica.
—Más dañado que agua de florero, le contestó el otro minero, sin mucha originalidad.
—Es mi hermano, le aclaró Eduardo.
El otro se puso colorado y no supo qué decir.
Mientras tanto yo subía a un segundo piso, en donde estaba la oficina del Maestro, sentado tras un enorme escritorio, y con sombrero de vaquero, de alas anchas, puesto. Me miró con sus ojos de loco (que no eran de loco sino de inteligente). Le conté –con la desfachatez que permite la juventud– que había ido sólo a conocerlo. Él me dijo:
—Le voy a regalar un libro (lo recuerdo muy bien; era El remordimiento, uno de mis preferidos). Y empezó a maltratarlo, tratando de descuadernarlo mientras hablaba mal de las editoriales colombianas. Y yo sufría, sabiendo que el libro ya era prácticamente mío. Me lo dedicó. Todavía lo tengo.
Pasaron diez años antes de que lo volviera a encontrar. Mi amigo de juventud, Alberto Aguirre, me llevó a verlo cuando regresé de estudiar en Europa. Mientras íbamos de Medellín a Envigado, Alberto me dijo que conocía a nuestro filósofo porque su papá, Pedro Claver Aguirre, que había sido gobernador de Antioquia, era su amigo, amistad que él heredó.
Me contó que Fernando González últimamente se había visto muy interesado en la naturaleza, y que una vez que iban caminando por el campo vieron dos arañas peleando. Se pusieron en cuclillas, para seguir más de cerca la pelea, y ambos estaban ansiosos de ver el final. Cuando alguien que pasaba por ahí se detuvo también y se agachó a mirar la pelea. El Maestro se levantó apresurado, cogió del brazo a Alberto y le dijo:
—Vámonos.
Caminó un rato en silencio, que rompió como a los diez minutos para decir furioso:
—Por eso a mí no me gusta el comunismo. Esa pelea de arañas era nuestra. Ese tipo no tenía por qué meterse. Cuando Alberto y yo llegamos a Otraparte –la casa del Maestro en
Envigado (hoy museo)– lo saludamos (qué se iba a acordar de aquel muchacho impertinente de corbatín) y le tomé unas fotos con su familia. Luego fuimos, con Alberto, a un cafecito cerca de su casa y, por esas trampas extrañas de la memoria, no recuerdo qué pedí yo, pero sí lo que tomó el Maestro: un Vinol, una gaseosa paisa que intentaba reproducir, sin mucho éxito, el sabor del vino. Mientras Fernando hablaba con Aguirre yo aproveché para tomarle unas fotos.
Le envié por correo las fotos y más tarde el Maestro me hizo llegar a Bogotá un libro, a manera de agradecimiento, con una dedicatoria que decía: “Guillermo: dos envidias tengo: de su barba negra y de su arte fotográfico. Usted me ha hecho las mejores fotos que he tenido y me retrató con mi boca de culo. Fernando González”.
(Imagenes y fotografías de F. González . http://www.otraparte.org/imagen/suimagen.html )
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ALEJANDRO OBREGÓN en su hora

CELEBRACION y Semblanza por JUAN MANUEL ROCA

Son las 7:30 en la noche o, por lo menos, las 7:30 en el recuerdo. Y es además el año 1991 en todos los calendarios. Menos en el de Alejandro Obregón, que siempre vivió su propio día sin ninguna servidumbre a relojes ni almanaques.

Estoy en Cartagena de Indias. Camino muy cerca de las murallas bajo un cielo de cobalto. Voy a buscar una cerveza. En un recodo de la Plaza de la Aduana me encuentro de buenas a primeras con el poeta Gustavo Tatis Guerra.

El poeta me propone que visitemos al maestro Alejandro Obregón, que alguna vez manifestó simpatía por algunos de mis poemas de El lunario circense, libro para el que Fabián Rendón realizó una serie de espléndidos linóleos y que llegó a manos de Obregón por mano de nuestro festivo editor Luis Ángel Parra. Dudo un poco pero termino aceptando, así que de pronto, en una cita a deshoras, vamos enfundados en la noche con rumbo a la casa azul y blanca del maestro Obregón.

Mientras caminamos hacia su calle, Alejandro Obregón es en mi memoria un pintor rebelde del que corren mil y una historias nacidas de su carácter libertario, de cierto talante arbitrario y autónomo como pocos. Una vez masticó un grillo que atrapó en la mesa de un bar, otra pintó un cheque en una servilleta para pagar una cuenta en un restaurante, pasaba horas enteras viendo volar alcatraces...

También se sabe que creía en la intuición y en que ella corre mucho más rápida que el pensamiento. Afirmaba que los colores sólo existen cuando se ponen sobre una superficie, que no ocurren antes, cuando no han hecho su maridaje con el lienzo o el papel, por lo cual todo color, según su teoría, debe ser inventado en cada cuadro.

Es un obseso del color que pastorea con su pincel barracudas, cóndores, Ícaros y vientos, como quien atrapa jirones del mundo. Una suerte de animal mítico que arrastra tras él un aura de leyenda.

La verdad, en un principio tuve dudas de visitar su gabinete de brujo. No es fácil aceptar que le digan a uno: —Te invito a ver a Prometeo en su peñasco, a Sísifo levantando piedras monte arriba, te invito a un concierto para flauta tocada por Orfeo. Es difícil aceptar la invitación a una plaza donde un hombre a caballo persigue al Minotauro. No se visita un mito de la misma manera como se va al fútbol o al teatro.

Pero con Obregón contaba más el deseo de ir a conocer al autor de una gran fiesta gestual y del color, que la visita a una figura alegórica.

Digo gestualidad pues en su pintura, como ocurre con los expresionistas, el gesto parece más pensante que pensado, y así suponía su talante.

De manera que el asalto a su casa lo propiciaba el deseo de ver si obra y obrero eran de la misma materia, de la misma naturaleza como lo afirmaban tantos historiadores y amigos comunes que conocían al pintor de vieja data, desde su primera etapa pictórica que me parece la más grande de su arte.

Lo había visto dos veces en una Bogotá plomiza a la que le imprimía su propio color, en contravía con atmósferas y climas. La primera vez que lo vi, lo recuerdo muy bien, cruzó frente a la fachada Art nouveau del Teatro Faenza donde yo hacía fila en una tarde de sábado, decidido a entrar mi aburrimiento a una función doble de películas, posiblemente del Oeste. Luego me enteré de que hacia los años cincuentas Obregón había vivido en la segunda planta de ese teatro y que allí había pintado su cuadro sobre la masacre de 1948.

Vi pasar a Obregón por la mitad de ese lastimoso sábado con admiración y respeto. Los primeros cuadros suyos los había visto en una galería bogotana, en la calle 24. Era su propietario un buen crítico polaco con un mal nombre para ejercer ese oficio. Se llamaba Casimiro.

Ahora sus cuadros colgaban en mi museo imaginario, en las paredes del recuerdo. Lo vi pasar y con él iba, de nuevo, un aire irreducible de rebeldía y libertad.

La segunda vez lo vi en la época cuando el presidente Carlos Lleras Restrepo había expulsado de Colombia a Marta Traba (en esos tiempos todos los pintores aspiraban a pintar con pinceles de pelos de Marta), mientras caminaba a toda prisa por el Parque de Santander, como alguien que estuviera a punto de perder el tren. Ahora me disponía a visitarlo en la amurallada ciudad del poeta de los zapatos desaliñados y viejos, un poeta que a veces, ante tanto falso y pretendido lirismo, me hace pensar que en el país de los ciegos el “tuerto es rey”.

Llegamos a la casa esquinera del pintor. Al toque de aldabón respondió una voz fuerte y decidida con un “ya voy” que salió del fondo de la casa, una voz que fue recorriendo un zaguán oscuro hacia nosotros, los visitantes.

El maestro abrió su casa, nos mostró las maletas sin deshacer que aún estaban junto a la puerta y nos dijo que llegábamos en un momento oportuno. Acababa de regresar de Bogotá, de la Clínica Barraquer, donde fue tratado de una severa dolencia en los ojos de la que habló sin ningún asomo de drama.

Veía muy poco, sólo sombras, dijo, mientras nos invitaba a la sala y servía sin previo aviso tres vasos de ron tres esquinas. La charla fue animada: nos propuso que más tarde, tras otros tragos, fuéramos a visitar a Raúl Gómez Jattin que se alojaba en un pequeño hotel cercano al centro, pero las copas siguieron una tras otra y se olvidó la visita al poeta de Cereté.

El maestro parecía más exultante de haber regresado a su casa que preocupado por su anunciada y en ese momento progresiva ceguera.

Me dedicó un libro realizado en compañía de Fausto Panesso, con una letra grandísima de escaparate y empezó, una y otra vez, a proponernos que saliéramos a beber otros tragos en La Vitrola, un sitio con música antillana, no muy lejos de su casa.

Se empeñaba en que fuéramos en su automóvil, en manejarlo él y nadie más que él. Ahí lo vi tal como era: irremediablemente terco, irremediablemente arisco a los impedimentos. Seguro y bronco. Recordé que a Obregón le gustaba, según testimonios de varios de sus amigos, manejar a veces su auto en contravía. Despreciaba a los medrosos, vivía propiciando transgresiones y en sus propias palabras pintaba solo “por contradecir, por rebelión, por un ansia de libertad”. Era difícil negársele a una petición que yo suponía una prueba personal.

Así que nos fuimos a La Vitrola en un auto conducido por una suerte de lazarillo semi-ciego, en un tramo corto que sin embargo nos resultó un largo camino recorrido en zigzag. Allí continuamos, sentados en una mesa al aire libre, hablando y bebiendo hasta la madrugada.

El dueño o el administrador del establecimiento, un hombre generoso y afable, ante esa terna de borrachos y a punto de cerrar el local, le pidió a un empleado del sitio que nos regresara a casa del maestro, esta vez mucho más seguros a bordo de su viejo automóvil. Contábamos, además, con el risueño asentimiento de Obregón que se puso a disertar con desparpajo y entusiasmo de los que agrupaba entre los “pintores que tienen su genio alojado en la mano”: Velásquez, Giotto, Rembrandt, Peruggino...

Nos despedimos en medio de risas con los mejores augurios por un nuevo encuentro que, en mi caso, nunca volvió a ocurrir. Tras cerrar la puerta no lo volvería a ver.

Ya eran las 3 de la mañana en todos los relojes, menos en el de Alejandro Obregón, que siempre vivió en su propio día, en su propia hora.
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ARISTARCO PEREA, El Balandro.

CELEBRACION y Semblanza por AMALIA LÚ POSSO FIGUEROA

Cuando el galandro yo voy tirando

todos los peces se van pegando…

así se pegan esos amores

esos amores que voy dejando

ARISTA


Aristarco Perea Copete es negro, pero de un negro distinto, parecido al color del borojó, que no es negro pero sí distinto. Nació en el Chocó, cualquier día de ningún año, y tiene el hablado altanero y pinchado, autosuficiente, que dicen mis gentes del resto del litoral Pacífico tenemos los que hemos nacido en el Chocó.

Camina erguido con pasos cortos, marcando el ritmo exacto entre sus hombros y sus pies; mueve las manos suave pero categóricamente, como igual de categóricas suenan sus palabras cuando habla y cuando canta hablando también.

Baila, envolviendo a la pareja con sus manos grandes, moviendo los pies con pasos cortos como cuando camina, para obligar al resto del cuerpo a bambolearse elegantemente, cimbreantemente, como diciéndole a la pareja echáte pa´cá.

Y es que Arista nació bailao.

Cuando era muchacho iba a los bailes peseteros, esos donde para entrar a bailar había que pagar veinte centavos. Las vitrolas se engalanaban con vestidos de madera pintados de mil colores. Cada vitrola de baile pesetero tenía su nombre: la más famosa era «El Anacobero», y retumbaban, varias cuadras a la redonda, las notas de boleros y sones. Infaltable en ese retumbar la música del jefe Daniel Santos.

Y Arista oía y bailaba.

Arista también nació cantao.

Eufemia Copete Ledesma, su mamá suya de él, cantaba alabaos en velorios veredales, y su papá suyo de él, Erasmo Perea Hinestrosa, era el primer clarinete de la banda de San Pacho en Quibdó. Él no quería que Arista fuera músico. Erasmo había quedado resentido por los celos de otros músicos, y entonces cambió las zapatillas del clarinete por la aguja de oro que lo convirtió en sastre, para vestir de gala y con pinche inglés, a muchas gentes en el Chocó. Le prohibió a Arista que hiciera música, y a los hermanos de Arista también.

Pero Arista no le hizo caso a la prohibición paterna. Decía, con frecuencia, que era como sentirse sordo frente a la prohibición, pero despierto para la música.

Y despertó, y de qué manera. A los 8 años compone El rosal, a una niña mujer de la que se enamoró de lejos, porque ella estudiaba en el internado donde trabajaba la hermana de Arista. Entonces el apellido Perea que vino de la isla de Cuba seguramente en canoa, preñado de sones y boleros, las zapatillas del clarinete de Erasmo, los alabaos cantados por Eufemia y las mujeres revoloteando en su entorno, hacen que Arista empiece a andar por los caminos de la música, su música.

Hablé con Aristarco Perea Copete por primera vez, en la Feria del Libro de Bogotá, por allá en el año 2001, en una presentación que hizo para los escritores invitados. Lo conocía de mucho antes, por sus boleros, sones, pero sobre todo por la maravilla que significaba y significa para mi oído de artillero esa especial forma de marcar acentos en las palabras, que hacían y hacen que mi cintura de negra obedezca a esa necesidad de dejarse ir en el ritmo con sensualidad.

No dejamos nunca de hablar a partir de ese momento. En «El Señor del Son», su espacio en la calle 19, nuestras conversadas podían ser interminables, sobre todo si llovía fuerte en Bogotá, porque el aguacero, siempre el aguacero, nos transportaba a nuestro Chocó y hacía que borboritaran las palabras más intensas y más fuertes que el aguacero. Sentía que lo conocía desde siempre y nos arrebatábamos las palabras porque ambos sabíamos de qué estábamos hablando.

Lo primero que me enseñó es que la música del Chocó no se toca con partitura, porque se le pierde la gracia, y me acordé de los chupacobres, como llamábamos a los músicos de la Banda de San Pacho. Y lo segundo, que esos dejes, sus dejes, que han endiablado mi cintura, no son otra cosa que la cadencia en el canto.

Le conté que mis recuerdos de niña me hacían pensar que toda la música que escuchaba en esos tiempos, exceptuando la estridencia del son que salía de los anacoberos, era de guitarra, y que nunca había tenido una explicación certera de este hecho, frente a lo que se ha denominado la cultura del tambor. Y entonces abrió los ojos mucho, muchísimo, y se puso autosuficiente, pinchadísimo como diríamos en el Chocó, puso su pose más seductora, siempre fue seductor conmigo pues los chocoanos somos seductores, y la seducción de la palabra nos encanta, pues nos permite mostrar eso que siempre han dicho nuestras gentes del resto del litoral Pacífico tenemos de engreídos los chocoanos.

Empezó hablándome de la guitarra prima y me dijo que la que hace los bordones es la armónica. Que por allá en 1944 un hombre llamado Marcelino, que era mecánico de ingenios azucareros y que llega a Itsmina, le enseña a tocar guitarra a Víctor Dueñas, la mejor guitarra que ha tenido el Chocó; él a su vez le enseña a Gastón Guerrero; Chagualo aprende guitarra con Víctor Dueñas y con Gastón y representa a Colombia en Chile con el trío Montecarlo. Nuestros músicos se iniciaron con la guitarra, fue la respuesta a mi pregunta.

Víctor Dueñas, me decía Arista, ayudó mucho en su formación. Cantó por primera vez en público con su agrupación «LaTimba», siendo muy niño, y los otros cantantes le daban coscorrones, única defensa ante la privilegiada voz de ese cantante niño llamado Arista, que ahogaba los sonidos de la guitarra que Víctor Dueñas también le enseñó a tocar.

Pasa el tiempo y un día de noviembre de 1969 llega a Bogotá con los boleros, sones, el tumbao y la chirimía que no conocía la noche bogotana. Se presentó como el chocoano pinchao que es, todo de blanco, con su inseparable sombrero panamá; refulgían bajo el sombrero sus ojos negros intensos y picarones y del terno blanco salían sus manos cuadradas, grandes, del color del borojó, moviéndose rítmicamente para tocar la clave y las maracas.

Le cantó Chocoanita a un Papa que besó tierra colombiana sin saber, seguramente, por qué un hombre negro le cantaba sobre una mujer que enamoró su corazón.

Estaría el Papa para saber de las sinuosidades del andar de las chocoanas para enamorar corazones. Pero lo que realmente Arista hubiera querido decirle al Papa es que el cura que lo bautizó en Quibdó no quería ponerle Aristarco, porque así se llamaba un compañero de prisión del apóstol llamado Pablo. Pero Aristarco se quedó, por la tozudez de Eufemia su mamá suya de él.

Seguramente el compañero de prisión del apóstol era un luchador por la paz como Arista y como Arista también un defensor de su tierra y de su gente, enemigo de imposiciones y colonialismos. Cosas contra las que Arista peleó con sus canciones y con la acidez de su humor.

De su galandro se fueron pegando muchos amores, a los que les cantó con picardía y despecho, pero siempre desde el deseo. Supongo que fue un maravilloso y enloquecido pichador, enamorado de las mujeres aun a costa de sí mismo. Por eso Arista ya no está, se lo llevó en sus alas una mariposa vagarosa y lo posó en una rama del árbol del borrachero.

Cuando llegó al final del largo viaje, se formó un corrinche y una algarabía, les dio un saludo celestial a Arsenio Rodríguez, Benny Moré y Chano Posso, también soneros famosos, sacó del bolsillo las maracas, acarició el viento con su voz de siempre y, marcó el ritmo con sus dejes, que se seguirán escuchando cada vez que alguien quiera enamorarse con un bolero, un abozao, o con un son.

Así, así, así se pegan…
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Contenido
Prólogo, JINETH ARDILA
Un poeta en casa: anotaciones sobre Ciro Mendía , FERNANDO HERRERA GÓMEZ
Fernando González, el mago de Otraparte , GUILLERMO ANGULO
León de Greiff y Aurelio Arturo, ÓSCAR HERNÁNDEZ
Enrique Pérez Arbeláez, el padre de la ecología en Colombia , SANTIAGO MUTIS D.
Germán Cardona Cruz, el sabio de Tulúa, OMAR ORTIZ
Luis Vidales y Suenan timbres, GUILLERMO MARTÍNEZ GONZÁLEZ
Gilberto Owen, ALBERTO ZALAMEA
Jorge Zalamea, visto y oído, AUGUSTO PINILLA
Carlos Martínez Jiménez, arquitecto, GERMÁN TÉLLEZ
Aurelio Arturo, señor del viento y del silencio, JAIME ECHEVERRI
Carta a Gerardo Reichel-Dolmatoff , GERARDO ARDILA
Leo Matiz: mis recuerdos de Leo, AMPARO CAICEDO
Alejandro Obregón en su hora, JUAN MANUEL ROCA
Negret: celebración del canto y el silencio, SAMUEL VÁSQUEZ
Escrito en la muerte de Fernando Charry Lara, PEDRO ALEJO GÓMEZ VILA
Biarritz-Valledupar-Bogotá: encuentros con Zapata Olivilla, EDUARDO GARCÍA AGUILAR
Otto, GUSTAVO ÁLVAREZ GARDEAZÁBAL
Rojas Herazo, cita con la luz , FELIPE AGUDELO TENORIO
Encuentros con Juan Antonio Roda , LUIS FAYAD
Don Ramón de Zubiría, el inolvidable maestro, HELENA IRIARTE
Pedro Gómez Valderrama, MARGARITA VIDAL
Jorge Gaitán Durán: la vida como, POLICARPO VARÓN
El deliberado ostracismo de Fernando Oramas, JOE BRODERICK
Enrique Buenaventura, JULIÁN MALATESTA
Guillermo Cano: celebraciones del celebro, GERMÁN PINZÓN
Cepeda Samudio: entre la creación y la vida, ÓSCAR COLLAZOS .
Rogelio Echavarría: el otro transeúnte de la cultura, ALONSO ARISTIZÁBAL
Hernando Valencia Goelkel, NICOLÁS SUESCÚN
Rogelio Salmona y el regalo del tiempo, CARLOS NARANJO
José Viñals: encuentros a la vuelta de la esquina, ROBERTO BURGOS CANTOR
Acerca de José María Arzuaga, LISANDRO DUQUE NARANJO
Aristarco Perea, El Balandro, AMALIA LÚ POSSO FIGUEROA
Nijole Sivickas: el lenguaje secreto de las cosas, RICARDO RODRÍGUEZ
René Rebetez, contemporáneo del porvenir , JUAN CARLOS MOYANO ORTIZ
Feliza Bursztyn: la abyección del objeto, AMÍLKAR OSORIO
Carlos Rojas, lucidez punzante, CARMEN MARÍA JARAMILLO
Antonio Samudio. La dama del guante verde, IGNACIO RAMÍREZ
Recordando a Estanislao Zuleta, WILLIAM OSPINA
Evocación de José Manuel Arango, PEDRO ARTURO ESTRADA
Ignacio Chaves Cuevas, PEPE SÁNCHEZ
Visión de Germán Espinosa, SEBASTIÁN PINEDA
Germán Colmenares, maestro y amigo, MARGARITA GARRIDO
Teresita Gómez: retrato en clave de piano, JOHN GALÁN CASANOVA
Joe Madrid: una conciencia íntegra y mordaz, FERNANDO LINERO
Jorge Plata Saray, el rey en la cueva , FANNY BUITRAGO
R. H. Moreno-Durán nos hacía reír, LUZ MARY GIRALDO
Samuel Vásquez, el sueño del arte y la palabra, LUCÍA ESTRADA
Miguel de Francisco, GUIDO TAMAYO
Jaime Alberto Vélez: celebración de una amistad interrumpida, PABLO MONTOYA
Andrés Caicedo, PATRICIA RESTREPO
Fabián Rendón. Linóleo de enero, MARÍA CLEMENCIA SÁNCHEZ
César Pérez Pinzón, el infatigable capitán, GABRIEL ARTURO CASTRO
Jorge García Usta: el juglar de Monteadentro, RÓMULO BUSTOS AGUIRRE
Félix Antequera: ¿te acuerdas, brother?, ALBERTO RODRÍGUEZ TOSCA
Andrea Echeverri. Una Andrea por otra, ANDREA ECHEVERRI JARAMILLO
La textualidad de Efraim Medina, GUILLERMO LINERO

sábado, 14 de abril de 2007

POEMAS DE MARGA LÓPEZ DÍAZ

POEMAS DE MARGA LOPEZ DIAZ
Selección de Leopoldo de Quevedo y Monroy http://lequemo.blogspot.com/ . Tomados de su libro “MURUMSAMA”, Primera Edición Julio 2.005, Apidama Ediciones Ltda., Bogotá. Excepto el poema “A ELLA” que se tomó de su libro “MARUMSAMAS. Poemas”, Ediciones Embalaje del Museo Rayo. Primera Edición, 20 de Julio 2.000. Roldanillo, Valle. Colombia.

1- Iglú
2. A Ella
3. El poema de Melissa feliz
4. Brújula de Zahoría
5. Bill Evans
6. Damasco
7. Perséfone
8. El hallado
9. El siluro

Reprodujo y difunde: Fundación PLENILUNIO, Grupo de Poesía y Arte. http://plenilunio-grupo.blogspot.com/ pleniluniocali@gmail.com Cali, Abril 9 de 2.007
+++

IGLÚ

A Vanessa, Melissa y Maritza

Ahora que las hijas se han ido a la ciudad,
vacío el aire familiar,
más las acerco.
Las envuelvo en luz rosa como dicen las magas
para la protección
y el buen pensar
para el augurio bueno.

Como mi amiga Asiak
les construyo su iglú
tibio de abrazos
Para que Puedan oír dormidas
plácidas
el mar de la mamá
debajo de sus pechos
desde lejos.

Les hago pabellones invisibles
de púrpura
brillantes
encima de sus halos
para que todo mal se transfigure
en otra forma de bondad
al verlas
y los demás no entiendan
por qué esa esencia de benjuí
en el muro
cuando pasan las hijas una estancia
y algo desconocido las transparenta.

Dos fanales las siguen.
Espíritus de antiguos elementos,
Para que todo ser que quiera amarlas
pueda ver más allá
en otra zona de misterio
los rostros de agua y astro que tenían
antes de su primero nacimiento.

La ciudad ese humano laberinto de alegrías
y minotauros solos.
Piedra asentada
hostal sin olivares
para mis hijas nómadas.

La ciudad que bendigo
en la hora de sus pasos
como si fuera otra mujer inmensa
que también las abriga
por sus techos de lluvia.
La ciudad esa otra loba
buena

Ahora que las hijas ya se han ido
del fresco Valle de los Tahamíes
al hondo Valle de los Aburráes
y las brumas del alba
no entran por las rendijas
de sus armarios
bien comprendo
los hilos al regreso de las placentas.
Placentas dulces que me como
-dulce mascar de hielo incandescente-
en amoroso rito
para cerrar el ciclo.

Ovillos que devuelvo convertidos
en una gran placenta protectora de cielo
y de leche.

Esta mamá
que tiene que aprender a irse
cuando lleguen los tiempos
y se despedirá alguna noche
cuando duerman sus sueños
dejándoles la fuerza de la ausencia
cantando libre al corazón entero

les sabrá construir su iglú de luna
compacto y con ventana a las auroras,
casa con la mirada de un narval
en invierno.
Y desde su lugar
en otra esfera de luminosidades
esta mamá regresará en la ofrenda
floresta desde el centro de la tierra
vaho de nomeolvides
en el habla del viento
como otro mar
que asciende a sus regazos
a vigilar su dicha
desde lejos.

1998

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A E L LA

Ella va
de su luz llevada
y danza
no camina.

Cada puerta de casa
son países y trenes imposibles.
El cuarto es un espacio de ave quieta.
El corredor es una calle lejana.
La ventana es la tierra desposeída.
Ella espera a veces... calla.

La luna de noviembre perfuma el techo.
Salúdame a la luna de parte mía.
De parte de su amiga la que
- ella sabe - no puede ir ahora como quisiera
a saludarla.

Su ropa y los objetos
limpios inútiles sencillos quietos
la aguardan.

Se quedó media ella ahí.
Algo la detuvo.
Algo la suspendió
entre la vida y la lluvia.

Cuánto habrá recordado dormida
su refugio del vientre
sus paredes de agua única
para todos sus hijos.
Siempre ella tan ahí
tan puntual a la risa
y al enojo.
Tan comenzando.
Tan mía.

Ahora está quieta en el lecho
la que andaba la casa.

Aromada en su luna
la de los siempre abrazos
la cálida
la tan pelionerita de a ratos
por nada.

La Emilia mila Rosa
milagro de mujer niña
Rosa Milagro y Mar

La que yo tanto amo
la mamá.

1987

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EL POEMA DE MELISSA FELIZ

La paz no es una paloma,
es un muchacho en su casa,
estudiando la lección
Canción de William Vargas

Yo soy Melissa y Sara
Pablo Julia Ana juanita Elena.
Soy los niños que crecen al la luz de su pueblo
y soy todos los niños de la tierra

Vengo de la vereda de Guamito
de los mares y muros de Cartagena
soy un niño de Aauca y del llano
del Sol de media noche de Noruega
de la cumbre feliz del Fujiyama
de la música en flautas de Grecia
de los bosques brumosos de El Capiro
en las mañanas limpias de La Ceja.

Creo que la felicidad es parecida
a nosotros los niños
jugando en el recreo de las diez
en el patio de la escuela.
Que la alegría tiene que oler a nidos
a las hojas de árboles y libros.
A los nombres alados de Urrao y de Frontino
Titiribí Antioquia y Entrerríos
Nicaragua Perú Chocó Tumaco
Guatavita Guaviare Cunaviche
Usiacurí Mompós Pijao Quindío.

Yo creo en mi país.
Creo en mi espacio.
Creo en las nebulosas
en las constelaciones
y en la sabiduría de las hormigas.
Creo en el tiempo que vivo.
Yo tengo el alma llena de naranjales
de ardillas de conejos y de amigos.

Mi escuelita se llama Juan de Dios Aranzazu
y está en el campo llena de begonias,
rodeada de verdes por todas partes.

Huele a pinos a mangos a campanas
a nubes a tareas y a eucaliptos.

Mis maestras se llaman como la música:
Susana Eugenia María Graciela.
Vengo de la vereda de Las Lomitas
y la vida me canta de la hormiga
y la estrella.
Yo vengo de los niños de Silvia, Cauca,
de las gentes Yucunas de la selva.
Soy un niño que viaja
con la luz de su pueblo.

Soy un niño que cree
como todos los niños de la tierra.

1986

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BRÚJULA DE ZAHORÍ

Regreso en la añoranza
Nicaragua, tierra de Nicarao,
como si fuera por mi entraña.

Vuelvo con las venteras de Masaya
a elegir mi cotona de flores tejidas.

Va de viaje mi alma regocijada
como una chavalita
de Juigalpa.

Abrazo a Corina Urcuyo mi hermana
en la fiesta familiar de las Purísimas.

Subo a buscar mi brújula perdida
en la cumbre de mi Momotombo
o de mi Momotombito
.
Pronuncio: lago, Jinotega, Telica
marimba y Alamicamba
como decir visión de lágrima.

Camino a Santa María de Ostuma
y me bebo todo el aire de su montaña
cerca de Matagalpa.

Regreso en la querencia
como un barrilete oculto de amor
¡Viva Quincho Barrilete!
¡Viva Carlos Mejía Godoy!

Cantarillo de vida
y ramita en reunión de zahoría
junto a Ometepe.

Va de viaje mi alma
-Nicarita vestida de cotona tejida
con mis "perjúmenes de mujer"

hacia tu corazón de sorgo
y jauya
¡ Nicaragua !

2000

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BILL EVANS

Señoras y Señores:
En la percusión Jack deJohnette;
en el bajo Eddie Gómez.
Ellos son los compañeros del pianista Bill Evans.

Geo Voumard. Festival de Jazz. Montreux, 1968

Sentadas en el suelo
junto al piano
las mujeres de Omoro
las mujeres del jazz
viajamos en la vibración de la cuerda
del lago Nyassa.

El bajo se vuelve tuba de oboe de bombo
cuando Salima -pan de mandioca del Senegal-
improvisa su danza.

El manatí la sigue.

Nada puede compararse
a la humedad sonora de un manatí
leve y deslizando su sustancia
por la sala
acompasado a su propia inspiración
adentro, en el jazz.

La melodía "Nardos"
exubera alegrías brillantes.

Todas nos levantamos
y buscamos las máscaras
designadas para el Ritual Senufo.

Prontas al solo de la percusión
cada una persigue su balanceo
en la orilla de su nebulosa interior.

Lentas
nos iniciamos
nos convertimos
nos alargamos en jaguares
desdoblados.

Sé que mi animal nos lleva a los dos
al espacio interior.
La curva
sin movernos
nos desplaza
nos entra.
Le acaricio el hocico
lo huelo
(somos un apacible)
saltamos en solubles
me sume por su garganta
me hace su líquido
y me sorbe
y me nada
hacia un tambor oscuro.

La melodía acaba.

"Algún día mi príncipe volverá".
Empieza una ceremonia del medioevo.
Honor de Ausencia.
Melancolía bruna de vos no estar.

Sentadas en el suelo
junto al bajo
las mujeres Senufo
las mujeres del jazz
somos ahora la leyenda
de un jaguar merecido.
Por cada poro cerrado
de la madera del piano
en el salón vacío
se refugian
la vibración de la sustancia
de un manatí

y el olor de la selva de mandioca
del jaguar de Salima.

1977

---
DAMASCO

En el camino de Santa Bárbara
bajando a los Farallones de La Pintada.

Cuando digo Damasco
se me llena la vida ,
de una calle tranquila que me lleve hasta el sur,
una mujer sencilla barriendo corredores
y un hombre conversando de una puesta de sol.

Aquí el tiempo detuvo
la paz de la mañana
sobre los techos limpios
y la piedra.

Damasco es luz de amigos y montañas,
una casa de puertas y ventanas abiertas.
Olor de río y sueños
que asciende desde el Cauca
hasta el árbol antiguo
la placita
y la iglesia.

Aquí toda la gente se saluda,
se comparte el dolor
y la alegría
porque el pueblo respira
la unidad de un camino,
el trabajo y la risa.

Aquí se aprende lento muy despacio
esa sabiduría que nos enseña
el pasar maravilloso de la noche
hasta el día.
Aquí atardece siempre
clara y firme
la vida.
Cuando pasa la nube por este sitio alado
asombra la finura de una cinta de oro.
El ganado apacible
que vigila su espacio.
Las cocinas de leche y maíz
agua y mangos
la tienda de la avena y los botones
una rosa amarilla
albahacas y astromelios
en el patio.

Permanece en los hijos y en los nietos
sangre de luchadores de la gente feraz
la que amanece
a construir el mundo
con la huella y la mano de la tierra
y sus hombres.

Aquí nos sale al paso
nos sorprende
la calidez de un aire
que desdobla la esquina.
Nos saluda la gente buena y noble,
la gente del trabajo y la sonrisa.

Por eso cuando yo digo Damasco
me atardece de siempre
clara y firme
la vida.

Y se aroman los ojos y el alma
con la visión amada
de una calle tranquila.

1896

---
PERSÉFONE

Los niños encerrados
lejos de sus padres
en lugares hospitalarios
y extraños.

La niña boba
es aseada por la enfermera
mientras contempla
una ventanta alta.

La madre en otra tierra
atraviesa la calle
para admirar una "gota de aceite"
en la tienda de las esmeraldas.
Justo al pasar la puerta
la recuerda.
Se le vienen sus ojos
que la han mirado
con la luz más penosa
de la ternura

En la ausencia del abrazo...
de la dulzura del acunamiento,
la hija ha aprendido a sentirla,
a viajar por la fuerza del océano
para abrazarla ella
como si la madre fuera a su vez una hija perdida,
como si la madre fuera
la encerrada
en la otra vasta tierra
y ella desde su cuarto
habitara un vasto reino.
Cuando acerca la piedra a su pecho
y brilla en la cadena
el otro oro del verde,
la madre vuelve a verla en el espejo
le sonríe de lágrima
y la toca en el agua
separadas sólo
por una gota
de sueño.

La enfermera la peina
y le habla,
ella tartamudea
y se fija en los rincones del techo
donde viven las gracias invisibles
y el meritorio ser ahí
sola
contenta de la hora
en la simplicidad de su aire,
contenta de su estar
en el obrar de su apaciguamiento.

En la pared
la noche inicia el juego del espejismo...
así la madre regresa
y las dos danzan
conmovidas
entre las sombras y el miedo.
Es la hija quien la peina, le pone flores y ramitos
y la madre le oye el corazón
como si fuera una celesta
o una congoja
o un ruego.

Por la calle
en la otra tierra,
la madre luce el aura de la hija
como si llevara un collar
hecho con ráfagas de océano,
como si mayo fuera un lugar
y la apaciguara
el aire de la hija
encerrada de por vida
en las honduras ignoradas
de su pecho.

2003

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EL HALLADO

Nadie regresa el mismo después del viaje.

Hay las solas visiones agua adentro.

La noche habita el peso de la hondura.
La noche -anémona del mar-
guarda el abismo.

Quien desciende hacia el fuego
ve el rostro de la sombra.

Hay el aire que sobra de alondras bajo la cumbre.
Quien respira su vuelo
frágil de lágrima
se asomará al vacío
lúcido y extrañado de ser
ave aire y agua.

Nadie regresa el mismo después del sueño.

Una presencia de ojo antiguo
inmóvil
ha velado el reposo.

La escritura de un verbo
puede abrir lo ocultado.

Alguien vuelve a la tarde
del pueblo de Luvina
otro.

El poema desdobla
pliegues cerrados.

Lo nombrado
ahila cada símbolo.

Nadie regresa el mismo después del verso.

Más allá de lo simple
está la gran simpleza.
Quien la mira al instante de la adelfa
alborozado y calmo
entra de nuevo a La Morada Una
de sus Perplejos
y transfigura
la luz
en Luz Despierta.

Manso descubre
el resplandor visible
la dulcedumbre
de la Existencia.

Nadie regresa el mismo después de verse.
Nadie regresa el mismo.

Iniciado en su sola investidura
digno
paso y sencillo

vuelve.

1994

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SILURO

Soy un pez ciego.
Mi ojo sensible
alarga vibraciones hasta el sustento
que me abriga.

Habito en los profundos sedimentos.

Sobre mí todo el río.
La aguamadre
oscura.

Jamás sabré el estuario
ni el luar esplendeante
sobre la isla de Marajó.

De mis ojos de limo
suben emanaciones
hacia llamadas de gorriones
que me alean
y beben
arriba.

Así me enhebro al luar a los gorriones
y a la isla.
Quieto.
Mi agalla me resguarda
entre la brevedad
y la angostura.

Amparado en mi halo.
Como vive la ulmaria
en su hoja.

Como los astros.

1999

viernes, 6 de abril de 2007

RIQUEZA ESCONDIDA. Por William Ospina.

COMPLEMENTO A NTC ... 262 de Abril 4, 2007. Numeral 9.
http://ntcblog.blogspot.com/2007_04_01_archive.html
LA RIQUEZA ESCONDIDA
Por William Ospina (<-- web de Norma)
Texto leído en el XVII Encuentro de la Confraternidad Médica . Cali, Marzo 16 y 17 de 2.007. Agradecemos a la Poeta Amparo Romero Vásquez el envío del documento el 5 de Abril de 2.007.
(En la segunda foto William Ospina y Gabriel Ruiz de NTC …, Roldanillo Enero 21, 2.006)

William Ospina
Foto tomada de su columna en la Revista Cromos
+++
LA RIQUEZA ESCONDIDA.
Por William Ospina
Texto leído en el XVII Encuentro de la Confraternidad Médica . Cali, Marzo 16 y 17 de 2.007. Agradecemos a la Poeta Amparo Romero Vásquez el envío del documento el 5 de Abril de 2.007. (En la foto William Ospina y Gabriel Ruiz de NTC …, Roldanillo Enero 21, 2.006)




Hace unos cuatro años tuve la oportunidad de visitar la India. Ya de regreso, alguien me preguntó si no me había impresionado mucho la pobreza, y no pude recordar si había visto pobres en la India.




Por supuesto, vi innumerables personas que carecen de muchas cosas, pero me pareció que no había pobreza en los términos en que nosotros la conocemos aquí. Hay mendigos, hay incluso personas que pertenecen a la casta de los intocables, que son discriminados por los demás y sólo pueden ejercer los oficios más humildes. Pero por el curioso orden mental que allá impera, no hay nadie que esté despojado de un lugar en el cosmos, todo el mundo tiene una explicación filosófica y trascendental sobre su situación, y entiende o cree entender el puesto que el ha tocado en el universo. Tal vez por eso pocos se rebelan contra su situación. Al cabo de un determinado número de reencarnaciones tendrán aquello de lo que ahora carecen, o mejor aún, acaso logren escapar a la rueda de las transmigraciones e ingresar felizmente en la nada, volver a la danza de los elementos.


Es difícil reconocer nuestra pobreza desamparada de rituales y de pensamiento, ávida, resignada o violenta, en un país como la India, donde la pobreza puede ser también una filosofía y casi una religión. En un sentido muy similar al de Diógenes de Sínope, el más inquietante de los filósofos griegos de la época clásica, que decidió renunciar a toda posesión material y vivir de la generosidad pública, y de Jesucristo, quien no sólo practicaba la pobreza sino que la predicaba: “Mirad los lirios del campo y las aves del cielo, que no trabajan ni hilan, y ni Salomón con toda su pompa vistió como ellos”, en la India existe una clase de seres humanos, a los que llaman santos, que viven de renunciar a las cosas del mundo, y que se van por los caminos a disfrutar de la curiosa opulencia de no tener nada. Supongo que en ese mismo sentido puede hablarse de la pobreza de Francisco de Asís, quien después de Diógenes y sus cínicos, y de Cristo y sus pobres pescadores, fue el primero en Occidente en predicar otra vez la pobreza como un camino espiritual, como una forma de la perfección. Y supongo que también con ese espíritu filosófico puede entenderse a Nietzsche cuando exclama: “Bienaventurada sea la pequeña pobreza”.
Pero suena fácil y cínico hablar de la pobreza como algo deseable cuando uno tiene lo que necesita. Cualquiera de nosotros sabe que la pobreza vivida como una opción de los que todo lo tienen, se parece a esos pantalones que se compran ya rotos y curtidos a altos precios, como una coquetería momentánea de la opulencia, y es una burla a la verdadera pobreza, esa que tirita de frío sin remedio en los suburbios de nuestras ciudades, que aparta las piedras filosas que ponen los poderosos bajo los puentes para que ningún destechado duerma a su amparo, y que mira a sus hijos desnutridos y desdentados con ojos de angustia sin esperanza.
¿Tenían alguna razón aquellos sabios en predicar la pobreza? Y al hacerlo ¿a qué clase de pobreza se referían? Yo creo que la sociedad moderna, y nuestra sociedad en particular, viven una violenta confusión con respecto a las ideas de riqueza y pobreza. Supongo que podemos dejar de lado por un momento las ideas de indigencia, de miseria extrema y de mendicidad, que son ciertamente hechos escandalosos a los que nadie puede reivindicar como virtudes, y detenernos en una idea de pobreza concebida como lo contrario de la opulencia y de la ostentación. “No acumules oro en la tierra –escribió Borges no hace muchos años- porque el oro es padre del ocio, y éste, de la tristeza y el tedio”. Allí está manifiesta la idea de que no se trata de optar por la privación, por la miseria y la carencia de todo, como en el caso extremo y voluntario de algunos filósofos cínicos, sino de rechazar la prédica de la opulencia que tiende a llenar esta época y que en realidad es una forma de la vulgaridad y de la desdicha.
Es muy difícil, sobre todo en nuestro país, que alguien acepte la tesis de que la pobreza tiene alguna virtud. La frase en la que Cristo cifró su vocación filosófica con respecto a este punto, en su admirable poema al padre: “Danos hoy nuestro pan de cada día” es repetida por todos, pero no induce a nadie a dejar de pensar en el futuro. Todo el que va a la iglesia y escucha la otra misteriosa frase de Cristo: “Es más fácil que pase un camello por el ojo de una aguja a que un rico entre en el reino de los cielos”, considera que debe guardar algún sentido secreto, porque no se puede dudar de la sabiduría del Dios, pero que seguramente no dice lo que parece decir. Nadie se atrevería a pensar que sea una frase demagógica, y muy pocos han renunciado a la búsqueda de la riqueza por obedecer esas frases, ni consideran que han dejado de ser cristianos por no hacerle caso al precepto.
En eso, muy posiblemente, tienen razón. Aquí no impera la sabiduría oriental, la doctrina de la trasmigración de las almas. Aquí impera la filosofía del presente absoluto, porque no tenemos memoria y casi no podemos creer en el futuro. La vida en estas tierras nos demuestra continuamente que sólo el que es rico tiene consideración, respeto, oportunidades, salud y posiblemente felicidad. Los delitos de los pobres padecen el peso de la ley de un modo infinitamente más severo que los crímenes de los ricos. Kid Pambelé, el legendario campeón de boxeo salido de la mayor pobreza y después restituido a ella, pronunció una frase que se hizo célebre: “Es mejor ser rico que pobre”. A todos nos parecía una obra maestra de la obviedad, tan evidente, que resultaba divertido y memorable que alguien la hubiera pronunciado.
Tal vez nadie ha reflexionado tan profundamente sobre el tema de la ambición entre nosotros como Porfirio Barba Jacob. El sabía que los seres humanos, o al menos los hijos de Occidente, arrastramos una oscura avidez, queremos siempre más, un poco más. Y escribió aquel poema que a todos conmueve: Le pedí un sublime canto que endulzara/mi rudo, monótono y áspero vivir,/ él me dio una alondra de rima encantada,/ yo quería mil!/ Le pedí un ejemplo del ritmo seguro/ con que yo pudiese gobernar mi afán,/ me dio un arroyuelo, murmullo nocturno,/ yo quería un mar!/ Le pedí una hoguera de ardor nunca extinto/ para que a mis sueños prestase calor,/ me dio una luciérnaga de menguado brillo,/ yo quería un sol!/ Qué vana es la vida, qué inútil mi impulso/ y el verdor edénico y el azul abril,/ Oh sórdido guía del viaje nocturno,/ yo quiero morir!
Ese poema muestra al hombre que habla, como un símbolo del ser que siempre querrá más de lo que se le da, habla de algo insaciable, de algo por siempre insatisfecho. Dice de nosotros lo que dijo Dante de la loba de su selva oscura: E dopo il pasto a piu famme qui pría. Y después de comer tiene más hambre que antes. Pero curiosamente Barba Jacob le hace exclamar al hombre, al final, que toda esa avidez de cosas enormes no es más que una máscara del deseo de morir. Quiero mil alondras y me dan sólo una, quiero un mar y me dan un arroyo, quiero un sol y me dan una luciérnaga, dice con desencanto. Un buen filósofo podría decirle al que habla: quien no es capaz de gozar de la dulzura del canto de una alondra no gozará de mil, quien no es capaz de gozar del ritmo de un arroyo no gozará de un mar, quien no es capaz de entibiar sus sueños con el brillo de una luciérnaga no podrá entibiarlos con un sol: la desmesura de la ambición es la máscara de una oscura desesperación. Alguna afinidad tiene el de Barba Jacob con aquel breve poema de William Butler Yeats: Queremos en invierno primavera/ y en primavera el oro del verano/ y cuando canta en luz la tierra entera/ es el invierno el solo sueño humano/ Nada más bello el corazón aprueba/ porque la primavera aún no se advierte/ ignorando que aquello que nos lleva/ no es más que la esperanza de la muerte.
Recuerdo que en el encuentro anterior hablé de cómo nuestra sociedad no muestra en sus orígenes el caso de una multitud de pobres maltratados por unos cuantos ricos, sino más bien el caso anómalo de una multitud de ricos saqueados por unos cuantos pobres. Es evidente que en el siglo XVI los ricos eran los indígenas de América y los pobres eran los hambrientos y violentos hijos de una España todavía medieval. Y no digo que los indígenas fueran ricos sólo por su oro, aunque esa era la única riqueza que sabían ver los aventureros famélicos: eran ricos por la extraordinaria naturaleza en que vivían, y que estos cinco siglos de progreso han deteriorado de un modo alarmante, por su tipo de relación con el trabajo, por su tipo de relación con la divinidad, por su universo afectivo, social y mitológico. Los cronistas españoles llegaron a decir de los incas: ninguno es pobre aquí, ninguno es infeliz, ninguno carece de hogar, ninguno carece de trabajo en todo el vasto reino.
Un día le oí decir a una indígena Nasa, en un diálogo en la oficina de Naciones Unidas: “hay una diferencia entre ustedes y nosotros, nosotros no somos hijos de Dios, nosotros somos hijos del agua y de la estrella”. Esa frase me conmovió, porque allí estaba cifrado el gran conflicto de la conquista de América: el choque entre unos pueblos para los que el mundo era sagrado, como para todos los panteístas, animistas y politeístas del planeta entero, incluidos los egipcios, los griegos y los romanos antiguos, y los pueblos de la Europa de la Edad Media, que ya sólo creían en la sacralidad del espíritu. Europa ha destruido su naturaleza porque sólo cree en la superioridad del espíritu humano; América, hasta hace cinco siglos, vivía todavía en un orden mítico en el cual eran sagrados, como en la India actual, los ríos y los bosques, los animales y las lluvias, la tierra y el cielo.
Aquí los ricos de entonces, (llamémoslos así provisionalmente porque todo lenguaje es una convención) llenos de ingenuidad y de ritualidad y de oro, fueron despojados por los pobres, que venían de la peste negra, de la hambruna, de las eternas guerras de Europa, de la crueldad de las cruzadas, de la escasez en las aldeas pedregosas de Extremadura. Pero sabemos que el oro robado a los pueblos nativos de América no hizo la riqueza de España. Algunos piensan que en cambio sí hizo la riqueza del resto de Europa, porque propició lo que Marx llamaba la acumulación originaria del capital, que permitió imponer sobre el planeta la sociedad mercantil, y construir las hermosas ciudades de Europa, y fundar el capitalismo moderno.
Pero tal vez el triunfo del capitalismo, al que solemos identificar con la riqueza, si bien supuso grandes avances técnicos y científicos para un sector importante de la humanidad, también ha ido llevando a un asombroso y creciente empobrecimiento del mundo. Antes la humanidad, a despecho de sus guerras y de sus tiranías, vivía en el planeta, si hemos de creerle a la literatura, a la pintura y a la tradición de todos los pueblos. Si hemos de creerles a los cuadros de Brueghel. Ahora vive confinada en gigantescos termiteros donde crecen día tras día el estruendo, la neurosis, la violencia y la creciente exaltación de unos dueños del mundo sobre una humanidad que ya tiene que pagar por cada cosa. La humanidad vivió del agua natural durante siglos: ahora nos hacen creer que si no compramos agua embotellada cada día la civilización se derrumbará como un castillo de naipes. Y lo peor e que tienen razón porque la industria que nos vende el agua embotellada es la misma que ha envenenado los manantiales. La humanidad vivió de construir sus moradas, de desarrollar sus oficios, de preparar sus alimentos, de practicar sus rituales, de celebrar sus fiestas heredadas de la tradición: ahora nos hacen creer que la vida es cuestión de expertos y de especialistas, que no tenemos un saber sobre nuestra vida; y al mismo tiempo, destituidos de saber propio, estamos en manos de arquitectos que no siempre saben construir, de fábricas de muebles que no siempre saben diseñar, de factorías capaces de vendernos alimentos mortíferos, de nuevas religiones mediáticas que a menudo no son más que gigantescos negocios, que no enseñan como Cristo a rezar, sino que nos enseñan a vociferar sin pensamiento y sin emoción verdadera; en manos de una industria del espectáculo que no consulta el corazón de nadie para decidir qué fiesta hay que hacer, porque sólo necesita uniformar a la humanidad en un lucrativo frenesí de autómatas.
Basta que algo sea nuevo para que nos sea vendido como progreso. Un progreso los vasos plásticos hasta para servir bebidas calientes, un progreso la fealdad y la falta de gracia de los plásticos que invaden el mundo, un progreso saber cada vez menos de nuestro cuerpo, necesitar para todo de un especialista, un progreso renunciar a la noche, a la ausencia, a la soledad, a la vida privada, al esfuerzo, al mérito, a la búsqueda, a la creación, y perdernos cada vez más en la dependencia, en la luz artificial, en la invasión de todo tipo de aparatos que devoran hasta la más indispensable soledad, en la negación interminable de nuestra privacidad por parte de los reflectores y las cámaras y los tiovivos de la información. Un progreso confundir la educación con la indigestión de informaciones sin contexto, cambiar la sabiduría por el mero conocimiento y el conocimiento por la mera información. Un progreso vernos liberados del esfuerzo, que a menudo era el único instrumento que teníamos para aprender a valorar lo que alcanzamos. Un progreso la satisfacción estandarizada de nuestras necesidades personales, para que todo lo singular se borre en el carnaval de un mercadeo que no ve seres humanos sino estratos socioeconómicos, géneros, edades, manías y preferencias gastronómicas o sexuales.
Es verdad que la democracia se ha convertido ya, como decía un poeta, en “ese curioso abuso de la estadística”. Es verdad que, como decía Chesterton, ya la estadística está empeñada en demostrarnos “que diez mil horribles desapariciones del universo físico pueden ser despachadas y archivadas simplemente como la mortalidad de un distrito”. Ya recibimos las cosas sin saber cómo las recibimos, consumimos sin fin cosas de cuyo origen sabemos tan poco como del destino final de sus propios desechos, y esta provisión incesante de objetos, de información trivializada y de espectáculos es tan poco alterada y tan poco procesada por nosotros, que se diría que va haciendo nuestra presencia en el mundo cada vez más insignificante. La mente que diseña todas estas cosas estudia bien nuestra psicología, y aprovecha esa volubilidad y esa avidez para darnos más necesidades, otros deseos, y procurar que, como la loba del infierno, después de comer tengamos más hambre que antes.
Debo aclarar que yo creo en el poder civilizatorio de la invención de nuevas necesidades. Creo que el arte no ha hecho otra cosa a lo largo del tiempo que refinar nuestra percepción, depurar nuestra sensibilidad, hacernos más capaces de percibir, de disfrutar, de conocer, de valorar los dones del mundo. Pero una cosa es eso y otra cosa la vocación del mercado por estimular en nosotros no la sed de refinamiento y de depuración de nuestro vivir en el mundo sino los apetitos, incluso los más destructivos. Obesidad y anorexia, la manía del juego y la adicción a las drogas, la adicción, que escandalizaría a Cristo, al trabajo; la adicción al consumo inmotivado e inercial, los infinitos mecanismos de la seducción y de la imposición para hacernos no cada vez más libres sino cada vez más dependientes, es eso lo que puede alarmarnos del modelo.
Yo creo que el futuro tendrá que vivir otra vez una profunda alteración de los conceptos de riqueza y pobreza, a medida que los seres humanos vayan comprendiendo los errores de esta sociedad de consumo, que cifra la supuesta felicidad de los individuos y de las muchedumbres en una ilusoria opulencia, cada vez menos posible para las inmensas mayorías, y cada vez más onerosa para el mundo por su capacidad de consumir materia planetaria de un modo irreflexivo y de saquear la naturaleza. Ese imperativo de comprar todos los bienes que surte la industria, esa condena, que no es una fatalidad de la especie sino una estrategia del modelo económico, a vivir lejos del mundo natural, sumergidos en un reino de humo y de estruendo, avasallados por la prisa, con los nervios alterados por la intranquilidad, confinados en colonias humanas que tienen el abigarramiento pero carecen del orden de los termiteros, es algo difícilmente calificable como riqueza en términos filosóficos, éticos y sobre todo estéticos.
Alguna gente preferiría concebir una vida más lenta, más sencilla, menos frenética, menos sujeta a presiones externas. Alguna gente ya preferiría un mundo donde los organismos no estén tan sometidos a los mecanismos. Muchos querrían volver a tener vida privada. Muchos querrían volver a una idea de individuo distinta de la que predica la modernidad, que parece poner el énfasis sobre los derechos y los placeres individuales pero vive prodigando estereotipos en los que todos tenemos que caber como en engañosos lechos de Procusto.
Quizá el énfasis de los seres humanos en lo individual se deba a la poca importancia que el universo parece conceder al individuo. La naturaleza cuida de las especies pero no se apiada de los individuos: prodiga las simientes para que las especies no perezcan pero a los individuos los abandona a la disgregación. Nuestra especie, a lo largo de la historia, construyó sus civilizaciones sobre la búsqueda de memoria, de alivio, de belleza, incluso de la ilusión de la inmortalidad. Hacía cosas para que duraran: tumbas, moradas, muebles, objetos preciosos y exquisitos que no sólo hicieran grata la vida sino que permanecieran después de su hacedores y dieran testimonio de ellos a las generaciones futuras. La nuestra es por el contrario la época de la obsolescencia. Está enamorada de la fugacidad, de la prisa, de la obliteración de los valores. Donde hubo tradiciones hay rupturas, donde hubo costumbres hay modas, donde hubo culto por lo individual todo se masifica. No es que se busque construir comunidades, que suponen redes de afectos, creación compartida, rituales ennoblecedores de la vida en sociedad, tejidos de solidaridad, sino más bien vastos hormigueros de solitarios, muchedumbres paradójicamente hundidas en el aislamiento y en esa desesperación que Poe describía en su relato “El hombre de las multitudes”. Hay que ver la película Babel, de Alejandro González, para sentir la soledad de la época, de los jóvenes en esas discotecas japonesas, bajo el frenesí de los estrobos, la de los turistas por los países desconocidos, la de los habitantes del norte de África en sus pedregosos desiertos bajo el vuelo de los helicópteros, la de los inmigrantes, la soledad de los niños en sus hogares norteamericanos, a cargo de una niñera extranjera que debe actuar como madre y no tiene ella misma un lugar en el mundo.
Hay momento en que llegamos a sentir que todo el concepto de riqueza que maneja nuestra civilización moderna, una riqueza fundada en las cosas y en el consumo, va encubriendo en realidad una sima de pobreza humana casi indescriptible. Y que a menudo las principales víctimas de ese tipo de pobreza son los sectores sociales con capacidad de consumir, de seguir los dictados de la publicidad, las letanías de la industria, los mandamientos que proveen las pantallas de televisión, los programas de modas, los mil altavoces del capital que dictan su evanescente ley cada día.
Pero de los que no tienen capacidad de consumir no podemos afirmar que por el contrario vivan en una suerte de riqueza afectiva y creadora. La tiranía del consumo, la tiranía del confort, la prédica de la opulencia, hunden a las muchedumbres despojadas en la ilusión de ser más pobres que los otros, no en la insatisfacción del insaciable sino en el resentimiento de quien se siente desterrado del festín de la vida, o en la resignación de quien no se siente digno de ella. Por ello el concepto de pobreza que impone la sociedad de consumo es más nefasto que el concepto de pobreza que manejaron otras sociedades y otras épocas, no deja espacio para una plenitud del vivir como la soñaron Cristo o Francisco de Asís, es una espera impotente de lo que nnca llegará. Y es complementaria de la efectiva indigencia de los poderosos, que acceden al consumo pero están cada vez más despojados de iniciativa creadora, de capacidad de expresar su propia existencia, de preguntas sobre el mundo, de dudas sobre el destino de la civilización.
Pero en unos y en otros la verdadera pobreza consiste en un bloqueo de la capacidad de las personas para dar todo aquello de lo que son capaces. Llamamos pobreza no a una incapacidad real sino a la mutilación obrada por el poder y por las convenciones de la época sobre las posibilidades de los individuos y de los pueblos, al hecho de vernos sometidos a unos roles estrechos y manipulados. A lo largo de todas las edades las grandes cosas que hizo la humanidad las hicieron los pueblos humildes. Incluso, si queremos decirlo así, los pueblos que hoy padecen el estigma de la marginalidad y de la ignorancia. Mucho antes de que se hicieran facultades de arquitectura, la humanidad construyó ciudades memorables. Mucho antes de que se hicieran facultades de medicina, la humanidad vivió en un mundo en muchos sentidos más saludable que este: donde el agua era pura y el aire era limpio; donde no había que preguntarse si los alimentos tenían exceso de calorías, porque la tradición había resuelto esas preguntas, ni si los alimentos estaban manipulados genéticamente. Mucho antes de que se hicieran facultades de literatura, la memoria de los pueblos iletrados inventó los más bellos relatos y conservó los más exquisitos poemas.
¿Dónde estaba la pobreza entonces? No parece tan grave la pobreza de esos pueblos hebreos que confiaron a la memoria los libros de la Biblia: de la abundancia de su corazón hablan sus labios. Del seno de la turba ignara, de la cósmica chusma sagrada, como la llamaba Almafuerte, salieron todos los mitos de la antigüedad. Fue el pueblo quien inventó los oficios, quien pulió las lenguas, quien creó las costumbres, los carnavales, las tradiciones, quien descubrió la música y la danza, y quien encontró en su camino a los dioses. Pero hubo tiempos en los que esos pueblos creadores eran más concientes de su riqueza y de su importancia, en tanto que hoy parecen aceptar con mayor docilidad la idea de que son invitados estériles a la fiesta del mundo, que su papel consiste en esperar la limosna de los poderosos, la ayuda de los estados, la asistencia de los que están instalados en el poder, en el saber, en la plenitud de la civilización.
Estamos profundamente equivocados. Los que danzan al ritmo de la sociedad de consumo, los que trabajan en sus bárbaros talleres, los que muelen en sus molinos, los que reman en sus galeras, los que viven sus años en el mundo entregados a una doble rutina de trabajo y consumo, lejos de toda duda, de toda iniciativa, de toda creación personal, tienen muy poco que darle al resto de la humanidad. Más bien están necesitando que llegue algo que le de otra vez sentido verdadero a sus vidas. Y los pobres del mundo, no en el sentido de Diógenes o de Cristo o de Francisco de Asís, o de los santos de la India, que tienen el alma llena de dioses y la vida llena de memoria y de rituales, los pobres en el sentido de las agencias de cooperación internacional, los pobres en el sentido del Banco Mundial, del Banco Interamericano de Desarrollo, y de muchas oficinas de las Naciones Unidas, esos pobres que supuestamente se amontonan ante las puertas del futuro con las manos extendidas y los ojos apagados esperando la limosna que los redimirá, son los únicos que verdaderamente están hoy en condiciones de dar algo, de darle un vuelco al orden de la realidad.
El mundo está viviendo sin saberlo una honda necesidad de poesía como conciencia de la pluralidad de sentidos de que es capaz toda realidad. “Qué obra maestra es el hombre –decía Hamlet- cuan grande por su razón, cuán infinito en facultades! En la expresividad de su lenguaje cuán parecido a un ángel, en su inteligencia qué semejante a un Dios. La maravilla del mundo, el arquetipo de los seres”. La pobreza tal como la concebimos hoy consiste en reducir a los seres humanos, definidos por Shakespeare con tan altas palabras, a la vulgar condición de seres no viables, incapaces de consumo, despojados de las mercancías que hoy cifran el sentido de la existencia y el horizonte de la felicidad humana, desterrados con trampas del festín de la vida. Es su hora de luchar contra la mercancía como nombre de la civilización, justo ahora, cuando el modelo parece triunfar en todo el planeta de un modo irrestricto.
Hoy no parece que vayan a ser los estados, ni las filosofías, los que transformen este orden de cosas. El mal es tan grande que sólo se puede luchar contra él en los más pequeños escenarios. Al capitalismo, no como sistema económico, sino como parodia de un modelo de civilización, sólo se lo puede derrotar en el corazón de cada quien. Cada quien puede hacer renacer en su propia vida un ideal posible de civilización, esa utopía ética y estética que parece inalcanzable para el conjunto. Pues para que las cosas sean posibles para el mundo, basta que lleguen a ocurrirle a un solo ser humano. Un verso de Giorgos Seferis dice: La primera gota de lluvia mató al verano. Basta que en alguna parte caiga la primera gota de lluvia, y el verano está condenado irremediablemente.
Hay suficiente acopio de saber universal para intentar otro modo de vivir. La clave de ello está en la alianza de la inteligencia con la necesidad de belleza, del sentido práctico con la capacidad de soñar. Hace siete años vi en Italia a un anciano que iba por los caminos, como en la antigüedad, rodeado de jóvenes que dialogaban con él sobre las cosas de todos los tiempos como si estuvieran en la Grecia de Sócrates. Hacían fiestas filosóficas por la noche en las afueras de Údine, a la sombra de los Alpes Dolomitas, y yo tuve la impresión, viéndolos, de que también Europa estaba hastiada de este simulacro de civilización y volvía a tener necesidad de diálogo y de errancia, de poesía y de filosofía. Recuerdo a la luz de una hoguera al viejo diciendo a sus amigos una frase de un pensador latino: “No me hablen oscuramente de las cosas claras, háblenme claramente de las cosas oscuras”. Y aquel maestro me hizo pensar en Estanislao Zuleta, que aquí, en esta ciudad, se dedicó en lúcidos años al goce del arte de la conversación ante pequeños auditorios; vi en uno el reflejo del otro, y sentí como pocas veces antes que es verdad que ya estamos todos en la misma época y en el mismo planeta, y que eso no puede ser en beneficio de las corporaciones de la guerra o del ocio, sino tal vez en beneficio de la humanidad y del futuro.
Durante mucho tiempo la juventud de Occidente gastó sus energías conspirando grandes revoluciones violentas que se alzaban a derribar para siempre un orden que al otro día resucitaba intacto. Hoy sabemos un poco mejor que no se trata de cambiar alegremente todo, sino de cambiar de verdad cada cosa. Para cambiarlo todo basta un decreto, para cambiar cada cosa se necesita una vida. Una vida de pensamiento, de pasión, de consecuencia, de aplicarse de verdad a la aplicación de las convicciones. El amor hay que inventarlo, decía Rimbaud, y esa es apenas una metáfora de la idea de que hay que inventarlo todo de nuevo. La educación, la moral, la estética, el trabajo, la visión que nos venden del mundo. Y para ello, no hay mejor aliado que el arte.
Yo me atrevo a afirmar que las verdaderas grandes transformaciones no vendrán de nuestra inteligencia, ni de nuestra voluntad, ni de nuestra acción, aunque todas esas virtudes pueden contribuir a su advenimiento. Vendrán, como los mayores mitos de la historia, del modo como todos esos sueños, esos ejercicios de la voluntad, esas obras de la belleza y del pensamiento fecundan el surco profundo, que es la sensibilidad y la imaginación de las muchedumbres. Entonces todo nacerá por espejo y en enigma. Como buenos artistas podemos ser dueños de los procesos pero no de los resultados. Tenía razón el poeta Auden cuando dijo que un mercader sabe siempre qué objeto quiere fabricar, pero que un artista sólo sabe lo que busca cuando lo encuentra. Y si algo nos enseñaron las apasionadas, y a veces bienintencionadas, y a menudo violentas utopías del siglo XX, es que no podemos diseñar el futuro, que sólo nos es dado intentar modificaciones sobre el presente.
Exaltarnos en legisladores del porvenir, es creer que la reja de nuestra voluntad puede dar libertad a humanos que desconocemos, a mundos que ignoramos. Sabe más nuestra intuición que nuestra razón, y la intuición dice que sólo el ideal de la libertad seguirá siendo válido. Necesitamos un mundo donde la fuerza de cada ser se despliegue, donde las instituciones sirvan más para propiciar la creación que para constreñir la voluntad. Por lo demás, cada quien escoge su filosofía. Hay quienes asumieron desde siempre la tenebrosa filosofía que supone que el hombre es un lobo para el hombre y que las mejores soluciones son las cárceles, las guerras y los cadalsos. Yo prefiero creerles a Chesterton y a Whitman, que piensan que el orden cultural en que estamos incritos puede hacer de nosotros lo mejor o lo peor. Y vuelvo a escuchar aquellas palabras de Estanislao Zuleta, llenas de confianza en el ser humano y de honda crítica a las inercias de la cultura: El crimen es falta de patria para la acción, la perversidad es falta de patria para el deseo, la locura es falta de patria para la imaginación. Por eso ya no podemos hablar de la pobreza sino de la riqueza escondida; no de pueblos pobres, sino de los pueblos a los que no se les permite mostrar todo aquello que poseen, todo lo que están en condiciones de crear con un poco de dignidad y de fe. No son los poderosos los que redimirán a los desposeídos. Y fue Barba Jacob quien acuñó una filosofía más paradójica pero más verdadera. No dijo: que mi debilidad se apoye en tu fortaleza. Dijo, con la plenitud de la poesía: Apoya mi fatiga en tu fatiga que yo mi pena apoyaré en tu pena. La pobreza no es más que nuestra incapacidad de permitir que la riqueza descomunal de cada ser humano madure y brote, y se decida a transformar el mundo.