lunes, 15 de febrero de 2016

CARLOS GAVIRIA y “MOVIMIENTO”. Por Jaime Jaramillo Panesso

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Publican y difunden 
NTC … Nos Topamos Con 
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CARLOS GAVIRIA y “MOVIMIENTO” *
Jaime Jaramillo Panesso
NTC ... agradece al matématico Jairo Álvarez por el envío del texto 
y al autor por su autorización para publicarlo. 

Cuando el joven Carlos Gaviria Díaz se hizo a la mar adolescente, tuvo los ojos muy abiertos a los sucesos políticos y culturales de la ciudad. Había nacido en el Municipio de Sopetrán, casi al borde del Río Cauca, con severos calores y abundancia de mangos. Llegado  a Medellín siendo muy niño, la ciudad le abrió las entendederas y le puso aliento en sus zapatillas siempre lustradas e ilustradas. Porque Carlos tuvo siempre porte de magistrado. Y para la época en que ingresó a nuestra tertulia literaria, usaba ligueros sujetando los calcetines. Como en todas las ocasiones portaba un libro en la axila izquierda, en broma le decíamos: el sobaco más ilustrado de Medellín.
La tertulia era una reunión sabatina, en casa de Irene, la poetisa humilde y laboriosa que vivía en el barrio El Salvador de Medellín. Concurríamos allí a escucharnos los poemas o artículos que escribíamos en la semana, más para plantear debates sobre contenidos y formas, que por tener ínfulas de intelectuales. Cursábamos últimos años de bachillerato en diferentes liceos, pero la tertulia duró hasta los primeros años universitarios. En aquellas reuniones conocimos los  libros de un García Márquez sin fama y nos entusiasmamos con su prosa. El Lobo Estepario de Hermann  Hesse, los textos de Sartre y de Simone de Beauvoir, las novelas de William Faulkner, Jhon Dos Passos y Ernest Hemingway. Carlos Gaviria nos inducía a la filosofía con su  recomendación  de leer a Ortega y Gasset. Exponía además, sus puntos de vista sobre los poetas que, en verdad, eran  centro de los debates y la pasión estética del momento: César Vallejo, Porfirio Barba Jacob, Pablo Neruda, Meira del Mar, Alfonsina Storni, León de Greiff, Carlos Castro Saavedra. Nosotros, aprendices sin maestro, leíamos nuestros poemas con sencillez, pero sin vergüenza, también aproximaciones a ensayos, crítica de cine y teatro. Los tertuliantes éramos: Irene Zapata, poetisa, Fabio Rodríguez Villa, quien fuera luego abogado y sindicalista, Jairo Álvarez, matemático y profesor universitario en la U. del Valle, Darío Ruiz Gómez, poeta, novelista y periodista, Guillermo Henao, médico, poeta y filósofo, Jorge Acevedo quien escribía desde Buenos Aires como estudiante de medicina, poeta y loco, Fidel Restrepo, poeta y comerciante, Alberto Escobar, poeta y empresario quien haría de enlace con los nadaistas, Enrique Molina,  actor de teatro, Carlos Gaviria Díaz y Jaime Jaramillo Panesso. Por supuesto que no teníamos aún los atributos señalados.
Alrededor de unas gaseosas y varios tintos discurrían los diálogos que duraban la tarde y parte de la noche. Una inquietud nos trasnochaba: ¿cómo dar a conocer nuestras experiencias literarias y culturales? Entonces acordamos publicar un periódico tabloide con el nombre de Movimiento **



Para financiarlo recurrimos a la pauta publicitaria de algunos amigos que poseían una tienda de esquina, un depósito de materiales de construcción, una zapatería, una tarjeta profesional. No bastó. Entonces organizamos un baile típico, de moda por entonces. La casa de alguno de los miembros de la tertulia, un sábado en la primera hora de la noche, abría la puerta a los invitados o curiosos del barrio que miraban su interior  engalanado con matas de maíz y  hojas de plátano. Se preparaba licor en un recipiente grande compuesto de ron, gaseosas, hielo y a veces con gotas amargas  el cual se servía en vaso desechable y se cobraba a precios baratos. Los asistentes  debían vestir  trajes de campesinos, bailar bambucos y pasillos, además de boleros, porros y ritmos cumbiamberos con las notas de las orquestas que emitía un tocadiscos prestado por una vecina: Lucho Bermúdez y la voz de Matilde Díaz, Pacho Galán, la Billo’s Caracas Boys, Los Melódicos. Y la música andina en las voces de Obdulio y Julián, Espinoza y Bedoya o la orquesta de Eduardo Armani. La recolecta de los bailes se aplicó a la publicación de tres ediciones de Movimiento que se imprimieron en la tipografía del Instituto Pedro Justo Berrío de los Salesianos. Carlos Gaviria no iba a los bailes porque tenía mucho que leer, pero si nos ayudaba a corregir los textos  impresos, en medio de tinta y linotipos. Y no chistaba por ensuciar su camisa blanca y sus dedos “pispirrectos”  (bonitos y rectos).
Factor unificador y de encuentro la Biblioteca Pública Piloto para Colombia y América del Sur, de la Unesco. Situada en la Avenida La Playa, al cruce con Córdoba y frente al Palacio de Bellas Artes, sirvió para darnos cita, escuchar música clásica entreverada con el rumor de las hojas de los libros. Una vieja y acogedora casa de cien tradiciones ocupó la BPP que nos asiló. Aprendimos casi todos los miembros de la tertulia que los libros son el soporte intelectual de nuestros sueños. Luego bajábamos unas cuantas cuadras para recalar en el Café La Bastilla, centro de encuentro de los políticos más prestantes y de los intelectuales y periodistas. Carlos Gaviria, Darío Ruiz, Jairo Álvarez, Fidel Restrepo, Alberto Escobar y otros de la barra, departíamos sobre una película, enfrente estaba la mesa de los más esclarecidos marxistas, tenores absolutos de la ópera brechtiana: Vladimiro Moreno, Estanislao Zuleta, Mario Arrubla y dos aprendices militantes. Mientras tanto una mesera cobraba los tintos que se tomaran los jefes locales del naciente MRL, Movimiento Revolucionario Liberal. La Bastilla era un hervor y una pila bautismal en política y en las letras.

Los afanes literarios y la búsqueda de roces intelectuales de aquellos tertuliantes en trance de ser adultos nos  convirtió en  clientes de la Librería Continental, con dos sedes, donde aprendimos los índices de cada libro, antes de comprarlos. Algunos años después se instaló la Librería Aguirre, allí, Aura López, la administradora, nos trataba con simpatía y orientaba nuestras compras escasas. Entrar a la Aguirre era descubrir además, los rostros del propietario Alberto Aguirre y sus amigos, Carlos Castro Saavedra y Manuel Mejía Vallejo, todos ellos lúcidos, jóvenes en el oficio de la escritura y la labor editorial. Alberto Aguirre publicó la primera edición de “El Coronel no tiene quien le escriba” (1961) de Gabriel García Márquez que nos costó $10.oo. Ya antes habíamos adquirido La Hojarasca en 1955 que se vendió a $5.oo.
Carlos Gaviria era un buen polemista. Las conversaciones con él se alargaban porque nos metíamos en los vericuetos de la historia. Tenía alma de profesor y a la postre que lo fue. Carlos gozaba de un humor negro y corrosivo que a veces dejaba pasmado al oponente. Pero vaya usted a darle mate con la misma rama, con el mismo humor, para verlo subido de malestar y herido en el amor propio, es decir, en su humor propio. Hubo algo más profundo que los derechos humanos y la educación ciudadana que personalmente me ligó a Gaviria: el gusto y el amor por el tango. Si no cambió con los años, su ídolo fue Pichuco, Aníbal Troilo.
 Por estas mismas calendas aparecieron los nadaistas, irreverentes, inteligentes y escandalosos. Recogían un poco tarde las enseñanzas de Sartre y resucitaron las del maestro Fernando González, de la mano de un poeta bueno y fantasmal que vivía en el barrio Boston: Gonzalo Arango. Con frecuencia nuestro grupo se encontraba con algunos de ellos en las mesas del Salón Versalles de la carrera Junín, a pocos metros del Bar Miami, sede oficial de los nadaistas. La carrera Junín, en sus dos cuadras estrechas entre La Playa y el Parque de Bolívar, cuando el grueso de las instituciones educativas estaban alrededor de la Plazuela de San Ignacio, era escenario de un desfile de muchachas colegialas que bien le valieron al lugar el verbo juniniar. Por allí pasamos todos nosotros, en pos de libros y amigos, como Carlos Gaviria. Pero ante todo buscando un par de ojos de mujer, para mirar mejor el país. Vestíamos de traje entero y en muchas ocasiones con corbata. Cachacos, nos decían. Medellín no arropaba tanto calor y todavía no reinaban los descachalandrados ni los camajanes.
Al recrudecerse la política con la revolución cubana y al aparecer caminos distintos en el seno de la tertulia, la universidad para unos, para otros el aprendizaje en el extranjero, Movimiento se declaró en clausura definitiva. Tiempos de marchar por sendas diferentes, pero no indiferentes.

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NTC ... ENLACES
* El texto fue presentado y leído por e Jaime Jaramillo Panesso, el  8 de octubre, 2015  en la UNAULA de Medellín: 

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** Movimiento en NTC ... 
http://ntcpoesia.blogspot.com.co/2010_05_08_archive.html

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Las inquietudes intelectuales de Carlos Gaviria se incrementaron en el último año de colegio, cuando ya tenía una postura liberal y las ideas agnósticas eran una posibilidad, cuenta Jaime Jaramillo Panesso, quien lo conoció en 1954 en un club literario, donde se hicieron amigos, donde compartían textos y comentarios con los nadaistas.

—Teníamos un centro literario con varios amigos, ahí estaban otras personas que fueron médicos, abogados, matemáticos. Nos reuníamos en el barrio El Salvador, y estudiábamos los textos de Jean Paul Sartre, de Hermann Hesse, las primeras novelas de García Márquez, entre ellas La hojarasca y El coronel no tiene quién le escriba. Teníamos un periódico que se llamaba Movimiento, del que sacamos dos ejemplares, eso lo financiábamos con bailes que hacíamos en diferentes casas. Desde esa época Carlos ha sido amigo mío, nos une la afición por el tango, él es muy tanguero. Y desde estudiante tenía ese porte doctoral, porque siempre estaba bien compuesto, bien presentado, y andaba con Ortega y Gasset debajo del sobaco y nosotros le decíamos que era el sobaco más ilustrado de la ciudad. Carlos es de un gran sentido del humor. En esa época éramos universitarios, aunque el centro literario empezó cuando estábamos en bachillerato. Nosotros teníamos sesiones de crítica de cine, de poesía, de lectura de poemas propios o ajenos; leíamos mucha poesía de César Vallejo, de Neruda, de Octavio Paz —dice Jaime Jaramillo.
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